martes, 17 de marzo de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXVIII y CCLXXIX



Más, bien los dos pasados fines de semana, pues entre la programación del FICUNAM y Guadalajara, no había tenido oportunidad de revisar la cartelera comercial/cultural, como sigue:

No Confíes en Nadie (Before I Go to Sleep, EU-GB-Francia-Suecia, 2014), de Rowan Joffe. Un rutinario churro, entre el thriller y el melodrama femenino, que se redime, en parte, por las presencias de Colin Firth y Mark Strong. Nicole Kidman, por cierto, es la amnésica heroína. Yo quisiera olvidar que la vi. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes 6 de marzo. 

El Último Elvis (Argentina, 2012), de Armano Bo. Después de haberse exhibido hace un año en la 56 Muestra, vuelve la opera prima del recién oscareado Armando Bo a la Cineteca y su circuito cultural. Escribí de ella por acá.

Sangre de Mi Sangre (Musarañas, España, 2014), de Juanfer Andrés y Esteban Roel. La opera prima a cuatro manos del español Andrés y el mexicano Roel -producida por Alex de la Iglesia, nada menos- es un desbordado thriller ubicado en la España franquista de los años 50. 
Montse (Macarena Gómez, desatada) es una modista agorafóbica que no osa poner un pie fuera de su espacioso departamento. Su hermana menor a la que llama "niña" (Nadia de Santiago) acaba de cumplir 18 años y, por supuesto, ya no es una "niña". El padre de ambas desapareció hace 14 años, cuando estalló la Guerra Civil y Montse ha sido no la segunda madre de su hermanita sino la única, pues la verdadera mamá murió en el parto de la susodicha "niña". El enfermizo equilibrio entre las dos hermanas -Montse castiga a varazos a su hermana cuando la ve platicar desde la ventana con un muchacho- se rompe en definitiva cuando a la puerta de su departamento cae, literalmente, Carlos (Hugo Silva), el atractivo vecino del piso de arriba. El hombre, lastimado y con la pierna rota, es acogido por la emocionada Montse y provoca la curiosidad de la hermanita menor.
Sangre de Mi Sangre no intenta ocultar ninguna de sus muchas deudas -la música de los créditos a lo Bernard Herrmann de De entre los Muertos (Hichcock, 1958), una hijita de papá (Luis Tosar) encerrada en su propio espacio a la manera del Norman Bates de Psicosis (Hitchcock, 1960), un masculino objeto del deseo tendido en la cama (cf. El Engaño/Siegel/1971) y otros más-, pero que, a pesar de (¿o gracias a?) estas derivaciones bien asumidas, logra sostener el interés de principio a fin, con una fluida puesta en imágenes -cámara de Ángel Amorós- y una enérgica ejecución que no teme cambiar de tono a la brava -puede pasar del melodrama negro a la comedia esperpéntica en la misma escena- ni se arredra ante la violencia gráfica o el gore más desaforado. 
Es cierto que la cinta se sale de madre de vez en vez. ¿Influencia del productor Alex de la Iglesia o falta de disciplina del par de cineastas debutantes? No importa: de todas maneras, estamos ante un debut más que meritorio.

Ojos Grandes (Big Eyes, EU-Canadá, 2014), de Tim Burton. La más reciente cinta de Burton está fatalmente quebrada. Aunque la historia daría para un sublime woman's film -y, de hecho, en algún momento el filme coquetea con esta fórmula clásica-, la ejecución de Burton apunta en otra dirección. O, más bien, en varias direcciones, ninguna de ellas particularmente lograda.
El guión, escrito por Scott Alexander y Larry Karaszewski (autores del guión de la obra mayor burtoniana Ed Wood/1994), está basada en un caso real: a fines de los 50, Margaret Ulbrich (Amy Adams, muy justa) tomó de la mano a su hijita, abandonó a su marido y se fue a vivir a San Francisco con la única posesión de un puñado de cuadros pintados por ellas. Su única temática -por lo menos en ese momento- era los sucesivos retratos de niños y niños con los ojos grandes del título. Por esa época, Margaret se casó con el también (dizque) pintor Walter Keane (Christoph Waltz), de quien tomaría el apellido para firmar sus obras. Por una confusión que el propio Keane no se encarga de aclarar, la gente empieza a creer que él es el autor de los populares retratos infantiles con los chicos ojotes. La mentira va creciendo y cuando menos lo piensa, la inarticulada y aplastada Margaret se ha convertido en cómplice del engaño.
Contada así, la historia, insisto, grita por un tratamiento melodramático tradicional, especialmente cuando en la segunda parte del filme, Margaret lucha no solo por el reconocimiento de su talento, sino por su propia libertad como mujer. Sin embargo, Burton parece estar más interesado en otro tema, acaso más personal: la relación del artista y su obra con todo lo que le rodea. Es decir, el mercado, la crítica, el público.
Independientemente de lo que pensemos de su obra, queda claro que Margaret tiene un talento natural y no sabe -y no quiere y no puede- hace otra cosa más que pintar. De alguna manera, se trata de una prima hermana del risible pero conmovedor Ed Wood de la cinta homónima: su entusiasmo y dedicación no está en duda y de esto mismo -además de su condición de mujer de los 50, que pasó de hija a esposa a madre- se aprovecha su carismático marido transa para explotarla.
La cinta, cuya puesta en imágenes es previsiblemente impecable -brillante fotografía de Bruno Delbonnel, llamativo diseño de producción de Rick Heinrich-, termina deslizándose en el final hacia la farsa más desbocada, con un Christoph Waltz salido de madre. No sé, tal vez eso debió hacer Burton para dotar de coherencia a esta película disfrutable pero muy menor.

Un Encuentro (Un Rencontre, Francia, 2014), de Lisa Azuelos. Una muy disfrutable comedia romántica madurona entre un ligero Francois Cluzet y una despampanante -¡y a sus 48 años!- Sophie Marceau. La dinámica puesta en imágenes de la comediógrafa Azuelos ayuda a digerir mejor este buen palomazo de fin de semana. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes 13 de marzo.

El Mudo (Perú-Francia-México, 2013), de Daniel y Diego Vega. Vista en La Habana 2013, finalmente ha llegado este filme, el segundo largometraje de los hermanos Vega (Octubre, 2010), al circuito cultural de la Cineteca. Por desgracia, es de suponerse que no pase de ahí.
Constantino Zegarra “Zegarrita” (espléndido Fernando Bacilio) es un serio, aburrido e incorruptible juez que siempre impone las penas más severas posibles a sus acusados Cierto día, una bala perdida lo alcanza en el cuello, por lo que después de la operación, el juez se transforma en el mudo del título, pues apenas puede medio hablar a través del esófago. “Zegarrita” cree a pie juntillas que esa bala iba dirigida a él, por lo que decide investigar cuál de los 800 tipos que ha condenado es el culpable del susodicho atentado.
Estamos ante es una impasible comedia del absurdo latinoamericano -el de la justicia, el Estado de Derecho, la corrupción- a través de una controlada puesta en imágenes y jocosa capacidad de observación de parte de los hermanos Vega. 

Stella Candente (España-Italia, 2014), de Lluís Miñarro. Recién exhibida en el FICUNAM 2015, ha llegado a las salas de la Cineteca Nacional el tercer largometraje -primero de ficción- del productor y ocasional cineasta barcelonés Luis Miñarro.
Se trata de la irreverente crónica del efímero reinado de Amadeo I, elegido por el Parlamento para gobernar España en 1870. Harto de ese país ingobernable (¿"Qué se nos ha perdido en este país tan extraño?", le dice en algún momento su mujer), el aristócrata de origen italiano terminó abdicando al trono en 1873. 
Miñarro no está interesado en hacer un filme de época a la antigüita, lo que está muy bien. Abundan los anacronismos camp -la banda sonora con identificables canciones pop francesas es una delicia- y la fotografía de Jimmy Gimferrer -quien aparece en cameo como el cadáver del General Prim, bien conocido en la historia mexicana- es todo lo pictórica que uno podría esperar. Sin embargo, los interludios pansexuales/gays están de más -digo, ¿agrega algo ver a uno de los criadores cogerse un melón?, ¿qué tiene de especial el romance entre el asistente del rey y uno de los criados?- y Miñarro se engolosina en sus episodios de imaginería (dizque) surrealista. Como dijera la cada vez más admirada Luz Alba hace 70-80 años: "¡Tijeras, tijeras, tijeras!".