miércoles, 24 de septiembre de 2014

Pídala Cantando/LXI



El lector habitual Saúl Baas Bolio me pidió rescatar lo que había escrito en su momento de Los Puentes de Madison (1995) y, contra todo pronóstico, encontré el texto. Se trata de una crítica publicada hace casi 20 años, escrita con, acaso, demasiado entusiasmo. O acaso no: el entusiasmo es justo el que merece esa obra mayor de Eastwood.


A estas alturas del juego, llamarse sorprendido por la nueva película dirigida por Clint Eastwood es arriesgarse a quedar instalado en el más rancio lugar común. Creo que nadie puede ya asombrarse realmente por la calidad del cine de Eastwood; creo que ya nadie -ni los que hasta hace poco eran más escépticos- puede negar la estatura creativa del ex-Harry "el sucio" convertido en uno de los más importantes y atípicos cineastas americanos de su generación. Con todo, la película número 18 dirigida por Eastwood y número 50 actuada (más bien habitada) por él mismo se presta a provocar el más desbordado entusiasmo.
Los Puentes de Madison (The Bridges of Madison County, EU, 1995) nos presenta la historia de un Breve Encuentro (Lean, 1945) amoroso entre Francesca, una madurona y todavía guapa ama de casa perdida en el pequeño condado de Madison, Iowa, y Robert Kincaid, un serio y espigado fotógrafo free-lance, que ha llegado a ese mismo condado de Madison para tomar unas fotos de sus famosos y bellísimos puentes de madera para un número especial de la revista National Geographic.
Me niego a seguir contando más. Como los grandes melodramas amorosos a lo David Lean (Breve Encuentro, Los Amigos Apasionados/1949), la película número 18 dirigida por Clint Eastwood puede parecer una basura cursilona contada literalmente. Y no lo es. Acaso Los Puentes de Madison sea inevitablemente cursi. Pero dista mucho de ser una basura.
A contracorriente del Hollywood actual, Eastwood dirige y actúa la cinta con un indeclinable impulso clásico. Su narración está basada en la eficacia y nunca en el efecto; su fuerza actoral descansa en su sola presencia. Más aún: Eastwood no sólo ha adquirido oficio a lo largo de los años. Ha adquirido la auténtica sabiduría de los grandes maestros del cine. De esta forma, sabe que su propia aparición como icono fílmico debe estar custodiada por un sólido grupo actores. Así fue en Los Imperdonables (1992) al rodearse de Gene Hackman, Morgan Freeman y Richard Harris; así fue en Un Mundo Perfecto (1993) al lograr una espléndida interpretación de Kevin Costner; así es en Los Puentes de Madison, en donde Meryl Streep logra su mejor papel en años (por lo menos desde Fuera de África/1985).
La química entre Streep y Eastwood es uno de los dos pilares en los que sostiene la película. Las pláticas iniciales, los diálogos alrededor de la pequeña mesa familiar de Francesca, las primeras caricias y las propias escenas de amor entre los dos, serían impensables sin la risa de Streep, sin los largos pasos cansados de Eastwood, sin las miradas que se cruzan a lo largo de la cinta.
El otro pilar es, por supuesto, el estilo narrativo de Eastwood. En un género -el melodrama amoroso- tan presto a caer en el exceso y la cursilería, Eastwood sabe mantener el equilibrio gracias a varios momentos de buen humor (adaptación y diálogos de Richard LaGravenese, el autor del guión de Pescador de Ilusiones/Gilliam/1992) y a la sobriedad que el cineasta le imprime a la película.
Eastwood sabe lo que hace: es fiel al género, como buen cineasta clásico que es, pero sabe cómo trascenderlo. Una escena destinada a convertirse en antológica subraya el talento narrativo del exalcalde de Carmel: Francesca ve de lejos, bajo una torrencial lluvia, a Robert Kincaid, el hombre de sus sueños, con quien compartió los mejores cuatro días de su vida. Kincaid camina rumbo a ella, empapado de agua. Si Kincaid/Eastwood está llorando, no lo sabemos. La lluvia cubre las lágrimas del hombre pero expresa, sin lugar a dudas, las lágrimas de la película. Extraordinario momento fílmico. Esa lluvia representa no sólo las lágrimas de Francesca o de Kincaid; también, qué carajos, las lágrimas de nosotros.

5 comentarios:

Joel Meza dijo...

Chillón.
Yo no lloré. Traía alergia en los ojos.

Champy dijo...

Ese torrencial aguacero no era un torrencial aguacero, era y es la representación fílmica de lo que sentía ella lo que sentía él y lo que sentíamos nosotros. La impotencia desbordada de la condición humana ante el statu quo. El deber ser antes que el bien estar. El respeto al de a lado o al del frente por encima de nuestras pasiones.
Mi favorita de él, definitivo. Creo que el trabajo mas respetable de ella. Tanto se dijo y desdijo respecto al casting para Francesca, que si Susan que si Jessica que si Sissy...al final la ganona como siempre la mujer que tenía contentos a los mandamases. Como quiera le salió bien.

2046

mccloudken dijo...

Sin duda la mejor expresión del amor hacia una mujer, y de la conquista por supuesto. Robert no le decia cosas de amor, ni siquiera que le decia a Francesca que era hermosa, o cosas asi, la fue enamorando con su platica, con su mirada, como la hizo sentir. Realmente ella se enamoro de lo que el era, no de lo que le ofrecia. Trasladar todo eso del libro a la pantalla, ya es todo un merito. Creo que es de obligada visión, ya es un clasico. El libro de David Gilmour, "Cineclub", en donde un padre educa a su hijo viendo grandes peliculas, deberia añadir esta pelicula. Has escuchado hablar de el, Ernesto?

Quiero mas criticas retro.

Champy dijo...

Yo educo a mis ligues viendo Cine jeje....
Lo triste es que casi nadie llega al examen profesional...

2046

Christian dijo...


Que fregón comentario Champy. Saludos.