lunes, 31 de agosto de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCCIII



La Tirisia (México, 2014), de Jorge Pérez Solano. El segundo largometraje de Pérez Solado fue filmado en Zapotitlán Salinas, Puebla, un pequeño pueblo que sobrevive de la extracción de sal mineral y de los dólares que manda la gente que trabaja en el otro lado. 
Ahí vive Cheba (Adriana Paz) con sus dos hijos y esperando un tercer bebé que no es del marido Carmelo (Alfredo Herrera), que está a punto de regresar del gabacho. El verdadero papá del recién nacido es el taciturno Silvestre (Gustavo Sánchez Parra, Mejor Actor en Guadalajara 2014), quien también le ha hecho un bebé a su hijastra adolescente Ángeles, ante la impotencia/resignación de su esposa y madre de la muchacha, a quien ya le urge quitarse de encima a su hija para que no le termine de quitar a su hombre. 
La cámara de César Gutiérrez Miranda captura con severidad no exenta de belleza el seco panorama -natural y socioeconómico- de ese México profundo,  y la película está muy bien interpretada por todo el reparto, aunque la historia no deja de abrevar de ese fatalismo/miserabilismo que nos gusta tanto en México. Aunque, a decir verdad, La Tirisia sí ofrece salidas, para las que se animan a dejar todo atrás, huyendo del ominoso futuro de vivir/morir atiriciada en ese tipo de pueblitos.

Eddie Reynolds y Los Ángeles de Acero (México, 2014), de Gustavo Moheno. El segundo largometraje del excolega Gustavo Moheno es una divertida comedia ruckera que está beneficiada por un sólido reparto. Mi crítica, publicada en el Primera Fila de Reforma por acá.

El Diario de Celestine (Journal d'une Femme de Chambre, Francia-Bélgica, 2015), de Benoît Jacquot. El más reciente largometraje del veterano Jacquot es otra versión más de la novela picaresca de Octave Mirbeau, adaptada de forma memorable por Luis Buñuel en 1964. Por supuesto, la comparación con esa obra mayor del aragonés no es favorable para Jacquot pero, ¿qué cineasta contemporáneo puede ganarle a Buñuel? De todas formas, estamos ante una sólida "cinta de papá" con un par de espléndidas interpretaciones de parte de Léa Seydoux como Celestine y del magnético Vincent Lindon como el antisemita cochero Joseph. En unos días, espero publicar un texto amplio sobre este filme.

Wolfpack: Lobos de Manhattan (The Wolfpack, EU, 2015), de Crystall Moselle. Ganadora del Gran Premio del Jurado en Sundance 2015, esta cinta documental evade hábilmente la mera explotación de sus personajes, una familia formada por un hippioso inmigrante peruano, su esposa gringa y los siete hijos que han procreado y criado en un pequeño departamento de renta congelada en el Bajo Este de Manhattan.
Como Óscar Ángulo, el padre, está convencido que vive en una especie de Babilonia decadente y pervertida, no ha permitido que sus siete hijos -entre adolescentes y veinteañeros- salgan a la calle más que en contadas ocasiones. En promedio, salen unas cinco veces al año, aunque -dice uno de los muchachos- hubo un año en el que no salieron nunca del departamento.
Mantenida por el Estado -en concreto, por el sueldo de la madre, que recibe del gobierno el pago respectivo por educar a todos sus hijos en casa-, la familia Angulo no tiene otro contacto con la realidad que las  películas que ven, ven de nuevo, vuelven a ver, memorizan y representan. Así, desde Perros de Reserva (Tarantino, 1992) hasta El Caballero de la Noche (Nolan, 2012), pasando por Tiempos Violentos (Tarantino, 1994) o Sin Lugar para los Débiles (Coen, 2007), los Angulo hacen sus propias versiones Originalmente Piratas (Gondry, 2008) de sus películas favoritas.
Más allá del morboso freak-show inevitable, la directora Moselle centra su atención en Mukunda, el más articulado de los hijos Angulo que, además, fue el primero que rompió con su padre y salió sin permiso del departamento -y con la máscara de Michael Myers de Halloween (Carpenter, 1978), además. Poco a poco, todos los hijo Angulo -a excepción de la hermana mayor, discapacitada mental a la que apenas atisbamos en las escenas iniciales- salen del cascarón para conocer cómo es la vida real y cotidiana: tener chamba, andar con una novia, ir al cine por vez primera, visitar Coney Island, ir a una manifestación. Por desgracia, es aquí cuando el filme termina. 
Acaso porque Moselle es una cineasta debutante o tal vez por las condiciones en las que fue realizado el documental -a lo largo de cinco años y de manera intermitente-, pero el hecho es que Wolfpack se queda corto en varios aspectos: en el formal, porque la cinta parece a rato no más que un reality-show televisivo y porque su cronología es francamente confusa; y en el de fondo, porque al final de cuentas la directora no penetra lo suficiente en su descripción de toda la familia, de los hijos, de la relación de ellos con su padre y de la posterior salida al mundo del rebelde Mukunda. O, bueno, a lo mejor Moselle está dejando todos estos temas para la secuela. 


2 comentarios:

Joel Meza dijo...

¿Oscar Angulo? Qué peruano ni qué nada: ha de ser de Guamúchil...
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¿Ya están poniendo en libre acceso tus reseñas del Reforma?
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En tu reseña de Eddie Reynolds dices que las rolas están buenas, pero nomás tocan la misma una y otra vez... en todo caso, la música de fondo original, de Benjamín Shwartz, suena bien, inspirada en algunos clásicos del rock, si no estoy equivocado.

Ernesto Diezmartínez dijo...

Joel: Sí, desde hace rato, nomás que se me había pasado colocar la liga. Ey, no tocan la misma rola siempre: acuérdate de "El Venao".