viernes, 10 de abril de 2015

58 Muestra Internacional de Cine/II



Sin hace demasiado ruido, Kelly Reichardt (Miami, Florida, 1964) ha ido creando una de las más importantes obras cinematográficas estadounidenses de finales-inicio de siglo. No he visto su opera prima River of Grass (1994) pero a partir de su segundo largometraje, la nunca estrenada en México Old Joy (2006), hasta la más reciente Radicales (Night Moves, EU, 2013), pasando por Wendy y Lucy (2008) y Meek's Cutoff (2010), Reichardt ha demostrado una gran consistencia, tanto en los temas elegidos, como en los personajes que pueblan sus filmes y en la estrategia narrativa que sigue.
Las criaturas dramáticas de Reichardt suelen ser excéntricos, en el sentido primigenio del término, es decir, no acostumbran estar ni ser el centro de atención: son rebeldes que han perdido sus sueños (los amigos de Old Joy), personajes solitarios y (auto)marginados (la joven protagonista de Wendy y Lucy), o alguien que está en la periferia pero que luego pasa a tomar decisiones importantes (la colonizadora del western femenino Meek's Cutoff).
Radicales está dividida en dos partes: en la primera, vemos a los radicales del título, a tres activistas ecológicos transformados en terroristas, planear la destrucción de una presa en algún lugar de Oregon. No sabemos gran cosa de ellos: Josh (Jesse Eisenberg) trabaja en una cooperativa que cultiva y vende productos orgánicos, su amiga Dena (Dakota Fanning) es la encargada de un spa, y Harmon (Peter Sarsgaard), que vive aislado en alguna cabaña, fue alguna vez marine y estuvo un tiempo en la cárcel. 
Nunca vemos a los personajes discutir sus razones ideológicas para hacer lo que hacen, más allá de algún comentario suelto por ahí; nunca los vemos platicar de ellos mismos -Dena viene de una familia de dinero, pero eso lo sabemos porque Josh y Harmon lo comentan-; no es claro que los tres pertenezcan a otra organización más grande o estén actuando solos, por sus pistolas o, mejor dicho, sus explosivos. La cámara de Christopher Blauvelt, el escamoteador montaje de la propia cineasta y el elíptico guión escrito por Reichardt y su colaborador de siempre, Jonathan Raymond, nos obligan a compartir la mirada de los personajes y su forma de ver el mundo. De hecho, no hay un sola escena de la cinta en la que no veamos a uno, dos o a los tres activistas/terroristas ecológicos. 
En la segunda parte de la cinta, la atención se centra en Josh, acosado por su paranoia después de que la acción salió bien pero mal -y no diré más que esto. Lo cierto es que en este segundo segmento, Josh tiene que replantear su relación con Dena y Harmon y decidir cuáles son sus siguientes pasos. Cierta escena inicial que parecía sin sentido -el encuentro de Josh y Dena con una cierva atropellada- nos dará la clave de lo que está dispuesto a hacer el joven activista.
Desde su filme anterior, Reichardt parece estar moviéndose hacia la exploración de los géneros cinematográficos clásicos: el western visto a través de la mirada femenina en Meek's Cutoff, el thriller setentero en Radicales. En estas dos películas, la cineasta ha podido imprimir su propia huella, sea por la puesta en imágenes en Meek's Cutoff que trata de reproducir la mirada femenina o, en Radicales, por el desafío de las expectativas genéricas -por ejemplo, el escamoteo flagrante de cierto momento crucial. Reichardt sabe, por cierto, manejar a la perfeccción los resortes del género: crea un genuino suspenso cuando los protagonistas están colocando la bomba en la presa y logra montar una escena dramáticamente impecable cuando Dena tiene que usar todo su carisma para hacerse de 500 libras de nitrato de amonio que el dueño de un negocio de fertilizantes no le quiere vender sin la documentación debida. 
Es claro, pues, que Reichardt sabe su negocio: dirige bien a todos sus actores, escribe historias que siempre son interesantes y es capaz de manejar con seguridad todos los mecanismos narrativos más tradicionales -la épica del western, lo ominoso del thriller- sin caer en lo obvio. Puede hacer un cine más elemental, pero quiere hacerlo. Acaso por eso, fuera de los circuitos culturales chilangos, su obra sigue siendo prácticamente desconocida en México.