jueves, 27 de noviembre de 2014

Los Juegos del Hambre: Sinsajo Parte 1




Cuando vi, hace un año, Los Juegos del Hambre: en Llamas (Lawrence, 2013), apunté aquí mismo que la cinta me había sorprendido a tal grado que terminé genuinamente interesado por el destino de la indomable y desafiante Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence). Sin embargo, en el último episodio de la saga –o mejor dicho, el penúltimo, porque la tercer parte ha sido dividida en dos filmes, el segundo a estrenarse el año que entra-, Katniss es una suerte de actriz secundaria en su propia historia lo que, en cierto sentido, no está del todo mal.
En esta continuación interruptus, Katniss sirve de arma propagandista, más que como indómita guerrera. Refugiados en el subterráneo Distrito 13 de Panem, la Presidenta Coin (Julianne Moore),  su asesor de cabecera Plutarch Heavensbee (Philip Seymour Hoffman, a quien está dedicado el filme) y el hacker Beetee (Jeffrey Wright) utilizan la leyenda de Katniss y su carisma para lanzar una serie de propos (entiéndase: spots políticos subversivos) con el fin de levantar a toda la población de todos los distritos en contra del fascista Presidente Snow (Donald Sutherland, con más tiempo para lucir su malevolencia).
Hubo un momento en el que Los Juegos del Hambre: Sinsajo Parte 1 (The Hunger Games. Mockingjay Part 1, EU, 2014) me hizo recordar el tono de esos thrillers políticos de la Guerra Fría –digamos, Límite de Seguridad (Lumet, 1964)-, que estaban más preocupados por crear interés y tensión a través de los diálogos y sus actores que por la acción propiamente dicha. De hecho, no conté el número de escenas en las que Katniss es llevada de un sitio –el comedor, un bosque, su dormitorio, etcétera- al “war-room” rebelde para que se entere de las novedades, discuta una propuesta o, de plano, vea una pantalla en la que está sucediendo la acción, pero no me extrañaría que llegara a la decena.
Por eso mismo, no culpo a cierto espectador que, al salir de la función a la que asistí, renegaba en voz alta: “’uta: hora y media de discusiones políticas y veinte minutos de acción”. Por supuesto, el tipo estaba completamente equivocado: no creo que las escenas de acción sumen veinte minutos.
Al inicio anoté que el relegar a Katniss a una posición secundaria y hasta pasiva en su propia historia no estaba del todo mal. Por lo menos, es de respetar que la casa productora Liongsgate, el director Francis Lawrence y la propia novelista/adaptadora Suzanne Collins se hayan arriesgado a convertir un blockbuster juvenil de acción, en una suerte de thriller político en el que queda más que claro que en ese distante mundo distótico –como en el de hoy-, quien logra mandar el mensaje más efectivo de esperanza –los rebeldes- o de miedo –el gobierno- resultará ser el ganador. O dicho de otra manera, las armas de la propaganda son tan importantes -¿o más?- que las tácticas bélicas convencionales.
Ahora bien, dicho todo lo anterior, lo cierto es que de cualquier forma y después del emocionante final de la segunda parte, esta verborreica secuela interruptus termina resultando decepcionante y anticlimática. Seguramente la segunda sección de la tercera parte –qué enredo, me cae- será mejor y veremos de nuevo a Katniss ocupar el papel protagónico en su propia historia, pero lo cierto es que me queda la sospecha que la casa Lionsgate estaba más interesada en dividir la última entrega de la trilogía en dos partes no tanto para probar los límites del blockbuster juvenil de acción y a su público cautivo, sino solo con el cochino fin de ganar mucho dinero. ¿O será que soy muy mal pensado?