lunes, 9 de marzo de 2015

Guadalajara 2015/III



Dos cintas argentinas en la competencia iberoamericana de ficción, las dos abrevan de fórmulas bien conocidas, pero los resultados son disímbolos, encontrados incluso y como sigue. 
Choele (Argentina, 2014), segundo largometraje de Juan Sasiaín, es un melodrama de crecimiento juvenil que, a pesar de ciertos atractivos -el competente reparto y la belleza de la joven actriz bonaerense Guadalupe Docampo- nunca rebasa la anécdota ya muy vista. 
Coco (Lautaro Murray) está entrando en la adolescencia. El chamaco llega al pueblo patagónico del título a pasar unos días de verano con su papá (Leonardo Sbaraglia), con la esperanza que él y su mamá, que viven separados, se reconcilien. Sin embargo, se encuentra con la novedad que con su "viejo" vive una joven cocinera (la señorita Docampo) que, por supuesto, es en realidad la novia de su padre. En el trascurso de esos calurosos días, jugando con algún amigo, acosado por una vecinita que quiere que él sea su novio, Coco tendrá un montón de primeras veces: se enamorará por primera vez, tendrá su primera decepción amorosa, sufrirá su primera cruda y entenderá, por vez primera, lo que significa crecer... El asunto es que uno, como espectador, no es la primera vez que se topa con una historia similar. Una película mona, cierto, pero intrascendente.
La segunda cinta argentina es bastante mejor, aunque la fórmula de la que parte sea tan manida. Se trata de El Patrón: Radiografía de un Crimen (Argentina, 2014), primer largometraje del ficción del documentalista Sebastián Schindel. El título nos remite a la obra mayor de Otto Preminger, Anatomía de un Asesinato (1959) y, en efecto, hay algo de ella en esta suerte de thriller social, procedimental y de juzgado. 
El joven y ascendente abogado Di Giovanni (Guillermo Pfenning) presiona a Nora (Andrea Garrote), la secretaria de un juzgado de instrucción, para que le dé preferencia a un caso de extradición que él está llevando. La mujer accede con una condición: que tome la defensa, pro bono, de un pobre diablo acusado del asesinato de su patrón. El caso es muy claro: el tipo es culpable de haber apuñalado a su víctima, él mismo ha pedido la pena de muerte para sí -aunque no existe en Argentina- y el abogado de oficio ha renunciado de plano a defenderlo. El asunto no es, por supuesto, de culpabilidad sino, como se dice en un diálogo clave, de responsabilidad. ¿Qué llevó a ese dócil empleado a cometer, en 15 segundos, un acto violento de esa naturaleza?
El director Schindel y su co-editor Andrés Ciambotti alternan, corte directo de por medio, los acontecimientos pasados que llevaron a Hermógenes (el galán televisivo Joaquín Furriel, irreconocible) a matar a su patrón Latuada (Luis Ziembrowski), con el tiempo presente, en el que Di Giovanni trata de saber las razones que hay detrás de ese crimen. Lo que encuentra es el retrato de una situación de esclavitud informal: un analfabeta provinciano con esposa en ristre (Mónica Lairana) que cae en las redes de un atrabiliario dueño de una cadena de carnicerías. El tipo es un gangster: vende carne podrida, explota a quien se deje, gritonea a la primera provocación y tiene como mano derecha a un brillante carnicero inescrupuloso (el ubicuo Germán de Silva, robándose cada escena).
Lenta e implacablemente, vemos cómo Latuada le va arrebatando a Hermógenes la poca dignidad que posee: le cambia el nombre por Santiago, toma a su esposa como criada sin sueldo alguno, lo humilla delante de la clientela, lo empuja a cometer trácala tras trácala sin descanso, hasta que el pobre diablo, silencioso y pasivo, no puede más. Aunque sabemos desde el inicio del asesinato del patrón, cuando la escena sucede, Schindel y sus actores logran estremecernos de manera genuina: hay algo de inevitable en ese súbito, demencial, acto de violencia.
El guión, escrito por el propio cineasta y basado en un hecho real, parece desbarrancarse en ciertos momentos, en la medida que vemos cómo el cínico abogado Di Giovanni se convierte en el esforzado salvador de Hermógenes. Sin embargo, Schindel no deja que eso suceda del todo: en el epílogo de un final aparentemente feliz, queda claro que Hermógenes tuvo suerte en toparse con una secretaria de juzgado con conciencia y con un abogado más que competente. Pero las condiciones que lo llevaron a la cárcel ahí siguen: al final de cuentas, para la gente como Hermógenes, en Argentina, en México, en muchos otros países del mundo, la libertad no existe. A lo más que pueden aspirar es a tener un patrón decente o, por lo menos, no tan abusivo.