sábado, 13 de septiembre de 2014

Las Historias que Contamos



Siempre me ha parecido que Sarah Polley tiene cara de ser inteligente. Sea en sus primeras apariciones juveniles en cintas de Atom Egoyan (Exótica/1994, Dulce Porvenir/1997) y David Cronenberg (eXistenZ/1999), en el buen melodrama feminista Mi Vida Sin Mi (Coixet, 2003) o en la única película decente que ha hecho el churrerro de Zack Snyder (El Amanecer de los Muertos/2004), hay algo en la personalidad de Polley que me ha llevado a pensar que la actriz canadiense es una mujer que siempre está reflexionando lo que va a hacer, pero que no tiene miedo a la hora de tomar decisiones. Piensa y actúa. 
Cuando Polley debutó como directora con el espléndido melodrama de la tercera edad Lejos de Ella (2006) -que le valió una nominación al Oscar a Mejor Guión Original- y a esto le siguió el sólido woman's film Triste Canción de Amor (2011), quedó confirmado que la actriz convertida en cineasta no solo parecía inteligente sino que lo es. Y que, por supuesto, también tiene mucho talento. Después de mi tardía revisión de su tercer largometraje, Las Historias que Contamos (Stories We Tell, Canadá, 2012), hay que agregarle una tercera característica. Es "una directora malvada", como le dice alguien en algún momento clave de la película. En efecto, Polley tiene algo de malvada. Como lo tienen, de hecho, muchos de los grandes creadores fílmicos.
Las Historias que Contamos inicia como un documental más o menos tradicional: Polley aparece dirigiendo a su anciano padre Michael, quien empieza a grabar en audio la voz en off narrativa del mismo filme que estamos viendo. Luego, vemos los preparativos que Polley y su equipo llevan a cabo para entrevistar a sus cuatro hermanos mayores. El tema es la propia familia Polley, de la cual Sarah es la hija menor.
Así, inicia esta suerte de relato y exorcismo familiar, centrado en los recuerdos de los cuatro hermanos de Polley, su viejo padre muy articulado y una colección de amigos y familiares, quienes van construyendo la historia matrimonial de Michael y Diane Polley. Él, un actor de origen británico de quien la joven Diane, también actriz, quedó prendida cuando lo vio interpretar en Toronto cierta obra teatral de Harold Pinter. El propio Michael, frente a cámara, reflexiona sobre ese flechazo amoroso: acaso Diane no se enamoró de él sino de enérgico y carismático personaje que encarnaba en la obra de teatro. Lo cierto es que, pasada la pasión, el matrimonio empezó a decaer hasta que ella se tomó un tiempo para viajar a Montreal y participar en una obra de teatro. Michael la sigue, el matrimonio vuelve a despegar y Diane, de 42 años, queda embarazada. Desesperada por la situación, decide abortar, siempre apoyada por el omnicomprensivo Michael, pero de último minuto desiste y decide tener al bebé. Así fue como nació Sarah Polley un 8 de enero de 1979.
Si usted cree que le estoy contando demasiado, despreocúpese. El nacimiento de Sarah Polley es apenas un hilito en la fascinante madeja de recuerdos y contradicciones que vamos atestiguando en la medida que avanza el filme. Como la madre falleció hace tiempo, cuando Polley tenía apenas 11 años de edad, la abierta personalidad, natural coquetería e indudable belleza de Diane Polley aparecen en películas caseras en Super 8 y como meros reflejos añorantes/críticos de quienes la trataron: su marido, sus amigos, sus hermanos, sus hijos. 
El sentido último de la cinta de Polley se va revelando hacia el final. Estamos muy lejos del ego-trip personal -la actriz/directora es un personaje secundario en una historia que vaya que le concierne-, sino de una seria exploración del amor, la pasión, la familia y el matrimonio. Y, luego, cuando menos lo esperamos, Polley ha agregado otra capa reflexiva más, pues Las Historias que Contamos trata también del cine mismo, del sentido que tiene una narración y de cómo la construimos. 
Hacia el desenlace de este notable filme, alguien puede llamarse a engaño y quejarse de que ha sido manipulado. En efecto, Polley nos ha manipulado de principio a fin. Pero eso es lo que hacen los buenos contadores de historias.

5 comentarios:

Christian dijo...

Al rato me lanzo a la Cineteca a verla. Hay que aprovechar que vivo cerca del recinto jo

Christian dijo...


Ya la vi.

Qué maravilla. Los momentos, los recuerdos y la forma en como Polley va soltando esos dardos narrativos de manera pausada, justo cuando son necesarios para mantener nuestra atención y el ritmo de la película. Vaya que es talentosa Miss Polley,

Y no, no me sentí manipulado. Más bien aplaudí. Cuando me di cuenta de eso que algunos podrían sentir como manipulación, para mi fue como El Prestige de todo gran mago, ese momento donde una buena película se convierte en una Gran película.

Aplausos a Miss Polley,

mccloudken dijo...

Tambien ya la vi, y vaya que si es buena cineasta, la forma que va hilando la historia es precisa, milimétrica, ya muchos directores deberian aprender de Sarah. Lo digo porque te presenta la historia que quiere contar, y mira que sorpresa, se dedica a hacer eso mismo. Lo digo porque muchas peliculas quieren abarcar todo, y ni te enteras muy bien de que pasa.

Claro, desde diferentes puntos de vista. Aunque no sabremos el 100% de esa verdad, sino acercarnos como dice Harry. Al final, la realidad supera la ficción, y vaya de que forma. No hay nada nuevo bajo el sol, lo que sí hay es la forma de contar las cosas.

Christian dijo...

Para mi, la Polley, con esta cinta se pone a la altura de un Herzog, de un Flaherty o por lo menos a eso le tira. El oficio de un cineasta en pleno dominio de los recursos a su alcance...

Joel Meza dijo...

Ah, pa´ verla bichi: está en el netflix gringo, el canadiense y el irlandés.
Chilo.