domingo, 26 de abril de 2015

Riviera Maya 2015/III




Programada en la sección RivieraLAB Presenta -dedicada a cintas que pasaron por otras emisiones del Riviera Maya Film Festival en calidad de proyectos-, El Tiempo Nublado (Paraguay-Suiza, 2014), es la meritoria opera prima de la cineasta paraguaya Arami Ullón.
Enterada de la enfermedad degenerativa de su señora madre, la directora Ullón, que vive en Suiza, deja temporalmente a su novio Patrick y decide volver a Asunción para cuidar a su mamá, Mirna, que padece de Parkinson.
La directora, que tendrá unos 30 años, ha regresado, pues, a re-encontrarse con su madre, a perdonarla –ya veremos por qué- y a perdonarse a sí misma por haberla “abandonado” desde muy joven. Así, a través de la interacción entre las dos mujeres, nos vamos enterando de la epilepsia de la señora y de cómo afectó esto a la niña Arami, que tuvo que madurar tempranamente, obligada por la enfermedad materna.
Arami, crecientemente desesperada, empieza a buscar un sitio adecuado en donde puedan cuidar a su madre: viajar con ella a Suiza es imposible –sin ser ciudadana, no tiene derecho a los servicios públicos del Primer Mundo-, así que hay que quedarse en Paraguay y encontrar un hogar adecuado que, además, esté al alcance económico de la hija cineasta, que se ve que no está nadando en billetes.
El Tiempo Nublado aparece como un necesario exorcismo personal, una reconciliación in extremis de una hija con su madre. El problema es que en los últimos años hemos visto ya demasiadas cintas documentales más o menos del mismo tipo, en las que el/la cineasta retrata la vejez y el deterioro de la madre, del padre, de los abuelos. Este filme paraguayo, meritorio y todo, no ofrece un ángulo particularmente distinto a una fórmula que se ha vuelto cliché.
En el mismo título, Violencia (Colombia-México, 2015), opera prima de Jorge Forero, está contenida la amenaza, también, del cliché. Por fortuna, la amenaza queda solo en eso.
Ambientada en la Colombia contemporánea, estamos ante un tríptico cinematográfico sobre distintas manifestaciones de la violencia en Colombia debida al narco, a la guerrilla o a las fuerzas armadas que, por lo menos por lo visto en la película, no tiene mucho sentido separar uno de las otras. 
En la primera historia, vemos a un hombre encadenado (Rodrigo Velez), secuestrado por las FARC -o cualquier otro grupo guerrillero-, sobreviviendo en el espesor de la selva colombiana. Los encuadres cerrados de David Gallego acentúan el encierro del pobre tipo que come, duerme y camina siempre con una cadena en el cuello. En un solo momento, cuando le es permitido bañarse en un río cercano, tiene un bello instante de libertad que se parece mucho al de la muerte. Sin diálogos de ninguna especie, este primer segmento muestra la violencia física y psicológica en contra de un hombre al que solo le han dejado la inútil libertad del llanto.
El segundo y tercer segmentos presentan la violencia del título de manera más directa. En la segunda historia, un jovencito (David Aldana) sin oficio ni beneficio -no se ve que vaya a la escuela, no tiene trabajo, pero sí novia- encuentra una chamba que le ofrece un amigo. A diferencia del segmento anterior, aquí las tomas abiertas del muchacho por la ciudad -¿Bogotá?- nos presentan a un joven perdido, literalmente sin rumbo y sin dirección. No mencionaré el sorpresivo desenlace de esta historia: solo diré que, a pesar de que pueda parecer arbitraria, no lo es. Obedece a la lógica de un ambiente en el que la muerte puede ser solo otra forma de comunicar algo.
En la historia final, acaso conectada el segmento anterior, vemos a un grupo de ¿militares?, ¿paramilitares? -da lo mismo- entrenando en algún sitio bajo las órdenes de un oficial (Nelson Camayo). Después de atestiguar un alegre convivio de los soldados -con todo e inevitable escena del sacrificio de un chivo-, el oficial a cargo procede a preparar "la prueba" que deben pasar los reclutas. En el centro del patio se encuentra una mujer golpeada y amarrada a un poste: el oficial, con voz marcial, le ordena a uno de soldados: "ábrala". El muchacho (Einer Cortés) titubea; el jefe vuelve a ordenar, como en un murmullo, casi amablemente: "hágalo". 
Sin caer en la explotación gráfica de la violencia, Forero presenta en este tríptico un estado de cosas que, por desgracia, no nos puede parecer extraño a los que vivimos en México. La violencia no se explica: se experimenta, se sufre, se soporta, se acepta, como perversa forma de vida. En el desenlace, aviesamente, Forero nos deja una imagen amable, con Leonardo Favio de fondo ("Ella ya me olvidó") que, de cualquier manera, pareciera el prólogo para otra acción violenta más. Un cuarto segmento que, por lo menos yo, hice en mi cabeza.