domingo, 19 de octubre de 2014

Morelia 2014/II




En todos los festivales de cine a los que he ido -nacionales o fuera de México- siempre hay una o varias películas en competencia que merecen la etiqueta: "¿te cae?". Es decir, se trata de ese tipo de cintas que uno no sabe cómo terminaron en la sección competitiva de, digamos, Guadalajara, FICUNAM, La Habana, Río o, en este caso, Morelia.
Y a las pruebas me remito: El Comienzo del Tiempo (México, 2014), segundo largometraje de Bernardo Arellano (decente debut Entre la Noche y el Día/2011) es de esos filmes que uno termina de verlos y dan ganas de ir con la gente del comité de selección -sobre todo con los amigos- para decirles: ¿te cae? 
Toñito y Bertha (Antonio Pérez Carbajal y Bertha Olivia Ramírez) son dos ancianos que viven en una ciudad de México que parece estar habitada por pura gente de la tercera edad: oficinistas, relojeros, peluqueros, sastres, usureros... Vamos, en el DF de Arellano no hay nadie que tenga menos de 50 años de edad. Aunque, a decir verdad, sí hay un joven en el filme: el veinteañero Paco (Francisco Barreiro) -¿no será el mismo Paco de las películas de Pereda en las que ha actuado Barreiro?-, el nieto de Toño y Betty, que un buen día, por esas casualidades extrañas de la vida -o que suceden cuando al guionista no se le ocurrió algo mejor-, se estacionó en el puesto de tamales que tienen los ancianos para preguntarles por una gasolinería y resultó que esos dos viejitos pasitas eran sus abuelitos desconocidos.
Los viejos acogen al nieto, dejado ahí por el hijo ingrato interpretado por José Sefami, y durante el resto del filme vemos cómo los dos santos señores y el indolente muchacho se van conociendo poco a poco. Toño y Bertha están en las últimas, no solo por su avanzada edad, sino porque el gobierno ha cortado las pensiones -quesque para pagar la deuda externa-, por lo que la pareja de ancianos han tenido que buscar la supervivencia haciendo una venta de garaje, cometiendo robo hormiga o, finalmente, convirtiéndose en emprendedores, levantado el susodicho puesto de tamales.
En el papel, una historia como esta, en la que dos venerables viejos conocen a su nieto veinteañero, conviven con él y le enseñan algunas verdades de la vida -y de la muerte-, no parece tan mal. Después de todo, el cine mexicano tiene una larga tradición, nacida en los años 40, en la que los sufridos padres de familia se las veían negras para lidiar con los pulpos chupeteadores que solían ser los hijos ingratos. Y en el cine mundial, desde Di Adiós al Mañana (McCarey, 1937) hasta Amor (Haneke, 2012), pasando por Historia de Tokio (Ozu, 1953), el sufrimiento de los viejos ha sido un tema recurrente.
El problema es que Arellano se muestra como un cineasta casi amateur: repetitivo en las acciones y diálogos contenidos en el guión escrito por él, incapaz de obtener actuaciones decentes de sus no-actores y con una resolución que se quiere emotiva -Paco se une a su abuelo y al desdentado activista Marcos (Marcos Galindo Maldonado) en alguna manifestación antigubernamental- pero que solo puede serlo en la imaginación del cineasta. Una pena porque en su opera prima, la mucho más controlada Entre la Noche y el Día, Arellano había mostrado que tenía cosas qué decir y sabía cómo decirlas. Parece que entre ese filme y El Comienzo del Tiempo todo eso se le olvidó.
El Hogar al Revés (México, 2014), opera prima de Itzel Martínez del Cañizo, en competencia en la sección documental, es notablemente mejor. La cinta está centrada en tres adolescentes, Gerardo, Omar y Santos, que viven en una colonia del Pichonavit en las afueras de Tijuana. No hay adultos alrededor porque las mamás -de los papás se habla poco o casi nada- están trabajando en las maquiladoras, así que los tres chamacos, que están dejando la secundaria para entrar a la prepa, tienen que educarse a sí mismos -el caso de Omar-, ser papá/mamá de sus hermanitos menores -como Santos- o de plano ya iniciar su propia familia -Gerardo, que ha salido con la batea de babas de embarazar a su exnovia.
Martínez ha encontrado en sus tres protagonistas -y en los amigos, amigas y novias que los rodean- a un grupo de muchachitos a los que, en realidad, no les pasa nada extraordinario. Sin embargo, el efecto acumulativo que logra la directora al acercarse a ellos y dejarlos hablar y hacer -es decir, dejar que sean ellos mismos- es notable. El articulado y romántico Omar, el monosilábico Gerardo o el solitario y ambicioso Santos terminan convertidos en figuras reconocibles -uno conoce chamacos así, uno acaso fue más o menos así en la adolescencia- y hasta entrañables.
Dólares de Arena (México-República Dominicana-Argentina, 2014), cuarto largometraje de la pareja formada por Israel Cárdenas y Laura Amelia Guzmán (Cochochi/2007, Jean Gentil/2010, Carmita/2013), tiene la desventaja que es una historia que hemos visto ya varias veces en los últimos años y, además, esas cintas han sido mejores.
Me refiero a la temática del turismo sexual en el Tercer Mundo, ya tratada en Bienvenidas al Paraíso (Cantet, 2005) o, más recientemente, en Paraíso: Amor (Seidl, 2012). En este caso, el escenario es República Dominicana, en cuyas playas una guapa jovencita, Noelí (Yanet Mojica), reparte sus atenciones entre algún anciano cliente y una amante más o menos de planta, Anne (Geraldine Chaplin reaparecida), quien se la quiere llevar a vivir a Francia. El novio de Noelí (Ricardo Ariel Toribio) empuja esta relación, porque quiere que la muchacha se vaya a Europa para que le mande dinero con el que, en algún momento, él también pueda viajar hasta allá.
Cárdenas y Guzmán aciertan especialmente en el retrato de ese ambiente entre natural, carnal y decadente en el que se mueven sus personajes y la selección musical -con la participación estelar de la voz y la presencia de Ramón Cordero, quien se revienta el clásico "Causa de Mi Muerte"- es impecable, aunque la cinta no se eleva mucho más allá del mero ejercicio. Y este par de cineastas ya han demostrado que pueden hacer cosas mucho mejores. 

1 comentario:

Joel Meza dijo...

Ah, se me había olvidado comentar aquí, que José Sefami se ha especializado en interpretar muy bien al clásico ojete ¿no? A tal grado que la última vez que lo ví, en Paraíso, de Mariana Chenillo, todo el tiempo me la pasé pensando "en una de esas el papá de ella se va a aparecer y se los va a chingar..."