viernes, 13 de febrero de 2015

Retrospectiva Mae West: Noche tras Noche



Mae West (1893-1980) no fue la primer gran comediante en Hollywood -ese lugar le pertenece a Mabel Normand, por supuesto-, pero sí fue la primera que usó de forma consciente su propia sexualidad como parte de su repertorio cómico: un elemento central de su personaje fílmico y de su figura pública. Su vulgaridad abierta, su gangosa voz barriobajera, su franqueza desternillante no tuvieron parangón en los pocos años en los que hizo cine: 13 películas en toda su carrera, 11 de ellas de 1932 a 1943. 
David Thomson ha escrito, con razón en "The New Biographical Dictionary of Film" (2009), que quienes afirmar que Marilyn Monroe tenía la habilidad de satirizar su propia sexualidad y autoparodiarse, no conocen a su más director antecedente, Miss West, quien debutó en el cine a la nada tiernita edad de 40 años en Noche tras Noche (Night after Night, EU, 1932), una modesta comedia gangsteril dirigida por el veteranísimo Archie Mayo (innumerables two-reelers en el cine silente, la muy teatral La Selva Petrificada/1936, la obra mayor La Legión Negra/1937 en el cine sonoro).
A decir verdad, el personaje de Mae West sobra en la historia: aparece hasta el minuto 37 -de los 73 que dura el filme- y no tiene ningún papel realmente importante en la cinta. Aún así, en el momento en el que aparece, soltando one-liners a diestra y siniestra (Cuando alguien exclama "¡Dios mío!" al ver su enorme collar de perlas, ella contesta: "Querida, Dios no tuvo nada que ver con esto"), contoneando su robusta figura, pidiendo a gritos una silla o levantando su copa de vino, es imposible dejar de verla. George Raft, quien la había recomendado a la Paramount para ese papel, comentó luego que en cada escena en la que él aparecía con ella, West se había robado todo, "menos las cámaras". 
La desfachatez arrabalera de West -moldeada en los muchos años en los que trabajo en el teatro y en el music hall americano- encajó a la perfección en esos años 30 hollywoodenses, antes de que se extendiera el castrante Código Hays, además de que su genuina inteligencia como escritora cómica se impuso desde el principio a sus guionistas y directores, pues ella era la autora de sus propia líneas, algunas dignas del mejor Woody Allen ("-¿Crees en el amor a primera vista? "-No, pero sí ahorra mucho tiempo").
La historia de Noche tras Noche está contagiada de una inmoral admiración al gangster americano, "el pirata de nuestros días", como dice un personaje en el filme. Joe Anton (Raft en su primer papel protagónico después de haber aparecido en un papel secundario en Caracortada: Vergüenza de una Nación/Hawks/1932) es un exboxeador "de tercera" que, gracias a la Ley Seca, terminó convertido en el dueño de un elegante speakeasy -o sea: antro (dizque) clandestino- en Manhattan, en el que tocan, por cierto, una buena versión de "Everyone Says I Love You". 
El asunto es que a Joe no le llena tener tanto dinero ni tanto poder: él quiere ser alguien más, alguien importante, el nuevo Andrew Carnegie, por ejemplo. Así pues, toma clases de dicción y cultura con la estirada maestra Jellyman (Alison Skipworth) y sueña con vender su tugurio para tener otro tipo de vida. Esa puerta a lo desconocido se abre cuando todas las noches empieza a ver a una elegante dama (bellísima Constance Cummings) que, noche tras noche, asiste a su speakeasy, se sienta solitaria en una mesa y se toma un trago sin platicar con nadie más. El interés de Joe por esa muchacha provoca la preocupación de su chalán de confianza (Roscoe Karn), los violentos celos de la exnovia Iris (Wynne Gibson) y el encogimiento de hombros de otra novia, la pragmática Maudie (Mae West).
Mayo dirige funcionalmente, con algún momento de súbita elegancia formal (el momento en el que Raft y Karn, en foreground, ven a Cummings y Gibson discutir en background, y cómo la cámara de Ernest Haller -futuro ganador del Oscar por Lo que el Viento se Llevó/Fleming et al/1940)- ajusta el foco para dirigir nuestra vista de un espacio a otro del encuadre), mientras el montaje no acreditado oficialmente -¿del propio Mayo?- nos entrega la edición de secuencias notables como esa de la juerga nocturna que nos muestra a dos mujeres intercambiando un cigarrillo (¿de qué?) mientras cruzan miradas de complicidad ¿lésbica? Ah, que tiempos señor Don Simón: esos rugiientes años del Hollwyood antes del Código Hays.
El apresurado desenlace es también inmoral at-his-best: el mafioso Raft -que ya vimos que por muy pretensiones culteranas que tenga, es capaz de tomar un arma y echar harta bala-, goza de un ¿merecido? happy-end en lugar del castigo que luego se volvería obligatorio para este tipo de personajes, mientras la estirada profesora Jellyman ha decidido dejar de plano la cátedra para ser la socia y amiga del alma de Mae West. Pero, ¿quién no lo haría?

Noche tras Noche se exhibe hoy viernes 13 en la Cineteca Nacional a las 19 horas.