miércoles, 4 de marzo de 2015

FICUNAM 2015: Ahora México/VI



El martes asistí a la Cátedra Bergman y a su "Foro de la Crítica Permanente", que se lleva a cabo de manera paralela al FICUNAM. Moderada por el programador Roger Koza, la mesa llevó por título "Política y crítica cinematográfica" y participó la crítica alemana Christina Nord y su veterano colega americano David Walsh. Este último, militante trotskysta de toda la vida, lanzó una apasionada y apasionante diatriba en contra del slow-cinema ("Una toma fija de 20 minuto no provoca en mí nada... a no ser escaparme hacia el bar más cercano") y del cine jodidista/miserabilista que, en lugar de condenar lo que retrata, termina resultando un mero recurso de desmovilización y desesperanza. Walsh, levantando su bien modulada voz, fustigó las "tonterías" de Foucault y Derrida, recordó a Goethe ("Antes de hacer tienes que ser") y le pidió a los jóvenes cineastas que antes de agarrar una cámara, aunque sea porfavorcito, vivan un poco.
Lanzarse contra el slow-cinema y el jodidismo en un festival de cine -en el FICUNAM, pero también en cualquier otro festival a los que he asistido, en México o el extranjero- es mencionar la soga en la casa del ahorcado. Y para muestra, basta el botón de otras dos cintas de la sección "Ahora México" que tuve oportunidad de ver. Espero que Mr. Walsh no las haya visto. Y si las vio, pues qué pena con las visitas.
De hecho, El Campos de los Posibles (México-Canadá, 2014), dirigida por Matías Meyer (El Último de los Cristerios/2011) presume una toma fija no de 20 minutos pero sí de 10. Se trata de un ejercicio fotográfico-digital que, en un loop interminable, bien podría formar parte de una instalación en cualquier museo de arte moderno. 
Estamos ante una toma fija en la que, a través de una suerte de imperceptible time-lapse solo que a velocidad normal, vemos pasar el tiempo en un escenario de alguna ciudad de Canadá. Hay un parque, un edificio grande a la derecha, una calle en la que se atisban automóviles a la izquierda. Hay un chamaco que se pasea en bicicleta, el viento mueve la hierba, hay gente que pasa caminando por una senda, de repente todo el lugar se llena de nieve, hay gente que vuelve a caminar, se ven carros en el fondo del encuadre... Los cambios  en el escenario y el movimiento de las personas son, por cierto, normales, un efecto curioso que, de todas formas, ya habíamos visto en Un Lugar Llamado Notting Hill (Michell, 1999), aunque en una toma con cámara en movimiento y no fija -es que la comedia romántica con Julia Roberts y Hugh Grant no era de arte, but of course.
Mucho peor, en todo caso, es Los Silencios (México, 2013), constipado cortometraje contemplativo de 22 minutos de Gastón Andrade. Sin diálogos de ninguna especie, vemos a un niño y a un viejo despertarse. La cámara de Arian Sánchez Coviza se queda muy cerca del rostro y el cuerpo de ellos. Los vemos desperazarse y desayunar; luego los vemos trabajar, remover lodo, arriar vacas... El chamaco se para en un hormiguero nomás porque sí (y por Buñuel y por todos sus amigos), luego juega en el campo y, hacia el final, se topa con varios cuerpos tirados entre la maleza. Uno de ellos, con evidentes signos de tortura, trata de levantarse: el hombre parece intentar volver a nacer. No puede: se desmaya, se muere o acaso nomás se colapsa de aburrimiento. El filme termina con una toma en primer plano del viejo dentro de la choza. 
He visto 12 de las 16 cintas de "Ahora México" y a excepción de Me Quedo Contigo (Narro, 2015), esa notable provocación hembrista/revanchista de la que prometo escribir antes de que termine el festival, no hay mucho qué alabar sobre la sección competitiva mexicana. Caso muy distinto en el resto de las secciones, por lo menos de lo poco que he podido ver.
Es cierto que en todos los festivales nacionales -e incluyo aquí a los dos grandes, Guadalajara y Morelia-, la selección mexicana tiende a ser la más floja. Puede haber años excepcionales -Morelia en el 2013, por ejemplo- pero, en general, cuando va a un festival de cine nacional uno sabe que se va a topar con mucho cine fallido y unas dos o tres películas mexicanas realmente satisfactorias. Esto es lo normal. Sin embargo, por lo menos hasta el momento, este año el FICUNAM no ha cumplido con esa cuota lo que me lleva a pensar en la razones. Van dos hipótesis: 1) hay un problema serio en el proceso de selección/programación, o 2) simplemente Somos lo que Hay (Grau, 2010) y esto fue lo menos peor que se pudo conseguir.
De cualquier forma, mutatis mutandi, esta selección me recordó -no por sus temáticas pero sí por la calidad- aquel annus horribilis de Guadalajara cuando ganó mejor película El Mariachi Gringo (Gustafson, 2012). Esperemos que el jurado del FICUNAM 2015 nomás no salga con un mariachazo. Desde esta esquina, me parece muy claro qué película debería ganar -a menos que entre los cuatro filmes nacionales que no he visto, haya una obra mayor escondida. Si es así, por aquí les aviso. 

5 comentarios:

Christian dijo...

¿Y a qué se deberá que el cine nacional sea "tan así", es decir, tan adepto al slow cinema, tan adepto al míserabilismo, al azote diría yo?

¿Será algo intrínseco a nuestra raza, nuestro pueblo? Digo, no por nada, todas las malditas canciones de mariachis hablan de mujeres pérfidas y desamores y azotes del tipo.

O será que los incipientes y no tan incipientes cineastas mexicanos se han dado cuenta que esa vertiente del cine gusta en Europa y algunos festivales y por ello han decidido seguirle por ahí?

Digo, el tema es interesante...

Ahora otra cosa, se pueden contar historias exitosas y comerciales de violencia, narcotrafico, muertos, torturas y miserabilismo de ese tipo, sin necesidad de recurrir a la toma fija (y pretenciosa agregaría yo) de 20 minutos no? Ahí tenemos de ejemplo Tropa de Elite no?

Miguel Ravelo dijo...

Ah, esta entrada me recordó a los insoportables 80 minutos que me aventé en Morelia 2014 cuando vi Los ausentes. Qué horror. Nada más de acordarme de esa toma inicial ETERNA con la vaca pastando dan ganas de llorar. Pero aguanté y la vi completa, no fuera a aparecer algo brillante por ahí.

Ernesto Diezmartínez dijo...

Christian: Quiobo, quiobo, tampoco le eches la culpa a José Alfredo. La explicación, columbro, es más simple: si hay un ciclo de cintas que son exitosas en el ámbito festivalero, se van a seguir haciendo. Es un círculo perfecto.

Miguel: Y, bueno, Los Ausentes no fue lo peor que vi en el FICUNAM. Ni de lejos.

Santiago Bonilla dijo...

Hola, Ernesto. No estoy muy de acuerdo contigo. Creo que sobre todo porque no esclareces el lugar desde el que hablas. No creo, por ejemplo, que la duración de un plano defina la rapidez o la lentitud de una película; es como definir a un cuento por el número de páginas que tenga. Hay que recordar, por otro lado, que una narración adjetivada como lenta por lo general es una narración volcada a la categoría del espacio. Me pregunto también si lo que te molesta de "El campo de los posibles" es que no tenga personajes. Uno de estos franceses de los que hablas dice que lo que está muerto en nuestros días no es lo novelesco sino el personaje. Me parece que a esa afrenta es a la que nos estamos enfrentando como público. Además: compararla con "Notting Hill" es ignorar la estructura que compone Matías Meyer, una en donde una historia de amor no signifique (dé perspectiva, contextualice) el paso del tiempo. Hay obras cuya duración forma parte de ellas: se me ocurre, sin pensar demasiado, en William Basinski. No entiendo si decir que podría pertenecer a un museo de arte moderno es elogiarla o vituperarla; pero en todo caso me parece un paralelo de un alcance muy limitado. De "Los silencios" no mencionas la evolución plástica de los planos, los encuadres paralelos entre el niño y el viejo, la recurrencia de quitarle la naturaleza antropomórfica a los cuerpos humanos; mencionas -en cambio- el "porque sí" de las hormigas y yo me pregunto si lo que estás buscando en esa imagen es una mera causalidad de índole dramática, la cual la película claramente no está interesada en explorar. ¿"Historias exitosas y comerciales de violencia, narcotráfico, muertos, torturas y miserabilismo"? Dice Christian en un comentario, y menciona una película bastante nazi: "Tropa de Élite". Caray, no sé con qué cuchara se está midiendo el cine ni sé a qué se refiere el jodidismo. No sólo eso: me parece poco pertinente medir el cine nacional bajo esos parámetros. A mí también me encantaría olvidarme de los problemas que plantearon Foucault y Derrida pero no es una tarea fácil. Una cosa me queda clara: hace falta más que una frase para tirar por la borda todo lo que ellos dijeron.

Saludos.
Santiago

Ernesto Diezmartínez dijo...

Hola, Santigo:
Antes que nada, una disculpa. Como verás, estuve viendo cine y escribiendo sin descanso durante diez días, desde el FICUNAM hasta Guadalajara y no había tenido tiempo de sentarme a escribir la respuesta que merecen tus comentarios. Vamos por partes:
Primero, el término slow-movie no necesariamente es peyorativo. Lo acuñó Nick Jones en un editorial de Sight and Sound hace unos años. Y si lees con cuidado, yo no adjetivo lentitud como algo malo -si es que podemos hablar de "lentitud" en el cine, como bien apuntas. De hecho, en este blog encontrarás textos elogiosos de cintas mexicanas que podrían calificarse como "slow-movies" o "cine festivalero" o "art-movies", como también los ha llamado David Bordwell. Un Mundo Maravillo o el cine de Eimbcke, por dar un par de ejemplos, calificaría con esa etiqueta.
Ahora bien, no es peyorativo tampoco afirmar que una película como la de Meyer pertenece a una instalación, en un museo, más que a una sala de cine. Si mal no recuerdo, este corto pertenece a la Darkness Collection, de Oskar Alegría, que hasta donde entiendo, dura varias horas y que será exhibida precisamente en museos. O sea, no es peyorativo: es un hecho. Es un filme realizado como una pieza museográfica.
En cuanto al cine jodidista... Ayala escribió de este tema largo y tendido en los años 70 en La Búsqueda (¿ o fue en La Condición?) del cine mexicano y el propio crítico americano David Walsh -invitado a la Cátedra Bergman- apuntó algunas ideas con otras palabras.
Te doy, en general, mi idea del término. El jodidismo -o el miserabilismo, pues- es la explotación morbosa de la miseria y los miserables. En este tipo de cine no hay salida alguna para ellos en un círculo interminable de degradación. No hay esperanza pero tampoco hay crítica. Tampoco, por cierto, hay humor. No hay pizca de complejidad ni de humanidad en los personajes y en lo que les sucede. No es la mirada de Buñuel, no es la visión de Scola, no es el humor de Kurosawa, no es la humanidad de Kobayashi: es el regodeo en lo miserable, en los sucio, en lo degradado. Ni estética ni éticamente encuentro valioso este acercamiento al cine.
Pero, igual, nunca he creído tener la última palabra de nada. En todo caso, la primera, y nada más para dialogar, como en este caso. Creo que el tema da para algún texto más extenso, más allá de este comentario. En una de esas, me siento y lo escribo. Te mando un saludo afectuoso.