miércoles, 4 de junio de 2014

Distrital 2014/II



Hasta el momento, habiendo revisado algo así como poco menos de la mitad de la programación de Distrital 2014, creo que la mejor sección del festival es Archipiélagos, dedicada a una retrospectiva del joven cineasta bonaerense Matías Piñeiro. Hasta donde entiendo, está será la primera vez que se vea en México prácticamente toda su obra -tres largometrajes, un mediometraje y su más reciente filme, La Princesa de Francia, anunciada como un work in progress-, por lo que las funciones, programadas en la Cineteca, son de asistencia obligada.
Sus dos primeras cintas, El Hombre Robado (2007) y Todos Mienten (2009), pueden verse como meritorios ejercicios de sus posteriores obras mayores y mucho más logradas. Me refiero a los fascinantes ejercicios fílmico/teatrales/meta-shakespearianos Rosalinda (2011) y Viola (2012).
El Hombre Robado y Todos Mienten comparten más o menos la misma premisa: los encuentros/desencuentros, engaños y manipulaciones entre un grupo de jóvenes bonaerenses. En el primer caso, todos ellos trabajan en algún museo o jardín botánico, estudian arte -música, teatro- y son tan verbosos y articulados como personajes de Rohmer o Allen. La puesta en imágenes, basada en la toma extendida en la que en más de una ocasión los personajes no son visibles dentro del encuadre -otra vez al estilo del Allen de los 80/90-, fluye de manera funcional y el reparto, en especial el femenino, aparece suelto, relajado, consciente del juego moral/intelectual que está jugando. 
Con todo, el hecho de que las dos cintas estén llenas de citas históricas-culturales de la Argentina del siglo XIX -los textos del político y escritor Domingo Faustino Sarmiento aparecen una y otra vez, como parte de los diálogos, como contrapunto narrativo- hace que un espectador no familiarizado con la época -como quien esto escribe- se pierda inevitablemente. 
Rosalinda y Viola no tienen ese problema. Las dos cintas funcionan como una suerte de gozosa reflexión/representación/extrapolación de una pequeña parte del universo cómico shakespeariano. En los dos filmes, todos los personajes hacen más o menos lo mismo:  un grupo de jóvenes actores ensaya unas comedias de Shakespeare y los múltiples enredos ideados por el poeta isabelino se repiten, en mayor o en menor medida, en el "mundo real" en el que viven estos pesonajes que es, por supuesto, la película que estamos viendo.
En Rosalinda, ocho actores están en una casa a las afueras de Argentina, en el Delta del Tigre, un escenario adecuadamente pastoral -árboles, un riachuelo, una cabaña rústica- en el que ensayan la octava comedia shakespeariana, Como Gustéis. Las mujeres, Luisa/"Rosalinda" (María Villar) y Fernanda/"Celia" (Agustina Muñoz) lo hacen bastante mejor que sus contrapartes masculinas -la excepción es Alberto Ajaka y su "Orlando"-, pues no sólo tienen bien aprendidos sus diálogos sino que parecen haber sido poseídas por el espíritu, más que por las palabras, de los personajes de Shakespeare. Así, los distintos engaños, ocultamientos y enredos de la obra se repiten en el campo, en un arroyo, en la casa, con todo y sus (des)encuentros erótico-amorosos, coronados por esa sucesión de parejas -¡y un trío!- besándose.
En Viola, tenemos a cuatro jóvenes actrices -entre ellas, nuevamente a la guapa Agustina Muñoz- que están interpretando siete obras de Shakespeare en algún pequeño teatro experimental de Buenos Aires. Otra de las actrices, Sabrina (Elisa Carricajo), está a punto de cortar la relación con su novio, Agustín (Alessio Rigo de Righi), y ante ello, Cecilia (Muñoz) ha decidido, con la anuencia de las otras dos compañeras actrices, "ayudar" a Sabrina a ese rompimiento, a través de una táctica típicamente shakespeariana de conquista/engaño/juego, mientras las dos muchachas ensayan una y otra vez algún diálogo de Noche de Reyes, también conocida como La Duodécima Noche.
La Viola del título no es, por cierto, la "Viola" de Noche de Reyes, sino una Viola de carne y hueso (nuevamente María Villar), que tiene un negocio de películas y discos "pidatas" que entrega a domicilio, cruzando la ciudad en su bicicleta. Viola se topará con los otros personajes ya mencionados -Agustín, Sabrina, Cecilia- que, a su vez, tendrán que ver con la relación que Viola tiene con su novio Javier (Estebán Bigliardi). Nuevamente, como en Rosalinda, los (des)amores y (des)encuentros shakespearianos tendrán su extrapolación en el mundo real de Viola. O lo que es lo mismo, "Viola" y Viola terminarán fundiéndose en una sola.
Después de revisar esta cuatro cintas de Piñeiro, el joven bonaerense demuestra ser un cineasta hecho y derecho: un espléndido director de actores -o, más bien, de actrices- y un maestro en el manejo del espacio fílmico y del encuadre, bien apoyado por la elegante y fluida cámara de Fernando Lockett, que no pierde un solo detalle del rostro de sus actrices, de cómo se mueven, de cómo sonríen, de cómo (nos) miran. Uno termina enamorándose de nuevo de los textos de Shakespeare después de ver Rosalinda y Viola. Y, también, de pasada, de las bellas, graciosas y esquivas actrices de Piñeira.