viernes, 23 de enero de 2015

El Gran Hotel Budapest




Ante el re-estreno de El Gran Hotel Budapest, va el rescate de lo que escribí de esta cinta el año pasado:


Con El Gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, EU-Alemania, 2013), su octavo largometraje, el irrefutable autor fílmico americano Wes Anderson (Tres Son Multitud/1998, Los Excéntricos Tennenbaums/2001, El Fantástico Sr. Zorro/2012) ha logrado una de sus cintas más logradas, acaso la mejor de todas hasta el momento, tanto por su maniática puesta en imágenes como por su juguetona estructura narrativa como de muñeca rusa.
Estamos en la ficticia República de Zubrokva, en el este o centro de Europa. Una muchacha lee un libro, “El Gran Hotel Budapest”, frente al busto de su autor, a quien luego vemos, interpretado por Tom Wilkinson, contar frente a la cámara cómo llegó a escribir esa novela. Así, de 1985 –y con el encuadre en formato 1.85:1- pasamos a 1968 –formato sesentero de 2.35:1- en el que vemos al joven escritor (Jude Law) hospedarse en el ya decrépito Gran Hotel Budapest, en donde conoce al anciano dueño, Zero Moustafa (F.  Murray Abraham), quien le platica cómo llegó a heredar el hotel, a pesar de haber entrado a trabajar como botones (Tony Revolori) en 1932 –ahora el formato es el académico, de 1.33:1-, siempre a las órdenes del concierge Monsieur Gustave (antológico Ralph Fiennes).
La trama en forma de muñeca rusa -una historia dentro de otra historia dentro de otra historia- va avanzando a través de la acumulación de una serie de anécdotas encantadoramente cómicas/ridículas/románticas –las actividades de gigoló de Monsieur Gustave, el hurto de cierto cuadro valiosísimo, el hilarante escape de la cárcel, la sublime historia de amor entre el joven Zero y su ingenua enamorada (Saoirse Ronan)-, todas ellas hilvanas por el irresistible personaje protagónico, ese Monsieur Gustave tan sofisticado como vulgar, tan honesto como cínico, tan valiente como insensato.
El carácter con el que es definido Monsieur Gustave en un inicio por el viejo Señor Moustafa –“Su mundo había desaparecido antes de que él llegara, pero él mantuvo la ilusión con una singular gracia”- podría aplicarse a la película misma y a su hacedor, Wes Anderson. Y es que estamos ante  una radical cinta de autor producida en el interior de la gran maquinaria hollwyoodense, ubicada en una época y centrada en un tema poco o nada populares: la Europa de entreguerras, en pleno ascenso del fascismo.
Anderson, a través de El Gran Hotel Budapest, demuestra que se puede seguir realizando en Hollywood un cine como él lo hace, preocupado por las formas fílmicas más artificiales posibles –esa puesta en imágenes basada en travellings laterales, esos paneos de precisión keatoniana, esos encuadres barrocos de estilo tableau-, sin dejar de ofrecer, entre tanta sofisticación visual, una insensata, valiente y apasionada defensa de lo que es correcto, de lo que es decente, de lo que es valioso, tal como lo haría el mismo Monsieur Gustave. 
Así como Monsieur Gustave se coloca del lado de la amistad, el amor o la belleza, Anderson defiende el cine –mejor dicho: su cine- como el último bastión de una forma de trabajar que parece estar en retirada. Aunque, claro, mientras existan autores como Anderson, la ilusión se podrá sostener “con singular gracia”.