lunes, 26 de octubre de 2015

Morelia 2015/II



Como suele suceder con los festivales nacionales de cine -y Morelia no puede ser la excepción, por más que sea el que menos problemas tiene al respecto- la competencia de ficción mexicana ha sido más bien floja, por lo menos hasta el momento.
Si exceptuamos la ya mencionada -en la entrada de ayer- Un Monstruo de Mil Cabezas, de Rodrigo Plá y el notable filme (con protagonista) infantil La Casa Más Grande del Mundo (México-Guatemala, 2015), que se presentará en sociedad hasta el próximo jueves, el resto de la competencia de ficción ha sido no muy afortunada.
La excepción es Sopladora de Hojas (México, 2015), de Alejandro Iglesias Mendizábal, que por lo menos es bastante simpática y, por lo mismo, una muy probable ganadora del Premio del Público. En la veta del cine de adolescentes de Fernando Eimbcke -aunque sin su muy identificable y controlado estilo en la puesta en imágenes-, he aquí un día en la vida de tres chamacos ociosos que por una apuesta infantil -tirarse en un montón de hojas secas por 10 pesos-, uno de ellos pierde las llaves. Usar la sopladora de hojas del título es una de las cosas que se les ocurren para encontrar las llaves perdidas. 
Una comedia que acaso le sobró por lo menos uno de los nueve episodios "épicos" en los que está dividida -en el que aparece Daniel Giménez Cacho, en específico- aunque, de todas formas, la cinta se deja ver sin demasiados problemas.
Otros jóvenes son los protagonistas de Los Herederos (México, 2015), de Jorge Hernández Aldana. Estos son cuatro y tendrán 15 o 16 años de edad. Sin embargo, a diferencias de los que aparecen en Sopladoras de Hojas, los chamacos de Los Herederos son unos auténticos ojetes. 
Estamos ante un retrato generacional desalentador que podría funcionar, incluso, como una suerte de precuela de Los Muertos (Vohar Molkow, 2014), presentada en Morelia el año pasado. Por desgracia, a pesar de que la cinta no llega a los 80 minutos de duración, creo que se extiende en demasía y hay algunos detalles del guion que no me parecieron convincentes. De cualquier manera, la cinta no carece de interés y espero volver a ella posteriormente.
En cuanto a El Placer Es Mío (México, 2015), de Elisa Miller, hay muy poco bueno qué decir. Una pareja (Flor Edwarda Gurrola y Fausto Alzati) llegan a vivir al campo, a una abandonada casa paterna que se encuentra, aparentemente en Huitzilac. En el resto de la películas los vemos criar gallinas, él arregla un auto, ella cose algo de ropa, hacen el amor, ella sueña (o se imagina: da lo mismo) un caballo blanco, él se emborracha, ella también... 
Ok, ok. Déjeme plantearle esto: si usted hiciera algo de todo lo anterior -por ejemplo, alimentar gallinas- en los 80 minutos que dura El Placer Es Mío, es probable que estaría usted más satisfecho de haber utilizado bien su tiempo. 
En contraste, y como suele suceder, el documental mexicano es el que ha terminado sacando la casta. Además de Los Reyes del Pueblo que No Existe (México, 2015), de Betzabé García, que ya había visto hace tiempo, destacan otros dos documentales en competencia, entre los que he podido ver: El Paso (México, 2015), del siempre confiable Everardo González, y El Hombre que Vio Demasiado (México, 2015), de Trisha Ziff.
El primero es un justo testimonio del caso de dos periodistas que, amenazados de muerte por el narco, decidieron cruzar la frontera para vivir como refugiados políticos en Tejas. Uno de ellos, de Ciudad Juárez, está luchando por conseguir la residencia, mientras el otro, de la zona de la Laguna, ya lo tiene. Se trata del documental más sencillo y convencional que ha dirigido González hasta el momento, pero los testimonios que recoge son de extrema valía.
En cuanto al filme de Ziff, su puesta en imágenes es muy elegante -cámara de Felipe Pérez Burchard, edición de Pedro G. García- y su personaje central, el fotógrafo de nota roja Enrique Metinides, francamente inolvidable.
Metinides inició desde niño tomando fotografías de accidentes como un hobby cualquiera -pero, ¿quién tiene un hobby así?- y se convirtió en uno de los fotógrafos (¿o El Fotógrafo?) de nota roja más importantes de México, trabajando medio siglo en La Prensa. La historia es fascinante, Metinides es oportunamente memorioso (acaso de más, como uno lo intuye), extremadamente articulado, y su presencia misma es muy simpática: la de una suerte de gnomo siempre dispuesto a dibujar una sonrisa cómplice en su rostro. 
Y, por supuesto, además están sus fotos, que son increíbles. Son grotescas y bellas a la vez; es muy difícil verlas, pero cuando uno posa la mirada sobre ellas, es más difícil dejar de mirarlas.