martes, 21 de octubre de 2014

Morelia 2014/IV



¿Se le puede exigir a un cineasta que deje de hacer lo que realmente le interesa? ¿Con qué derecho le pedimos a Hong, Allen o, más recientemente, Piñeiro, que dejen de repetirse si eso es lo que quieren hacer? ¿Qué autoridad tenemos para eso?
Esto viene al cuento porque en su cuarto largometraje, Yo Soy la Felicidad de este Mundo (México, 2014), exhibido en la competencia oficial, Julián Hernández vuelve a hacer lo que le interesa y lo que sabe hacer mejor. A saber, una hipnótica coreografía de bellos cuerpos masculinos/femeninos entrelazados y entrecruzándose, con el telón de fondo musical -o de plano, con la franca inspiración- de una añeja canción romántica de José José (en este caso, "Dos").
Como de costumbre en el cine de Hernández -la cámara es del infalible Alejandro Cantú-, no hay imagen desperdiciada en cuanto a la belleza y al equilibrio estético se refiere. Sin embargo, como en cierto guiño humorístico (¿o autocrítico?) que un personaje suelta en algún momento del filme, el "cine de arte" de Hernández ya es identificable porque la gente habla poco, se mueve lentamente y no pasan muchas cosas. (Ya, en serio, si en el segmento del threesome Gabino Rodríguez dejara de gatear y él y los demás se movieran normalmente, ¿a cuantos minutos bajaría la duración de la película?)
A decir verdad, sí pasan cosas en Yo Soy la Felicidad de este Mundo: básicamente, estamos ante una historia de amor entre el cineasta Emiliano Arenales (Hugo Catalán) y un jovencito bailarín, Octavio (Alan Ramírez), a quien el director ve cuando está realizando un documental sobre la coreógrafa Gloria Contreras. En el resto del filme Emiliano se dedica a acercarse a Octavio, al mismo tiempo que se encarga de sabotear su relación. Hacia la mitad del filme, aparece el mencionado Gabino Rodríguez -seguramente Nicolás Pereda está de vacaciones en estos días- y tiene una larga escena sexual con un bella dama y con otro caballero, escena que probablemente provenga de un guión que está trabajando el propio Emiliano para su próxima película. Este triángulo amoroso de 30 minutos bien podría haber sido un cortometraje por sí mismo, separado por completo de Yo Soy la Felicidad... pero esa sería otra cinta, más compacta, más concreta. Una que no le interesa hacer a Julián Hernández. E, insisto, ¿quién soy para decirle lo que tiene que hacer? Nomás eso faltaba.
Y si Hernández hizo lo que era de esperarse de él, la sorpresa -fuera de concurso- fue Gloria (México, 2014), opera prima del suizo Christian Keller, la esperada biopic de Gloria Trevi escrita por Sabina Berman. Gloria no es ninguna obra mayor, por supuesto, pero sostengo no solo que es una biopic más coherente que Cantinflas (Del Amor, 2014) -algo que no era tan difícil de hacer, la verdad sea dicha- sino que, incluso, resulta más interesante que varias películas que he visto en la competencia oficial. 
La historia inicia en 1984, cuando una tal Gloria Treviño, una muchachita norteña y atrabancada, llega a audicionar frente al compositor Sergio Andrade (Marco Pérez, muy en su papel) con varias docenas de canciones escritas por ella. La tal Gloria no sabe tocar un solo instrumento, desafina continuamente, sus canciones son "primitivas" pero Andrade ve en ella un filón de oro. De este encuentro entre la futura Gloria Trevi y Sergio Andrade pasamos al momento de su detención, 15 años después, en Río de Janeiro, donde el "clan Trevi-Andrade" -como los bautizaría, aparentemente, la poderosa conductora Paty Chapoy- pasaría varios años de cárcel. Así, entre el ascenso a la fama de la Trevi y su descenso a la cárcel, avanzará esta película que no absuelve por completo a Gloria de su complicidad con Sergio Andrade, aunque sí explica esa misma complicidad por la ciega devoción que la muchacha sentía por su "carcelero", pues muchos años vivió "Con los Ojos Cerrados", como lo dice la canción que Trevi interpreta, en franco tono de cine musical, frente a Ricardo Salinas (Pedro Mira) y Paty Chapoy (Marisa Rubio).
Esta invasión abrupta del musical y sus enlaces a interpretaciones en palenques o conciertos, denotan un arrojo y, al mismo tiempo, una seguridad en el cineasta debutante Keller que resulta refrescante. El tono de la cinta se mueve entre la (¿injustamente?) vilipendiada Showgirls (Verhoeven, 1995) pero de Región 4 y el woman's-film tradicional -la película cumple con dos requisitos básicos de la fórmula: el sufrimiento y la elección-, lo que quiere decir que se alterna la comedia vulgar con el melodrama in extremis. La película merece no pocos reproches -Raúl Velasco (Pepe Olivares) es de risa loca, la música de Lorne Balfe es machacona, el retrato que se hace de la Trevi termina siendo acaso demasiado positivo-, pero la cinta se sostiene sin dificultades durante los 120 minutos de su duración, las escenas musicales (videoclips, conciertos, palenques) están bien realizados y, last but not least, Gloria tiene una inesperada arma secreta que se llama Sofía Espinoza.
La señorita Espinoza no solo canta con enjundia las canciones de la Trevi ("Mañana", "Dr. Psiquiatra", "Pelo Suelto", "Los Borregos, "Papa sin Catsup", "El Recuento de los Daños") sino que se ha convertido en Gloria misma. No solo la voz es muy parecida, sino que se mueve como ella, brinca como ella, baila como ella, grita como ella, hace desfiguros como ella. Es un trabajo físico notable que hará, con toda justicia, que Espinoza se gane toda la atención que merece. Ya está lista para cosas mayores. 


1 comentario:

Abraham dijo...

Carajo, ya me dieron ganas de ver Gloria. ¿Acaso el Raúl Velasco real no era ya de risa loca?. Esa Sofía Espinosa es muy buena actriz, desde hace rato. Como que andaba muy desaparecida y ahora ya tiene tres este año: "Asteroide", "Los bañistas" y esa de "Gloria". Y yo que no he visto ni una.

Ya se me figuro "Yo soy la felicidad" como "Rabioso Sol, Rabioso Cielo": primero el bosquejo de una historia interesante, luego pura cogedera y al final saliéndose de madre pero con cierta onda. Me sigue entusiasmando bastante verla.

Me da risa lo de Gabino, pero aunque ese Pereda se ande durmiendo en sus laureles, el Gabino ha pasado de ser el actor fetiche de Marisa Sistach, al de Rubén Imaz, al de Nicolás Pereda, al de Sebastián Hiriart, como si se tratara de una evolución natural, cual ajolote del cine. Con eso de que ya lo quieren los filipinos nomás falta verlo en un rato en películas de Lav Diaz.


Creo que no veía a Gabino Rodríguez y a Sofía Espinosa juntos desde "El brassier de Emma". Amo esa película.