domingo, 25 de octubre de 2015

Morelia 2015/I



Pasado por el agua de Patricia -nada grave, por fortuna-, inicio el viernes pasado Morelia 2015 con la función inaugural de La Cumbre Escarlata (Crimson Peak, EU-Canadá, 2015), noveno largometraje de Guillermo del Toro, el filme más elegante y depurado, estilísticamente hablando, que ha realizado hasta el momento. El viernes próximo aparecerá mi crítica en el Primera Fila de Reforma.
La competencia de largometraje nacional inició al día siguiente con Un Monstruo de Mil Cabezas (México, 2015), cuarto largometraje de Rodrigo Plá, una cinta acaso demasiado contenida. Una mujer (Jana Raluy) pierde la cabeza cuando la compañía de seguros que ha pagado desde hace años no aprueba un nuevo tratamiento para su esposo que padece de cáncer. El control con el que suele filmar Plá no empata del todo con la historia -basada en una novela de Laura Santullo, adaptada por ella misma-, que necesitaba de una mano mucho más vigorosa. Acaso, hasta histérica. 
Siempre he dicho que Morelia suele exhibir su mejor cine en las secciones paralelas o en las retrospectivas. Así pues, mientras todos mis colegas corrieron a ver el filme documental Amy (Kapadia 2015), yo me escapé a ver una función especial con tres cortometrajes de Laurel y Hardy: Tiembla y Titubea (1930), de James Parrot; Haciendo de las Suyas (The Music Box, 1932), también de James Parrot y Dos Entrometidos (Busy Bodies, EU, 1933), de Lloyd French.
La primera es una auténtica curiosidad: se trata de una película totalmente hablada en español, realizada para el público hispano-parlante. Laurel y Hardy aprendieron sus diálogos de memoria, sin saber realmente hablar en nuestro idioma. No es de lo mejor de la pareja, pero hay que hacer notar el buen acento de Hardy, que habla un español bastante entendible -no tanto Laurel, la verdad. La versión original en inglés fue Below Zero (1930), también dirigida por Parrot.
Haciendo de las Suyas la he visto en varias ocasiones, aunque esta fue mi primera vez en pantalla grande: se trata del corto clásico -ganador del Oscar 1932, de hecho- en el que Laurel y Hardy suben un piano por unas interminables escaleras, hacia una casa que se encuentra en una colina. 
El descubrimiento para mí, en todo caso, fue Dos Entrometidos, en el que el Gordo y el Flaco trabajan en un aserradero. Como de costumbre, cuando el filme ha terminado, todo lo que rodea a Laurel y Hardy ha sido destruido. Es imposible dejar de maravillarse por la capacidad de los comediantes para explotar una y otra vez variaciones del mismo gag. Genios del rolling-gag.
A propósito de parejas cómicas. La siguiente cinta que vi fue A Walk in the Woods (EU, 2015), de Ken Kwapis, una de esas inocuas películas palomeras que, de vez en cuando, uno agradece ver en cualquier festival de cine, como una suerte de antídoto para todo lo fallido que uno tiene que ver.
Creo que el título en español será Dos Grandes Amigos pero podría ser también Dos Viejos Gruñones. Es más: los protagonistas, Robert Redford y Nick Nolte, bien podrían sustituir a Lemmon y Mathau si alguien quiere re-iniciar la saga iniciada con Una Extraña Pareja (Saks, 1968).
Redford es Bill Bryson, un exitoso escritor de libros de viaje que, nomás porque sí, decide tomar a pie todo el Camino Appalachian que, ahí nomás pa'l gasto, tiene 3328 km de largo. Su mujer (la siempre bienvenida Emma Thompson) accede a apoyar la locura de su marido, con la condición de que no viaje solo. Bryson empieza a llamar a sus amigos para ver quién se anima a seguir esa aventura y, por supuesto, todos lo mandan a volar. Menos uno: el alcohólico, desparpajado y desgarbado Stephen Katz (Nick Nolte), a quien Bryson no veía desde hace cuatro décadas.
Redford y Nolte hacen una notable pareja cómica por sus distintas personalidades cinematográficas. Nolte tiene las mejores líneas y es mucho más gracioso en la medida en la que no pretende serlo. Por lo demás, esta road-movie a pata y gerontofílica no es más que un indoloro palomazo de fin de semana y nada más.