sábado, 23 de agosto de 2014

Esposas Frívolas



Finalmente, después de un año de filmación y seis meses de montaje, Esposas Frívolas (Foolish Wives, EU, 1922), tercer largometraje de Erich von Stroheim, se estrenó en Estados Unidos con una duración de más de dos horas. La cinta -que originalmente había sido planeada para seis horas- le había costado a la Universal más de un millón de dólares. El excesivo costo se explica porque el meticuloso von Stroheim insistió en reproducir al dedillo casinos y castillos europeos en California, además de su conocido gusto por repetir una y otra vez la misma escena, manía que lo llevó a usar, se dice, más de 300 rollos en todo el rodaje.
El entonces joven presidente de la Universal Irving Thalberg amenazó con correr a von Stroheim en varios momentos de la filmación, pero la cinta había costado demasiado y había que sacar algún beneficio de ella. Además, ¿cómo correr a von Stroheim si, además, él mismo era el actor protagónico? Al final de cuentas, la película se estrenó con una extensión de 21 rollos, aunque luego fue cortada bajo órdenes de Thalberg hasta dejarla en 14 (140 minutos), que es la versión más cercana a lo que pretendió hacer von Stroheim.
Si uno lee las reseñas de la época, un reproche común es la excesiva duración de una historia que, al final de cuentas, es una variación, corregida y aumentada, de su opera prima, Maridos Ciegos (1919). Nuevamente von Stroheim encarna al perverso villano, el dizque sofisticado Conde Serguei Karamzin, capitán del ejército ruso, quien posee la lujosa Villa Amorosa en Monte Carlo, donde vive -y desayuna caviar- con sus "primas", las princesas Olga y Vera Petchnikoff (Maude George y Mae Bush). Por supuesto, Karamzin no es ningún noble, no es ningún militar y no tiene dinero -de hecho, todo esto pareciera una confesión del propio von Stroheim, que se decía hijo de nobles (no lo era), que presumía haber sido héroe de guerra (no lo fue) y que ocultó siempre su origen clasemediero y judío. En todo caso, el falso conde ruso usa sus aires de autoridad, su carisma y la credulidad de sus víctimas -la realeza europea y los ingenuos "nuevos ricos" americanos- para hacer de las suyas. Así, monta un casino en su propia villa, despeluca a los incautos que caen por ahí, pierde dinero falso que le encarga a un achichincle (Cesare Gravina) y, de pasada, enamora a la joven esposa (Miss Dupont) de un maduro embajador gringo (Rudolph Christians). 
Uno podría alegar que von Stroheim es un misógino de primera: no hay una sola mujer en todo el filme que no sea una víctima (la esposa del embajador, la criada de Karamzin, la hija retrasada del falsificador) o una depredadora (las "primitas" alegres). Pero la verdad es que tampoco los hombres se salvan. Vea si no la galería masculina: el desalmado y cínico Karamzin, el estirado embajador americano, los decadentes tipos que caen a tomar y jugar en Villa Amorosa... 
La misantropía de von Stroheim no deja títere con cabeza en esta lasciva crónica de excesos: nadie se ve bien en la cinta, sea por su crueldad, su cinismo o su tontería. Este tono desencantado evita que el filme caiga en el discurso moralino que lastraba Maridos Ciegos. El final que tiene el propio Karamzin -echado a una alcantarilla como si fuera una vil rata- es un castigo apenas justo no solo para él, sino para toda esa sociedad de entreguerras que chapotea en la decadencia.

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