sábado, 28 de febrero de 2015

FICUNAM 2015: La Habitación Azul/III




Si uno revisa la Internet Movie Database, el nombre de Georges Simenon (1903-1989) aparece 187 veces como autor de novelas, cuentos o piezas teatrales adaptadas al cine. Pero como Simenon escribió "solo" 192 novelas y unas treinta de obras de teatro -además de innumerables cuentos-, es posible asegurar que el cine no ha terminado aún con el creador del Inspector Maigret.
Y para muestra el botón del cuarto largometraje dirigido por el actor Mathieu Almaric, La Habitación Azul (La Chambre Bleue, Francia, 2014), basado en la novela homónima publicada en 1964, insólita y meritoriamente adaptada en el cine mexicano en la década pasada (La Habitación Azul/Dohener/2002). Siguiendo con fidelidad la estructura de la novela e incluso algunas líneas claves ("La vida es muy diferente cuando la vives que cuando la recuerdas"), he aquí los interrogatorios que, en el presente, un par de policías, un juez de instrucción (Laurent Poitrenaux) y hasta un psicólogo (Blutch) le asestan a Julien Gahyde (Almaric), acusado de algo muy grave que intuimos, pero que no estamos seguros que hizo.
De cualquier manera, queda claro desde el inicio que el carismático chaparrín clasemediero Julien, casado con la rubia ama de casa Delphine (Léa Drucker), sí es culpable por lo menos de adulterio: tuvo ocho encuentros sexuales a lo largo de 11 meses con la guapa, grandota y aristocrática Esther (Stéphanie Cleau), casada con el enfermizo dueño de la farmacia del pueblo.
La edición de Francois Gédigier nos mantiene constantemente desubicados, moviéndonos entre ese pasado frenético, sudoroso, sensual, animalesco -Esther marca a Julien mordiéndolo en el labio en varias ocasiones- y este presente grisáceo en el que Julien está acorralado tanto por el formato académico de la puesta en imágenes -claustrofóbica cámara de Christophe Beaucarne- como por los recuerdos de sus pecados y ¿de su crimen?
Almaric dirige con pericia a sus actores -y a sí mismo, por supuesto- en una fascinante historia, fragmentada de principio a fin -tanto por los encuadres cerrados de los cuerpos enlazados en la habitación azul del título, como por el experto montaje de Gédigier que logra fusionar el pasado con el presente, que sugiere conexiones fatales entre una gota de sangre y una de mermelada- y que desemboca en un final abrupto, de guillotina, en la que la verdad apenas se sugiere.
En un instante, en el último minuto del filme, Julien ha entendido todo lo que pasó -y nosotros con él. Pero ya es demasiado tarde. La pasión tiene un precio y Julien va a pagarlo.