miércoles, 28 de octubre de 2015

Morelia 2015/IV



La competencia de ficción continuó ayer con Yo (México-Suiza-Canadá-República Dominicana-Holanda, 2015), el más reciente largometraje de Matías Meyer, sobre un cuento del premionobel 2008 LeClézio.
El Yo del título (Raúl Silva) es un hombrón de unos treinta años de edad que tiene la mente de un niño de 10 años. Vive al lado de su madre (Elizabeth Mendoza), que es dueña de un restaurante que está al lado de la carretera. El tipo sirve las mesas, alimenta a los pollos y cuando su mamá necesita hacer algún caldo, se escabecha a alguno de los plumíferos. Inocente voz en off de por medio, Yo nos cuenta que en algún momento ha tenido episodios violentos y ha golpeado a su madre, aunque esto nunca lo vemos. De lo que sí somos testigos es de las burlas del amante de la mamá, quien no desaprovecha la oportunidad de reírse a sus costillas.
Yo tiene la idea de que a través de los sueños puede predecir el futuro -soñó que el río se desbordaba, lo que sucedió días después cuando se rompió una presa cercana- aunque su madre no lo toma muy en serio. La monótona vida del hombrón cambia cuando su mamá contrata a una mujer para que la ayude y ella trae siempre a su hijita de 11 años. 
La imagen de la enorme figura de Yo al lado de una sonriente niña, sentados los dos al borde de un río, me hizo recordar cierta escena clásica de Frankenstein (Whale, 1931), de tal manera que estuve esperando que Yo tirara a la niña al agua o que le hiciera algo parecido. Yo no ahoga a la chamaca (¡spoiler!) pero la violencia, tremendismo obliga, aparecerá inevitablemente. 
No he leído el cuento de Le Clézio y no sé si estamos ante una adaptación fiel del sentido del relato, pero tal como aparece en esta cinta, Yo es otro filme fatalista más en la que el diferente, el distinto, el inocente, terminará siendo un agente de la destrucción o del mal, queriéndolo o no. Una visión que, éticamente hablando, me parece inaceptable. Además, dramáticamente hablando, la película es planísima.
Ese mismo adjetivo puede endilgarse a Mientras la Prisión Exista (México-España, 2015), también en competencia, opera prima de Nicolás Gutiérrez Wenhammar. Por lo menos el debut de Gutiérrez presume cierta consistencia estilística: una intoxicación de tracking-shots al estilo de los Dardenne. No exagero si afirmo que por lo menos la mitad del tiempo de esta brevísima cinta -apenas dura poco más de una hora- vemos caminar a los personajes por la rambla barcelonesa, por el metro o por los callejones de la ciudad, siempre siguiéndolos, siempre viéndoles las espaldas. "Cine-nuca", me dijo un colega al salir del cine.
La historia, centrada en Jan, un estafador y ladrón de Europa del este, y Marielos, una joven empleada de farmacia, tiene una dosis de suspenso hacia el final, cuando la pareja decide huir de Barcelona. Jan se quedará con el dinero de una transacción ilegal y con eso los dos iniciarán una nueva vida. ¿Lo lograrán o no? Honestamente, el estilo distanciado con el que está realizada la cinta y la ausencia de urgencia en todo lo que vemos hace que me haya importado muy poco el destino de los personajes.
La cinta tiene intercaladas algunas secciones documentales (¿reales?: supongo que sí, pero da lo mismo si no lo es) en la que una prostituta rusa, la dueña de una farmacia, un médico de guardia y un policía hablan sobre distintos temas que están relacionados con lo que vemos en pantalla. Da la sensación que esos fragmentos podrían haber servido para un cortometraje documental mucho más interesante que esta película. 
Te Prometo Anarquía (México-Alemania, 2015), el más reciente largometraje de Julio Hernández Cordón -también en competencia- venía precedida de muy buenos comentarios de algunos colegas. Y, en efecto, ha sido de lo mejor que he visto en la competencia -aunque hay que aclarar que la competencia de ficción ha sido bastante floja.
Hernández nos presenta la compleja relación de amistad, complicidad y amor de dos skaters chilangos, Miguel y Johnny (Diego Calva Hernández y Eduardo Eliseo Martínez), quienes tienen no solo amplias diferencias sociales -la mamá de Johnny trabaja en la casa de Miguel- sino también sexuales -Johnny conserva una novia, ante la mirada celosa de Miguel. 
De todas formas, el negocio que tienen ellos va bien: a mil pesos por cabeza, se encargan de conseguir "vacas" -es decir, skaters, vagos, empleados, niños de la calle- que donan sangre a los narcos. Así pues, más allá de las diferencias ya anotadas, sociales y sexuales, todo va viento en popa para esta pareja hasta que, por supuesto, algo sale mal. Esto provocará la separación de Miguel y Johnny.
Hernández se aleja del tremendismo, el jodidismo y la violencia explícita -algo no tan sencillo tratándose del tema que toca- y tanto su puesta en imágenes, como su selección musical y el trabajo de sus dos actores principales logran transmitir de manera genuina el amor entre Miguel y Johnny y, posteriormente, el dolor de la pérdida. No estoy tan convencido de la última parte de la cinta ni del McGuffin con el que se justifica la separación entre ellos, pero son objeciones menores ante una película bastante decente. Acaso "decente" no es un adjetivo muy entusiasta, pero es que usted no ha visto la competencia.