jueves, 29 de enero de 2015

Pídala Cantando/LXII



El lector habitual de este blog, Saúl Baas Bolio, me pidió rescatar lo que escribí en su momento de Golpes del Destino. Acá, abajo, la crítica que pergeñé hace más de una década.


Contra la mayoría de los pronósticos –incluyendo el mío, que dejé por escrito en REFORMA—Golpes del Destino (Million Dollar Baby, EU, 2004) ganó el Oscar 2005 por encima de El Aviador (Scorsese, 2004), la grandilocuente biopic de Howard Hughes. No hay razón para la queja: aunque en lo personal me parece que la mejor cinta entre el quinteto de las nominadas era Entre Copas (Payne, 2004), Golpes del Destino es, con mucho, un filme mucho más satisfactorio que la película scorsesiana.
Y es que Eastwood ha alcanzado un nivel de depuración artística que no tiene parangón entre los cineastas del Hollywood contemporáneo: siempre trabajando en el centro de los géneros más populares (el western, el thriller, el cine de acción, el melodrama, la biopic), siempre jugando en el terreno de uno de las más poderosas casas productoras (la Warner), siempre usando rostros conocidos y respetados (Freeman, Hackman, Costner, Streep, Penn, Robbins, él mismo…), siempre echando mano de un estilo narrativo limpio, clásico, deudor de los grandes maestros autores/artesanos (Ford, Hawks, Huston, Siegel, Aldrich et al) que ni teorizaban, ni presumían, ni le echaban mucha crema a sus tacos: sólo hacían cine.
Filmada en poco más de un mes, he aquí la sentimental opus 25 dirigida por Eastwood, la historia de una luchona treinta-añera “white-trash”, Maggie Fitzgerald (la oscareada Hillary Swank), que encuentra la vereda del éxito en el boxeo femenino, entrenada por el seco Frankie Dunn (Clint himself), el hosco dueño de un gimnasio de mala muerte. Dunn es un buen entrenador, pero demasiado precavido: tiene miedo de llevar demasiado lejos a sus pupilos, tiene miedo del posible fracaso, tiene miedo de entablar una relación que vaya más allá del ring… Por eso, cuando Maggie llega al gimnasio de Frank para pedirle que la entrene, ya sabemos lo que va a seguir: la negativa del reservado lector de Yeats, la terquedad de la optimista-a-toda-prueba Maggie, la ayuda del sabio afanador negro Scrap (el otro oscareado Morgan Freeman), la refunfuñante aceptación de Dunn para entrenar a Maggie, el meteórico ascenso a la fama por parte de la ilusionada muchacha…
Durante las dos terceras partes de la cinta, Golpes del Destino –que gacho título en español, la verdad—es muy similar a los melodramas boxísticos del Hollywood de ayer (Ciudad Dorada/Huston, 1972) o anteayer (La Caída de un Ídolo/Robson, 1956), sea en la crónica de la corrupción del medio, sea en el retrato de la inevitable violencia del box, sea en su protagonista inocente que a base de esfuerzo (y de dientes rotos, riñones vapuleados, nariz desviada…) va escalando peldaño tras peldaño… hasta llegar al combate final, decisivo.
En la última parte de la película la historia cambia de piel. Lo que parecía un espléndido melodrama deportivo, bien dirigido, mejor actuado pero, al final de cuentas, bastante convencional, se transforma en una honda meditación sobre la muerte, la vida, y el sentido de ambas. De improviso, los personajes –Frank, Maggie, Scrap y hasta un semiretardado aprendiz de boxeador encarnado por Jay Baruchel—se muestran no como un grupo de previsibles clichés dramáticos, sino como perfectos medios para que Eastwood, el cineasta, dialogue con nosotros acerca de la muerte, la vejez, el amor y lo que significa estar vivo: tener algo en qué soñar, sea el triunfo, sea la lucha, sea el encontrar un perfecto pay de limón.