domingo, 12 de julio de 2015

Jerusalén 2015/IV




Aunque hasta el momento lo que he visto del cine israelí en Jerusalén 2015 no ha sido nada para presumir -pero todavía falta mucho por ver, aclaro-, lo que sí ha sido notable es el resto de la programación, conformada por una suerte de selección de lo mejor de otros festivales recientes. 
Este es el caso de La Corte (Court, India, 2014), que no pude ver en el FICUNAM 2015 y que, por lo menos hasta el momento, ha sido lo mejor que he visto en Jerusalén 2015.
Ganadora de premios en Venecia 2014, la Viennale 2015 y el BAFICI 2015 -no en el FICUNAM, por desgracia-, La Corte, presentada en la sección Spirit of Freedom, es una exasperante crónica de un caso judicial en el sistema de justicia de la India. Un tipo muere limpiando cloacas y quién sabe por qué alguien sospecha que su fallecimiento no fue accidental, sino provocada por el anciano intérprete de canciones populares Narayan Kamble (Vira Sathidar) que, al entonar una pieza especialmente crítica y depresiva, llevó al tipo a quitarse la vida. Kamble es acusado, entonces, de propiciar el suicidio de un ciudadano, lo que le podría llevar a una pena de 10 años de prisión. Durante toda la película vemos la lucha honesta del prominente abogado defensor Vina Vora (Vivek Gomber), quien no solo tiene una implacable rival frente a él, la fiscal Nutan (Geetanjali Kulkami), sino todo un sistema judicial plagado de dilaciones, recovecos y sinsentidos.
El guion escrito por el propio cineasta debutante Chaytania Tamhane es una joya de humor burocrático: seguimos varias de las audiencias, los alegatos del abogado Vora, los ataques de la fiscal Nutan y los razonamientos, a ratos plausibles, a ratos absurdos, del juez (Pradeep Joshi). La película nunca busca la risa fácil ni el choro militante/mareador: de alguna manera, el caso del viejo cantante Kamble es el pretexto para algo más que termina emergiendo lentamente. Me refiero al retrato de una sociedad, la india, profundamente injusta e impermeable a (casi) toda buena intención.
Por lo mismo, pasamos mucho más tiempo con el abogado Vora, con la fiscal Nutan y, en la hilarante secuencia final, con el juez, que con el acusado. En esos momentos, cuando salimos de la corte y vemos cómo es la vida de todos los que rodean a Kamble, sospechamos que el pobre viejo está perdido. No porque Vora sea un mal abogado -no lo es, para nada-, no porque la fiscal sea una pérfida villana -tampoco: simplemente hace su trabajo-, ni porque el juez sea corrupto -no hay evidencia de que lo sea-, sino porque este trío de personajes no podrían tener menos en común con el anciano cantante. 
Todos estos abogados -el defensor, el fiscal, el juez- escuchan jazz, toman vino, viven en lugares elegantes, se van de vacaciones a hoteles de lujo... No hay manera que puedan saber lo que es ser alguien como Kamble, por mejores intenciones que pueda tener su tenaz abogado Vora. Deseándolo o no, ellos forman parte central de un sistema que puede mantener en prisión a alguien por una acusación insostenible. Pero no molesten a quienes mandan en las instituciones. No interrumpan su sueño que luego se enojan.
Otra comedia, aunque en un tono mucho más provocador y hasta esperpéntico es El Club (Chile, 2015), el más reciente largometraje de Pablo Larraín (trilogía de la dictadura chilena Tony Manero/2008, Post Mortem/2010, No/2012), cinta ganadora del Gran Premio del Jurado en Berlín 2015 y exhibida aquí en la sección "Panorama".  
Estamos en algún pueblito costero de Chile, en el que hay el "club" del título: una casita en la que viven cuatro sacerdotes suspendidos por la iglesia católica por diferentes pecados, desviaciones o, francamente, delitos. Uno se dedicó a robar niños para darlos en adopción a familias de dinero o políticamente "correctas", otro más era capellán del ejército y fue cómplice de torturas y crímenes, aquel de allá fue acusado de tentaciones pedófilas y el último, un viejito gagá que casi ni habla, está desde hace años en ese hogar y nadie sabe por qué. A esta casa, manejada por la amable pero siniestra monja Mónica (Antonia Zegers), llega un quinto sacerdote, el Padre Lazcano (José Sosa), quien es reconocido por un hombre del lugar que se hace llamar Sandokan (Roberto Farías) y que llega hasta ese retiro a gritar, urbi et orbi, todos los abusos que sufrió en manos del cura. No diré lo que a continuación sucede, solo las consecuencias: de Santiago mandan a un joven sacerdote, el Padre García (Marcelo Alonso), quien se supone debe poner todo en orden. Y, de alguna manera, lo hace.
De todo el cine de Larraín que he visto -solo me falta su opera prima Fuga (2006)-, El Club es su película menos controlada o, si se quiere, más encabronada -y encabronante. Es como si el cineasta, ante el difícil tema de la pederastia en la iglesia, se hubiera prometido a sí mismo dejar atrás cualquier asomo de buen gusto, medias tintas o ánimo morigerado. Provocación es el nombre y Larraín sabe provocar mejor que nadie. 
Cuando uno está frente a la pantalla, hay ocasiones que no sabemos si debemos reír y cuando nos decidimos a hacerlo, la carcajada se congela. No es posible reírse de eso que escuchamos pero, ¿qué otra cosa podemos hacer? 
La lucidez de Larraín hace a un lado todo maniqueísmo simplón. El retrato de esta cuarteta de monstruos -o quinteta, con la monja- y de su domador, el encumbrado padre García, desnuda las relaciones institucionales, de poder y de clase, en el seno de la iglesia y fuera de ella. Un desenlace que puede ser leído de varias maneras, entre el cinismo y la genuina redención, es la cereza del pastel de esta película notable.