viernes, 20 de junio de 2014

Por Meterse a Redentor



Siempre habrá discusión acerca de cuál es la obra maestra de Preston Sturges: que si la sexy Las Tres Noches de Eva (1941), que si la inmoral Los Amantes de Mi Mujer (1942), que si la alocada El Asombro del Siglo (1942)... Lo que es cierto es que todo mundo concuerda que su filme más personal es Por Meterse a Redentor (The Sullivan's Travels, EU, 1941), no solo porque representa todo lo que el cine significaba para él sino porque, también, esta cinta funciona como una suerte de emocionada/emocionante declaración de principios, ligada incluso a su vida familiar y a su propia infancia.
Preston Biden nació en 1898, hijo de un agente viajero, Edmund Binden, y su esposa, Mary Desti, quien abandonó al marido al año del matrimonio y cargó con el recién nacido Preston a París. Ahí, la inquieta señora Desti hizo migas con Isadora Duncan y con otros artistas e intelectuales europeos de inicios del siglo XX. La primera infancia del futuro cineasta estuvo rodeada, pues, de arte y artistas, hasta que su señora madre tuvo que regresar a Estados Unidos. Ahí, conoció a un agente de bolsa, Solomon Sturges, con quien contrajo matrimonio en 1902. El hombre crió al niñito Preston como su propio hijo, lo adoptó formalmente y, al final de cuentas, fue la única figura paterna que tuvo en su vida. Mr. Sturges era un self-made man que había hecho su fortuna de la nada, no tenía ningún tipo de sofisticación cultural y le encantaban los deportes como el ciclismo y el beisbol. Preston lo idolatraba. Por su parte, la nueva señora Sturges apenas soportaba a su vulgar marido ricachón, por lo que seis meses de cada año se llevaba a su hijo de vuelta a París. Ahí, la madre educaba al niño Sturges llevándolo a conciertos, al teatro, a la ópera, lo vestía con túnicas griegas y lo hacía aprenderse de memoria los clásicos. Sturges, años después, confesaría que este aprendizaje resultó contraproducente: él nunca quiso ser artista -ni se vio a sí mismo como tal- sino que su sueño siempre fue ser un tipo sencillo, no más que un buen hombre de negocios, como su padrastro.
Este escepticismo o franco rechazo al "arte serio" o "importante" o "comprometido" -por llamarlo de alguna manera- está presente en toda la obra de Sturges y especialmente en Por Meterse a Redentor, que inicia con una dedicatoria a los "payasos" del cine silente, a los que el cineasta homenajea en varias secuencias slapstick a lo largo de la cinta, como la hilarante persecución en la carretera o las caídas de varios personajes en una piscina. También es claro de qué lado se encuentra Sturges cuando la jovencita aprendiz de actriz encarnada por Veronica Lake sueña con conocer a Ernst Lubitsch y no, digamos, a Frank Capra, de quien indirectamente se burlan en algún diálogo.
El Sullivan del título original (Joel McCrea) es un exitoso realizador de musicales y comedias hollywoodenses. Sin embargo, el ser un director taquillero no lo hace feliz: él cree que el cine debe servir para algo más que divertir, que debe mostrar "el sufrimiento humano", que debe funcionar como un instrumento para la formación de la sociedad, que debe comentar "la condición moderna" del hombre contemporáneo... Sus productores, que tienen en Sullivan a su cineasta más redituable, le dicen que están de acuerdo con él... siempre y cuando le pueda agregar "un poquito de sexo" a todas esas tan loables preocupaciones. Sullivan decide filmar un guión que trata sobre la miseria humana ("O Brother Where Art Thou?"), pero como no sabe en realidad lo que es ser pobre, decide disfrazarse de pordiosero e ir por la carretera pidiendo un aventón ahí, trabajando por allá, durmiendo en un albergue por acá. Aunque al principio Sullivan no sufre tantas privaciones -e, incluso, termina encontrándose con una pequeñita y despampanante muchacha (Veronica Lake) de la que se enamora-, al final de cuentas terminará en una prisión, condenado a seis años de trabajos forzados y conociendo de verdad, no en teoría, lo que significa sufrir.
Detrás de la muy divertida sátira en contra del cine "de arte" y sus pretenciosos hacedores, se desliza de todas formas un retrato descarnado de la miseria y las injusticias en los Estados Unidos de inicios de los 40, cuando los estragos de la Gran Depresión aún no amainaban por completo. Sturges logra burlarse del cine como instrumento de "concientización" al mismo tiempo que hace una película que, de alguna manera, funciona como ese propio instrumento de "concientización". No minimiza ni caricaturiza el sufrimiento humano -y menos cuando el propio Sullivan lo vive en carne propia hacia el final-, pero sí se pregunta si el cine -y el arte en general, por añadidura- debe entenderse como un medio de reflexión sociológica. ¿Sólo el cine "de mensaje" es importante? ¿Sólo el cine que trata temas "trascendentes" debe interesarnos?
El dardo satírico de Sturges da en el blanco desde el inicio, cuando el flemático mayordomo (Robert Greig) de Sullivan ve a su patrón que se disfraza de pordioseo, y le dice, palabras más, palabras menos, que esa idea suya de hacer un filme sobre la miseria es no solo una tontería sino algo de muy mal gusto. “Señor", le dice el inolvidable Robert Greig, "las películas sobre la pobreza no les interesa a los pobres, que la conocen muy bien, sino solo a los ricos morbosos como usted".
Por lo mismo, en la escena clave de la cinta -y acaso el momento que mejor describe el êthos fílmico de Sturges-, Sullivan descubrirá en una iglesia afroamericana convertida en cine -un templo religioso transformado en templo cinematográfico- que los más jodidos -los presos condenados a trabajos forzados, los libres pero discriminados por su color o su miseria- no quieren que nadie les diga cómo sufren siendo pobres, sino que quieren llorar, sí, pero de risa viendo alguna caricatura de Mickey Mouse y Pluto. Ahí, encadenado, frente a la pantalla improvisada, Sullivan ve cómo todos ríen, ríen y vuelven a reír a carcajadas con el slapstick de los dibujos animados de Disney. 
Aunque suene inevitablemente frívolo, ¿el cine les puede ofrecer otra cosa a los más pobres, a los más jodidos? ¿De verdad el cine que busca hacer reír es menos valioso que el cine "trascendente"? Sullivan, como buen personaje de Sturges, ha aprendido su lección al final de cuentas. Y si algún espectador no la comparte, allá él. Total: el slow-cinema pretencioso, rollero y jodidista sigue estando bien cotizado en algunos festivales de cine. Que les aproveche. 

4 comentarios:

Christian dijo...

what the...

Brillante texto Ernesto.

Saludos.

Miguel Ravelo dijo...

Concuerdo con Christian, y debo decir que disfruto mucho estas entradas. Hace tiempo vi varias de las películas de Sturges y todas me parecieron geniales, pero creo que en ese momento, mi favorita fue The Palm Beach Story. Espero darles una segunda vuelta pronto. ¿Podemos esperar un Sturgesometro al final de este ciclo?

Ernesto Diezmartinez dijo...

Miguel: No es mala idea, ahora que estoy revisando toda su obra.

Joel Meza dijo...

Ah, ya quiero ver esta de El Que Nace Pa´ Tamal, ¿o cómo dices que se llamó en Español? A´pa´ titulitos que se aventaban desde entonces, como dijo Christian.