lunes, 27 de abril de 2015

Riviera Maya 2015/IV



Joe Dante, invitado especial en el Riviera Maya 2015, ha presentado en función de gala -y en varias funciones para público- su más reciente cinta, el eficaz divertimento Enterrando a la Ex (Burying the Ex, EU, 2014), que no tiene más pretensiones que hacer pasar un buen rato a los fans del cine de horror en general y de los zombies en particular.
Max (Anton Yelchin, muy convincente) quiere cortar a su dominadora novia ecologista, activista y vegana Evelyn (Ashley Green), pero ella no entiende de razones. Después de todo, ha vuelto de la tumba por él: ¿qué mejor muestra de amor quiere Max? El problema es que el muchacho se ha enamorado de Olivia (encantadora Alexandra Daddario, de expresivos ojazos), una fanática, como él, del cine de horror, capaz de terminar, al aire, una frase sobre Val Lewton.
El humor de Dante puede ser todo lo adolescente que se quiera -después de todo, que dos mujeres tan atractivas y graciosas como Green y Daddario se peleen por un apocado tipo como Yelchin califica como el sueño nerd de la década- pero resulta efectivo la enorme mayoría de las veces. Abundan las referencias cinefílicas y de culto -una compañía llamada "Romero y hermanos", los afiches que cuelgan de las paredes del departamento de Max, las cintas de la casa Hammer que aparecen continuamente en la televisión, el infaltable cameo de un Dick Miller ya bien pasita- y los gags físicos -algo de splatter por ahí, un poquito de gore por allá- están bien ejecutados, en especial por Miss Green, que se muestra como una muy competente comediante en su papel de energética y ganosa novia zombie. Por supuesto, estamos lejos del mejor Joe Dante -el de los 80's/90's-, pero un Dante menor sigue siendo más disfrutable que buena parte del cine de género que se ve cada fin de semana en este país.
A propósito de filmes derivativos. Aventura (Prikyuchenie, Kazajistán, 2014) es la tercera película que veo basada en la novela "Noches Blancas", de Dostoyevsky después de la versión de Visconti (Noches Blancas, 1947) y la de James Gray (Amantes, 2008) -de las cuales escribí por acá. Esta adaptación, escrita por el propio director kazajo Nariman Turebaev, tiene también lo suyo aunque, ¿es necesario decirlo?, sí se queda corta no solo ante la de Visconti sino ante la de Gray. 
La premisa es más o menos la misma: un solitario joven,  Marat (Azamat Nigmanov), entra en contacto con una enigmática jovencita, Mariyam (Ainur Niyazova), que está esperando a un tipo del que se enamoró perdidamente un año atrás. El hombre prometió volver en cierta fecha en cierto lugar y ese sitio está frente al edificio en el que Marat trabaja como velador. Por más que la propia Mariyam le advierte a Marat de ella misma ("Soy peligrosa, soy mi  peor enemiga"), el muchacho no puede evitar enamorarse de ella -y con la magnética personalidad de la señorita Niyazova, ¿cómo culparlo?
La cinta, realizada con elegante funcionalidad, descansa sobre todo en la historia insumergible de Dostoyevsky y en el rapport entre los dos protagonistas, el tímido Marat y la volátil Mariyam. Si ya vio las dos versiones anteriores -o leyó la novelita respectiva-, ya sabrá en qué termina todo, aunque aquí el director Turebaev agrega un epílogo optimista que, en el contexto de la historia y su ejecución, me parece bastante forzado.
Nadie puede acusar a los hermanos Joshua y Benny Safdie de optimismo en su tercer largometraje, El Cielo Sabe Qué (Heaven Knows What, EU, 2014). Aunque el guión -escrito por Joshua Safdie en colaboración con Ronald Bronstein- está basado en las memorias no publicadas de la heroinómana Arielle Holmes, el filme no puede evitar que recordemos la obra mayor Pánico en Needle Park (Schatzberg, 1971). 
Como en el mencionado filme setentero, estamos ante la descripción de la vida de una pareja de heroinómanos que sobrevive precariamente en Nueva York pidiendo dinero, robando tiendas de conveniencia, abriendo el correo en busca de tarjetas de crédito o cualquier cosa que se pueda vender. He escrito pareja pero, en realidad, Harley (impresionante Arielle Holmes, interpretando una versión de sí misma) y su intenso novio Ilya (Caleb Landry Jones) no es, para nada, la parejita ideal: tienen una relación que ronda en el (auto)destructivo amor-fou, como lo atestiguamos en los primeros minutos, cuando ella amenaza con cortarse las venas como último acto de amor y él la reta a que lo haga.
La adicción a la heroína es vista aquí -cámara siempre en movimiento de Sean Prince Williams- sin glamour, sin humor pero, también, sin horror ni excesivo miserabilismo. Los Safdie no juzgan a sus personajes: no los justifica ni los condenan. Muestran con un naturalismo directo y sucio las rutinas en las que se encuentran presos, en una adicción que no los deja, ni ellos quieren dejar. La obsesión en la que están atrapados Harley e Ilya está acompañada  por unos insólitos arreglos electrónicos de Debussy realizados por el músico japonés Isao Tomita. No creo que usted haya escuchado a Debussy antes de esta manera.