sábado, 27 de junio de 2015

Pride: Orgullo y Esperanza



Hay en el cine británico una rica fórmula de la comedia a la que podríamos etiquetar como "comedia obrera-militante-(y a veces)-casi-musical". Aunque los orígenes del cine británico progresista y de izquierdas podríamos trazarlos en la obra de Ken Loach, la realidad es que el boom de este tipo de comedias inicia con el éxito económico mundial de Todo o Nada: el Full Monty (Cattaneo, 1997) -en la que unos obreros desempleados se desnudan para conseguir lana-, aunque antes ya se había realizado la también notable Tocando al Viento (Herman, 1996), sobre una banda de música de viento conformada por mineros del interior de Yorkshire.
Después de esas dos películas, que colocaban a sus populares/populistas personajes enfrentados al conservadurismo de hierro de la señora Tatcher y de su detestable descendencia, el ciclo ha continuado en este siglo con Billy Elliot (Daldry, 2000) -sobre un niño bailarín que busca salir de un pequeño pueblo minero en plena huelga de mediados de los 80-, Chicas de Calendario (Cole, 2003) -sobre unas doñas de algún lugar de Yorkshire que se desnudaron para hacer un calendario y ayudar al departamento de oncología del hospital local- o Mujeres Exitosas (Cole, 2010) -sobre la lucha de unas obreras de la Ford Motor Company por la igualdad salarial en la Inglaterra de los años 60.
De esta estirpe forma parte Pride: Orgullo y Esperanza (Pride, EU-Francia, 2014), apenas segundo largometraje del director teatral Matthew Warchus, sobre un guion de Stephen Beresford que esperó más de una década para ser producido.
Pride inicia con la Marcha de Orgullo Gay en el Londres de junio de 1984, cuando la huelga minera estaba por iniciar y finaliza un año después, en junio de 1985, con una marcha gay similar a la que se la ha unido un enorme contingente inesperado. Sin embargo, a pesar de estas escenas con las que abre y cierra el filme y con todo y que el título parece indicarlo, Pride no es un filme sobre la lucha de los derechos de lesbianas y gays, sino algo más interesante y, me atrevo a apuntar, más valioso: la crónica del nacimiento de una genuina solidaridad entre contrarios que, al final de cuentas, no eran tan contrarios.
Basada en hechos y personajes reales -el núcleo de activistas gays y mineros galeses existieron y algunos de ellos siguen vivos y dando lata-, he aquí que el inquieto jovencito gay Mark Ashton (Ben Schnetzer) se da cuenta que en la Inglaterra de 1984 hay otra comunidad igual de vilipendiada, reprimida, perseguida y demonizada que la homosexual: la formada por los trabajadores mineros. En efecto, con la señora Tatcher en el número 10 de Downing Street, la policía ha dejado en paz a los gays, porque hay un "enemigo interior" más peligroso: esos revoltosos mineros de todo el país que tratan de resistir las reformas neoliberales de la Dama de Hierro. Así pues, ya que el enemigo de mi enemigo mi amigo será, Mark forma el grupo Lesbianas y Gay en Apoyo de los Mineros, recolecta dinero para la causa y luego elige un pueblo al azar -Onllwyn, en el Valle de Dulais, en Gales- para ir a entregar la lana.
El resto del filme es la crónica del encuentro entre dos grupos tan disímbolos -los extrovertidos gays londinenes y los reservados mineros galeses-, que pasa de la tolerancia (acepto la donación del dinero y te invito una chela, pero no quiero sentarme contigo a platicar) a la curiosidad (la doñita galesa que quiere saber si es cierto que todas las lesbianas son también ¡horror! vegetarianas) y de ahí a la solidaridad más firme, porque en el conservadurismo rampante de la Gran Bretaña de los 80, da lo mismo ser obrero, minero u homosexual, pues en todos estos casos el sistema está preparado para joderte si no luchas por lo que consideras justo.
El discurso político es tan obvio como parece y la realización del director Warchus no es más que funcional, pero la cinta se sostiene por un reparto impecable -¿hay manera de que gente como Bill Nighy o Imelda Staunton haga algo mal?- y un regocijante tono ligero que coquetea una y otra vez con el cine musical -el exultante baile del desatado gay Jonathan (Dominic West, el extrañado McNulty de The Wire), la inevitable banda sonora setentera/ochentera con "Shame Shame Shame", "Karma Chamaleon", "Relax" y otras más-, sin dejar de lado el objetivo central del filme: mostrar que el activismo solidario, bien planeado, bien ejecutado, puede dar resultados importantes. Que más allá del egoísmo, del cinismo y de los prejuicios, es posible estrechar la mano del diferente, del distinto, para terminar descubriendo que no era tan diferente como se había pensado.
En la crítica que escribió David Denby en The New Yorker, en septiembre del año pasado, el crítico retirado anotaba sagazmente un detalle significativo, acaso paradójico: desde 1985, fecha en la que mineros y gays se unieron en aquella marcha histórica, la comunidad homosexual ha ido ganando terreno año tras año en todo el mundo -las recientes decisiones de las Supremas Cortes mexicanas y estadounidenses sobre el matrimonio son clara evidencia de ello-, no así el movimiento obrero que, desde esa década, ha ido perdiendo no solo influencia política sino que se ha ido depauperando cada vez más.
¿A qué se deberá esto? ¿Será que, al final de cuentas, la comunidad gay, urbana, educada, sofisticada, ha terminado formado parte de la élite, a diferencia de los obreros que siguen pobres, reprimidos y mal educados? ¿Será que las diferencias de clase siguen siendo las más difíciles de vencer?

1 comentario:

Joel Meza dijo...

He ahí otra prueba de que lo que cada quién haga con su cola no es realmente importante ni motivo de orgullo. O vergüenza.