jueves, 12 de marzo de 2015

Guadalajara 2015/VI



Dos documentales mexicanos sobre el tema de la familia y la memoria, dos cineastas mujeres debutantes con orígenes o lazos nacionales, dos filmes personalísimos que trascienden el mero exorcismo azotado.
Juanicas (México-Canadá, 2014), primer largometraje de Karina García Casanova, inicia con la revisión de una cajas que contienen los objetos de Juan -el "Juanicas" del título-, hermano mayor de la cineasta. La madre de ambos, de la directora y de Juan, es la alegre y rechoncha Victoria. No sabemos bien a bien qué ha pasado con Juan -¿murió?, ¿se fue?-, así que letrero de por medio, viajamos ocho años atrás, cuando el citado Juan llegó a Montreal a vivir con su mamá y su hermana. Karina, desde entonces, toma su cámara -estaba haciendo un ejercicio para su escuela, supongo de cine- y filma el re-encuentro con el hermano a lo largo de varias semanas. Al principio, todo parece ir perfecto -el inquieto Juan comparte sus "sueños guajiros" frente a la cámara- pero poco a poco, a través del regreso al pasado remoto mediante fotos y películas caseras y a través del retorno al presente, con madre e hija revisando las cajas y platicando, nos damos cuenta que la familia García Casanova ha vivido un infierno durante muchos años.
La madre, diagnosticada como maníaco-depresiva y bipolar, parece una mujer alegre, articulada, hechona, pero los testimonios del pasado nos entregan un retrato muy diferente. Su discapacidad mental le ha sido heredada a Juan, quien desde adolescente, le hizo la vida imposible a la madre y a la hermana. Ese retorno a Montreal, señalado por letreros en los que se nos indica las constantes recaídas de Juan -seis meses encerrado sin salir de su cuarto, tres años sin salir de la casa, ataques constantes a la madre, intentos de suicidio, detención en la cárcel para llevarlo a juicio- forman el centro de un duro documental sobre la depresión y la bipolaridad y de qué manera se puede sobrevivir -o no- a ella. Porque si vemos a Victoria salir adelante, siempre contenta, siempre cantando, ¿no podrán los demás hacer lo mismo? 
Hacia el final, la propia cineasta, en off, menciona que en estos casos hay que separar la enfermedad del enfermo. Es decir, hay que odiar a la enfermedad, y no a la persona. Por supuesto, es lo recomendable, es lo justo, es lo humano. Pero, ¿qué pasa cuando la enfermedad es indistinguible de la persona, de los recuerdos infantiles, de la vida misma?
Otro viaje al pasado familiar es El Tiempo Suspendido (México, 2015), opera prima documental de la argentina emigrada a México Natalia Bruchstein. La egresada del CCC, que vive en nuestro país desde 1976, se acerca también al pasado familiar a través del presente. 
Su abuela, Laura Bonaparte, de bien cumplidos 86 años, es una mujer alta que, de joven, uno sospecha, fue muy atractiva. Y, en efecto, en cuanto empiezan a aparecer las fotos familiares, uno lo constata. Laura, ahora, está en un asilo porque la memoria se le está yendo: no reconoce, a veces, ni a sus propios hijos vistos en las fotos. No sabe cuáles son sus nietos ni bisnietos y pregunta lo mismo una y otra vez.
La paradoja asoma de inmediato: Laura perdió a sus tres hijos, desaparecidos por la dictadura argentina -también a su marido, de quien ya estaba separado cuando ella vivía en México- y fue una de las fundadoras de las Madres de la Plaza de Mayo. Es decir, esta brava mujer, que luchó para que nadie olvidara la muerte de sus hijos y de los miles de desaparecidos, ahora lucha para recordar quién es ella. Y como la propia anciana lo dice en algún momento, sin memoria no hay identidad posible. Y ella la está perdiendo.
La nieta Bruchstein cuenta la historia de su abuela sin chantajes de ninguna especie: lo evita la propia personalidad de Laura, con sus arranques de lucidez, con su coquetería innata (se niega a recordar "el amor de su vida", que no fue su marido) y su dignidad inapelable. Al final, este documental no trata tanto de hacerle recordar su pasado a la abuela, sino de no olvidarla a ella ni a lo que queda de su memoria. 
Aunque Laura lo tiene muy claro: al morir ella, morirán también, de alguna forma, sus tres hijos desaparecidos. Ya no habrá quién los recuerde como ella lo hace. El Tiempo Suspendido es el (¿fatuo?) intento de la nieta para que esto no suceda. No por completo.