martes, 31 de marzo de 2015

58 Muestra Internacional de Cine/I



La gran sorpresa de la 58va. Muestra Internacional de Cine ha sido El Niño y el Mundo (O Menino e o Mundo, Brasil, 2013), segundo largometraje animado del cineasta paulista Alê Abreu (opera prima también animada Garoto Cósmico/2007, no vista por mí).
Con una imaginativa animación que pasa del sencillo dibujo bi-dimensional a los crayones, de las acuarelas al collage, Abreu y su equipo de trabajo plantean una historia aparentemente muy simple que, hacia el final, nos muestra aristas mucho más complejas. 
El guión, escrito por el propio Abreu, nos ubica desde el inicio en el mundo visto y experimentado por un inquieto niño campirano que, en un malhadado día, ve partir a su papá. El hombre, que se ha ido en busca de trabajo, le deja a su hijo como única herencia el recuerdo de unos acordes musicales que vemos en forma de pequeñas nubes de colores y que el chamaco atrapa en un bote. Como nuestro infantil héroe no puede ni quiere olvidar a su padre, va en busca de él, primero en una plantación de algodón, donde es recogido por un anciano solitario que tiene como única compañía un perrito ladrador y, después, en una fábrica textil de la gran ciudad -¿Sao Paulo, Río?- en donde se encuentra con un obrero semiesclavizado que (sobre)vive en alguna favela.
El discurso político del filme de Abre no es muy sutil que digamos: el capataz de la planta de algodón es una suerte de cowboy que juzga a sus trabajadores colocándolos en fila, cual prisioneros en campo de concentración; los dueños de la fábrica textil son unos siniestros tipos que saludan como nazis y su compañía transnacional tiene como símbolo la águila nacionalsocialista; los noticieros televisivos idiotizan a la población con el último resultado del fútbol mientras cierran los ojos -y las cámaras- a las injusticias que suceden en las calles; los recursos naturales se explotan y se agotan -aquí Abreu renuncia a la animación para mostrar escenas documentales del desastre ecológico brasileño- a ritmo demencial...
Sin embargo, si la propuesta política de franca denuncia es tan directa que asemeja discurso de mitin, la forma nunca deja de ser fascinante. Además de los cambios y mezclas en las técnicas de animación que ya mencioné antes, Abreu y su equipo de dibujantes y sonidistas logran dar a cada escenario -el idílico campo, la planta de algodón, la fábrica, la gran ciudad- una personalidad propia y distintiva. Así, por ejemplo, pasamos del campo dibujado en líneas limpias, con las voces de los animales y el sonido del viento, a la caótica ciudad, llena de colores, imágenes, ruidos y cláxones; y, en el medio, la visión todoabarcadora, en top-shot y a la Busby Berkeley, del trabajo manual en la planta de algodón y, después, los sonidos mecanizados de la enorme fábrica textil. Sin diálogos de ninguna especie -los personajes hablan en un lenguaje que parece vagamente portugués-, Abreu construye su obvio pero irrefutable discurso político y su fascinante discurso formal a través de la fuerza de las puras imágenes, bien acompañadas por un impecable diseño sonoro y la música de Ruben Feffer y Gustavo Kurlat.
Al inicio de esta crítica apuntaba que El Niño y el Mundo adquiría, hacia el final, una complejidad inesperada. Agregaré esto: el segundo largometraje de Abreu es del tipo de filmes que cambian de piel en sus últimos minutos. El golpe maestro lo da, curiosamente, no el Abreu animador sino el Abreu guionista, pues en esos minutos finales nos damos cuenta que hemos estado viendo otra película muy diferente. Una cinta cuyo discurso político podrá ser todo lo obvio que se quiera pero que, gracias a ese giro argumental que no apuntaré aquí, resulta ser también doloroso. Y es que así se puede ir una vida entera: recordando el único momento de felicidad posible,compartiendo unas sencillas notas musicales. 

1 comentario:

Miguel Ravelo dijo...

Gran película, devastadora. Junto a Hagen y yo, mis favoritas de la muestra hasta el momento.