miércoles, 15 de julio de 2015

Jerusalén 2015/VI



Una arbitraria regla personal para medir qué tan buena ha sido la programación de un festival de cine es si durante los días que paso en ese festival de marras vi algún filme que aparecerá en mi lista de lo mejor de ese año. Este será el caso de Wir sind jung. Wir sind stark. (Alemania, 2014), presentada en Jerusalén 2015 en la sección Spirit of Freedom.
Traduciendo directamente del alemán, el segundo largometraje del descendiente de inmigrantes afganos viviendo en Alemania Burhan Qurbani se llamaría "Somos jóvenes. Somos fuertes". Podría haberse agregado otro par de palabras: "Somos peligrosos".
La cinta, escrita por el propio joven director en colaboración con Martin Behnke y desarrollada en el Jerusalem Film Lab, está ubicada en un lugar y día específicos: el 24 de agosto de 1992, en la ciudad este-alemana de Rostock, cuando un grupo de jóvenes pasaron de la persecución y acosamiento de inmigrantes gitanos a prenderle fuego a un edificio de departamentos en donde vivían varias familias de refugiados vietnamitas. Este fue uno de los primeros síntomas de la rampante xenofobia en la Alemania recién unificada.
A través de la fluida cámara de Yoshi Eimrat, Qurbani nos muestra el ethos de tres personajes centrales: el silencioso jovencito  Stefan (Jonas Nay), que parece haber elegido la xenofobia y la violencia por más indolencia que por cualquier otra razón; la joven luchona vietnamita Lien (Trang Le Hong), que no pierde la esperanza de que su nuevo país la trate bien; y el pusilánime pero ambicioso político Martin (Devid Striesow), padre de Stefan, quien no se decide actuar con responsabilidad por más que los signos de la violencia racial están claramente frente a él.
La puesta en imágenes, en blanco y negro, de Qurbani y su cinefotógrafo Emirat es impecable: extendidos planos secuencias, todoabarcadores top-shots, una cámara que nunca deja de moverse para encontrar el encuadre perfecto y revelador. Más aún: cuando los disturbios estallan, el elegante blanco y negro se sustituye por los vívidos colores del fuego y de la furia. En esta última parte, el filme se prende en más de un sentido, visual, estética y temáticamente. Todos los personajes están en el mismo sitio, algunos como víctimas, otros como victimarios, otros como testigos y cómplices.
La cinta tiene un par de problemas: sus personajes femeninos -incluyendo la coprotagonista Lien- no están lo suficientemente desarrollados y el personaje más carismático de todos resulta ser uno que siempre está en los márgenes del relato, robándose la atención de todos (el neonazi Robbie, interpretado por un impresionante Joel Basman), lo que desbalancea peligrosamente la película. De cualquier forma son problemas muy menores ante la ejecución de la historia, con todo y un desenlace tan contundente como desesperanzador. Queda claro que la xenofobia en Alemania -y en toda Europa, de hecho- ha vuelto para quedarse. O, más bien, nunca se ha ido por completo. 
Otra película notable, programada en la misma sección Spirit of Freedom (¿la mejor curada del festival?: yo diría que sí) es Durak (Rusia, 2014), tercer largometraje del ascendente Yuriy Bykov (espléndido thriller policial Mayor/2013, visto en Morelia 2013).
Durak en ruso significa "tonto" y si alguna vez esta cinta se llega a exhibir en México debería titularse "El iluso" o, de plano, "El pendejo". El "durak" del título original es Dima (Artyom Bystrov), un empleado municipal en alguna pequeña ciudad rusa. Dima está casado y tiene un hijo pequeño, pero aún vive con sus papás. Es claro que Dima no quiere esta vida por mucho tiempo: está estudiando ingeniería y se toma tan en serio su trabajo que cuando va a reparar un calentón de agua en algún viejo edificio claramente soviético, se da cuenta que la construcción está a punto de derrumbarse, por lo que busca a la alcadesa del pueblo (Natalya Surkova) para advertirle que si no desaloja el edificio, podrían morir 800 personas. El problema es que si desalojan inmediatamente, tendrían que explicar por qué no se han hecho las reparaciones adecuadas y entonces saldría a la luz que el presupuesto asignado sí se gastó, pero en otras cosas -en concreto, en la casa de aquel funcionario, en la universidad de los hijos de aquel otro, en las vacaciones de otro más. 
En la primera parte, la cinta podría llegar a exasperar porque se vuelve repetitiva: ¿cuántas veces tenemos que ver la misma discusión en la que cada uno de estos burócratas mexic... digo, rusos, van sacándose todos sus trapitos al Sol, tratando de escurrir el bulto de un desastre provocado por la corrupción y la ineptitud? La estrategia de Bykov es clara: por mera acumulación de evidencias, uno va entendiendo que la actitud de Dima por hacer las cosas bien no solo es la de un tonto -como se lo dice su mamá o su esposa- sino la de un pendejo. Más que un idealista, Dina es un insensato. Pero Rusia -y no se diga México- necesita de más insensatos como él, aunque al final de cuentas les vaya como les vaya. Es que, la verdad, ¿a quien se le ocurre hacer bien las cosas en un lugar en donde lo correcto es que se hagan mal o, de plano, no se hagan?