martes, 15 de abril de 2014

56 Muestra Internacional de Cine/III



Va la aclaración por delante: esta crítica es sobre Ninfomanía, la cinta completa dirigida por el eterno provocador danés Lars von Trier, y no sobre el Volumen 1 que está en estos momentos exhibiendo la Cineteca Nacional dentro de la 56 Muestra Internacional de Cine. La razón es simple: es absurdo escribir sobre la mitad de una cinta que fue concebida para exhibirse completa, por más que los productores/distribuidores -con la anuencia final de von Trier, por cierto- la hayan dividido en dos partes de dos horas cada una, con el fin de poder venderla mejor. Ver -o escribir de- solamente el Volumen 1 sería el equivalente de creer que Lo que el Viento se Llevó se puede entender como una sola película hasta el momento que Scarlett O'Hara jura no volver a tener hambre. Ridículo, por supuesto: Ninfomanía es una sola película de cuatro horas -o de más tiempo, cuando se libere el director's cut que dura aún más- y no dos cintas de 120 minutos cada una. Yo nunca escribo recomendando "vea esto" o "no vea tal cosa", pero esta vez romperé la regla: Ninfomanía tiene que verse como una cinta completa porque así fue pensada y concebida, y no tiene sentido de otra manera.

Empecemos quitando telarañas: Ninfomanía (Nymphomaniac, Dinamarca-Francia-Alemania-Bélgica-GB, 2013), el más reciente largometraje del impertinente/impenitente provocador Lars von Trier no escandalizará más que a las buenas conciencias escandalizables. Es cierto que a lo largo de las cuatro horas que dura el filme hay escenas porno-sexosas al pasto -varias felaciones y alguna penetración en primer plano, dos negrotes con sus penes erectos con la protagonista viendo al fondo del encuadre, una galería de penes (circuncidados o no) de todos tamaños y colores, vaginas en close up, algo de sexo lésbico nomás por no dejar-, pero nada de lo que se ve es ajeno a cualquier adolescente que, con una computadora, conexión a intenet y el buscador de google que no se raja, puede encontrar escenas pornográficas más audaces y gráficas que las que se muestran en el filme.
En todo caso, la provocación sexual más fuerte en toda la cinta sucede en la última parte, en cierto diálogo en el que la traqueteada ninfómana Joe (Charlotte Gainsbourg) le propone a su confesor/intérprete/paño-de-lágrimas Seligman (Stellan Skarsgard, magistral) que los pedófilos reprimidos (el 95% de todos los pedófilos, porque solo el 5% realmente le hacen daño a los niños, según ella) deberían recibir una medalla por lograr suprimir sus perversos deseos sexuales. Seligman reacciona con estupefacción ante la lógica de Joe, sin preguntarle de dónde sacó ella que solo el 5% de los pedófilos abusan de sus víctimas y que el 95% restante se aguantan las ganas heroicamente. Sin embargo, Joe lo dice con tal convencimiento y Seligman no ofrece mayor oposición que su mudo asombro, que pareciera que el propio von Trier, vía este diálogo, está tentando su suerte -y nuestra paciencia. 
Pero, bueno, ya me perdí en esta digresión, algo que encaja perfectamente con el tono narrativo de Ninfomanía, por cierto, pues con en esta cinta -la última parte de la Trilogía de la Depresión, después de Anticristo (2009) y Melancolía (2011)- von Trier ha dicho que ha creado (¿?) un nuevo género cinematográfico llamado "digresionismo". Y, en efecto, aunque interrumpir el flujo narrativo con caprichosas/pertinentes/fascinantes/absurdas/culteranas digresiones no es nada nuevo -algunas cintas del último Buñuel podrían ser calificadas como "digresionistas"-, la realidad es que si Ninfomanía se sostiene a lo largo de sus cuatro horas de duración, esto se debe, más que nada, a todas esas digresiones, diseminadas de tal forma que complementan/contradicen/subrayan la historia principal, al mismo tiempo que se convierten en un meta-comentario del filme mismo y de la propia figura pública -como cineasta, como celebridad- de Lars von Trier.
Cierta noche, el monástico intelectual Seligman encuentra a una mujer tirada en un callejón, sangrante, golpeada, apenas conciente. La lleva a su departamento, le prepara un te y, en seguida, la mujer, llamada Joe -pero que, en el fondo, es von Trier- le pregunta al afable Seligman si quiere escuchar su historia. "Será larga y moral", le dice. Seligman -pero que, en el fondo, es von Trier- le dice que sí y luego le aclara, para que lo sepan en Cannes, que él es "un judío antizionista pero no antisemita". 
Así pues, la Scherezada Joe le cuenta durante toda una noche al benévolo Sultán Seligman "el feliz" -eso significa su apellido- toda su vida sexual -porque no hay de otra para ella-, desde que tenía dos años cuando descubrió su coño al ritmo de la Suite No. 2 de Shostakovich, hasta esa misma noche en la que fue recogida toda vapuleada por Seligman en ese callejón oscuro. Se trata de ocho capítulos -cinco en el primer volumen, tres en el segundo- en el que Joe relata el infierno de la ninfomanía. Aunque, ¿es un infierno para Joe? Porque si es un infierno, ¿por qué ella reivindica su derecho a llamarse y ser ninfómana? ¿Por que mejor no entendemos a Joe como la versión femenina del Nicolas Cage alcohólico que desafía todo sentido vital para morir como quiere en Adiós a Las Vegas (Figgis, 1995)? O no será que...? Pero ya estoy en otra digresión.
Y a propósito de digresiones: el largo relato de Joe es interrumpido una y otra vez por Seligman, quien sin que venga a cuento, por ejemplo, relaciona el comportamiento de la joven Joe (Stacy Martin) y su amiga "B" (Sophie Kennedy Clark) buscando hombres para coger en un tren, con una técnica para pescar contra la corriente de acuerdo con cierto libro clásico. Pero también ocurre lo contrario: si Seligman menciona la forma en la que murió Edgar Allan Poe, por delirum tremens, esto le sirve de pretexto a Joe para contar cómo murió su muy malickiano padre naturalista (Christian Slater), también en cierta forma de delirio. 
Llegado el momento, nos daremos cuenta que el tal "digresionismo" bien puede verse como otra puntada más de von Trier -como su añejo y violado voto de castidad fílmico-, pues las interrupciones de Seligman y los diálogos con Joe terminan siendo el centro intelectual/formal/moral de la película. Es decir, las citas/cátedras de Seligman sobre la serie de Fibonacci, de Bach y su polifonía, de Beethoven y su desafío a la fuga, del Dr. Fausto de Thomas Mann, de las diferencias entre la Iglesia Católica Occidental y la Iglesia Ortodoxa Oriental, de la maldad poliforma infantil según Freud  o acerca de la pistola Walther PPK  que usaba James Bond, pueden ser más o menos pertinentes para acompañar/ilustrar las correrías ninfómanas de Joe, pero también es cierto que ninguna de ellas deja de ser interesante, informativa o hasta formalmente juguetona, pues a muchas de estas digresiones verbales las acompañan otras digresiones visuales: números en pantalla, fotografías, imágenes de archivo. La forma fílmica de Ninfomanía está muy lejos de ser monótona. 
Y luego, como si se tratara de interrumpir con toda seriedad las disquisiciones intelectuales y caprichosamente culteranas de Seligman, he aquí que von Trier coloca en boca de estos dos grandes conversadores que son Joe y Seligman -que son, insisto, distintas voces del propio cineasta- una brillante discusión sobre lo políticamente correcto y la sociedad contemporánea ("Somos demasiado estúpidos para la democracia", dice Joe von Trier), y una discusión final sobre el sentido mismo de todo el relato de Joe que es, por supuesto, la interpretación de la propia cinta que estamos viendo. Así, Seligman von Trier trata de convencer a la ninfómana -y, por ende, a nosotros- que su comportamiento enfermizo es una posición radicalmente feminista, que es una valiente muestra de rebelión contra la falocracia imperante, que su lucha contra el amor, la familia y la sociedad misma la hace admirable, discurso que el propio von Trier reafirma -¿o no será que lo dinamita?- en ese abrupto e irónico desenlace que tiene todo el sentido del mundo. 
Las deficiencias de Ninfomanía las hacen evidentes Joe y Seligman a lo largo de su conversación. Además de la advertencia inicial ("Será larga y moral", dice Joe sobre su historia y, por ende, sobre la película), hay críticas de Joe hacia algunas digresiones de Seligman  ("Esta es la acotación más débil que te he escuchado", le dice Joe a Seligman cuando este le habla del "Nudo de Prusik"), un comentario final de Joe sobre esa larga noche en la que ha dicho todo ("Ha sido escalofriantemente repetitivo") y una declaración de la protagonista que puede ser firmada por el que está terminando este texto: "Estoy muy cansada". Yo también: estoy agotado. Pero ver cine de von Trier y escribir de él bien vale la pena.

3 comentarios:

Joel Meza dijo...

Ah, esos adolescentes y su google...

Vlad dijo...

nada sorprendente viniendo de ud, pero ésta es la mejor reseña que he leído sobre la cinta (y me arrancó una carcajada con "joe von trier").

Con todo y que el inicio del capítulo 8 me pareció muy forzado, creo que la película completa está entre lo mejor que le he visto a LVT (nomás abajito de Dogville y Breaking the Waves)...

En dónde la pondría dentro de la filmografía del danés?

Ernesto Diezmartinez dijo...

Joel: Puro plebe cochino.

Vlad: Buena pregunta. Creo que estarían arriba de ella, sin un orden específico, Breaking the Weaves, Dancing in the Dark, Los Idiotas y Dogville... A un lado, o abajo, las otras dos cintas de la trilogía de la Depresión.