viernes, 24 de julio de 2015

Retrospectiva: 100 años de Kon Ichikawa: Fuego en la Llanura




Fuego en la Llanura (Nobi, Japón, 1959), cuadragésimo largometraje de Kon Ichikawa, fue realizado por el director nipón en su etapa más oscura y prolífica como cineasta. Y es que después de realizar una serie de comedias ligeras y sátiras costumbristas a inicios de los 50 para la casa Toho, Ichikawa cambió de registro -aunque no necesariamente de discurso- al empezar a trabajar para la Nikkatsu, en donde realizó su primera obra mayor "seria", El Arpa Birmana (1956). 
Luego, al cambiarse a la casa Daiei, realizó la que sería su película favorita entre todas las que dirigió -la provocadora Conflagración (1958)-, a la que le siguió el torcido melodrama sexual Extraña Obsesión (1959) y, posteriormente, Fuego en la Llanura, que algunos consideran no solo la mejor película antibélica de Ichikawa sino, de hecho, una de las mejores cintas antibélicas en la historia del cine japonés. La película fue reconocida, en su momento, dentro y fuera del archipiélago nipón: ganó en Locarno 1961 el premio a la Mejor Película y la canónica revista nipona Kinema Junpo le otorgó al filme los galardones de Mejor Actor (un impresionante Eiji Funakoshi) y Mejor Guion (a la habitual colaboradora de Ichikawa, su esposa Natto Wada).
La cinta inicia abruptamente, in media res, con el tuberculoso Tamura (Funakoshi) siendo expulsado del campamento militar por el jefe de su escuadrón, quien no quiere soldados enfermos con él. Aunque no hay leyenda alguna que nos aclare dónde estamos, es obvio que el escenario es la campaña japonesa en Filipinas, muy cerca del fin de la Segunda Guerra Mundial. Los americanos han llegado al Pacífico para quedarse y los japoneses están en retirada, huyendo, escondiéndose o de plano pensando en rendirse ante los soldados gringos, a los que ven como gente honorable que los tratarán bien y les darán de comer.  Al ser expulsado del campamento, Tamura tomará el camino de regreso al hospital -en donde tampoco lo quieren: no hay espacio para él- y, luego, ya sea solo o acompañado por otros militares igual de piltrafas como él, rumbo a las costas de Palompon, en donde se supone que todavía hay fuerzas japonesas peleando. 
El guion premiado de Wada, sobre una novela de Shohei Ooka, tiene la estructura de una odisea picaresca pero en un escenario de auténtico horror. A lo largo del filme, nuestro héroe Tamura es una suerte de Lazarillo -o Periquillo, si usted quiere- que se va encontrando, en cada episodio, con escenarios y personajes que representan el absurdo de la guerra, desde el soldado inválido que trafica comida por hojas de tabaco, hasta el anciano enloquecido que dice que un avión de Taiwán llegará por él, pasando por el soldado que dizque caza "monos" para comérselos.
Tamura es un hombre común, no es el más valiente de todos los soldados, pero tampoco un cobarde que corre a rendirse a la primera provocación. Camina por las llanuras filipinas en un perpetuo estado de desconcierto: si llega a usar su arma para matar a alguien -a una jovencita histérica, por ejemplo-, lo hace por impulso y no por crueldad. Y si sobrevive contra todo pronóstico, esto se debe más al caprichoso azar que a alguna virtud específica: la vida y la muerte en el dantesco escenario bélico que nos presenta Ichikawa no tiene que ver con la justicia, sea divina o humana. La muerte puede fingirse -los hombres que se tiran al lodo cuando pasa un avión gringo rafagueándolos- para luego convertirse en real; la muerte puede confundirse -el tipo que tiene su cara hundida en un charco ¿para refrescarse?-; la muerte puede ser la última apuesta para no perder la humanidad.
Ichikawa y sus fotógrafos Setsuo Kobayashi y Setsuo Shibata lograron una serie de imágenes antológicas, una tras otra, sin descanso, a la altura de otras obras maestras del cine (anti)bélico como Cuatro Hermanos (Ford, 1928), Patrulla Infernal (Kubrick, 1957) o la monumental trilogía japonesa La Condición Humana (Kobayashi, 1959-1961). Por ejemplo, los cansados soldados nipones cavando inútiles trincheras con cucharas y vasijas, una pila de cadáveres en el atrio de una iglesia católica, el cruce por una ciénega en plena noche, un grupo de soldados gateando y encontrándose con las luces de unos tanques americanos, el campo regado de cuerpos recién masacrados, un soldado enloquecido comiendo lodo... Y esa imagen final, terrible e inolvidable: Tamura con los brazos arriba, dispuesto a rendirse, dispuesto a ver "gente normal". Pero, ¿puede haber gente normal en una guerra?