martes, 12 de enero de 2016

La Gran Apuesta



¿Alguien lo vio venir? Para sorpresa de mediomundo, el realizador especializado en comedias Adam McKay, cineasta de cabecera de Will Ferrer y director ocasional de Saturday Night Live ha cambiado bruscamente no de tono, pero sí de temática en su sexto largometraje, La Gran Apuesta (The Big Short, EU, 2015).
            Tomando elementos estilísticos y narrativos de los dos grandes maestros del cine neoyorkino –la edición frenética y la banda sonora al estilo de Martin Scorsese, el rompimiento constante de la cuarta pared y la aparición oportuna de celebridades al modo de Woody Allen-, he aquí que estamos en la Gran Manzana en marzo de 2005, cuando el doctor –no en economía, sino médico de verdad- Michael Burry (Christian Bale, muy convincente), un genio autista de las finanzas, llega a la conclusión de que el mercado hipotecario estadounidense está a punto de colapsarse, pues bancos y calificadoras han estado engañando durante varios años a inversionistas, gobierno, administradoras de fondo y a quien se deje.
            La conclusión de Burry es audaz y, al mismo tiempo, cínica: jugar “la gran apuesta” del título en español en contra de los bancos –en contra de todo el sistema financiero, en realidad- para hacerse multimillonario en el camino. Un oleaginoso intermediario (Ryan Gosling bronceado, narrador de la historia) también se da cuenta por su parte, un par de jóvenes inversionistas (John Magaro y Finn Wittrock) se enteran por casualidad poco después, así que muy pronto otros se unen a la misma apuesta: un misántropo y neurótico administrador de fondos (Steve Carell) y un recluido millonario y financiero semiretirado (el coproductor Brad Pitt).
            Aunque el origen sobre la gran crisis financiera de 2008 ya tiene por lo menos una gran cinta en su haber –El Precio de la Codicia (Chandor, 2011), muy superior en el fondo y en la forma-, McKay merece puntos extras por intentar explicar para los legos como quien esto escribe los puntos finos sobre la raíz del desastre. Así pues, celebridades como Margott Robbie (en una tina llena de burbujas), el chef Anthony Bourdain (en la cocina de un restaurante) o la cantante Selena Gómez (en la mesa de un casino), explican brevemente cómo empezaron los bancos a comprometerse con las hipotecas, qué son los SWAPS o por qué tanto relajo con los CDO’s.
            Las más de las veces la explicación da en el blanco aunque tampoco es fundamental que le entienda a todo –aclaro: yo no le entendí a lo que discutían a gritos los distintos personajes-, pues el objetivo del filme es muy elemental: realizar una dinámica y muy entretenida crónica de un desastre anunciado, incubado desde las administraciones de Reagan, alimentado bajo las de los dos Bush y Clinton, y estallado en los bolsillos de la clase media americana –y del resto del mundo.
            Si hay un problema en La Gran Apuesta es su inclinación por el exceso, que termina por agotar y agotarse. Es cierto que lo mismo se podría decir de El Lobo de Wall Street (2013), la reciente obra mayor scorsesiana, pero la diferencia es obvia: los excesos estilísticos y temáticos scorsesianos son genuinamente delirantes, no brindan descanso al espectador, y resisten la tentación del didactismo y la moralina, mientras que en La Gran Apuesta, a través de los personajes interpretados por Brad Pitt y, especialmente, Steve Carell, se nos entrega un discurso moral que, de cualquier manera, termina perdiéndose entre tanta música, tantos saltos de edición, tantos gritos histéricos y tantos movimientos de cámara (in)justificados.
Queda la sensación que, al final de cuentas, el McKay coguionista no confió lo suficiente en el McKay cineasta para sostener su discurso indignado/indignante. Hizo mal. Que la película no se derrumbe entre sus manos es testimonio de que, al final de cuentas, el director favorito de Will Ferrell hizo un muy buen trabajo.

2 comentarios:

Juan Bautista Echegaray dijo...

Primero saludos y felicitaciones al blog, al que vengo llegando desde anoche después de ver "Sicario". Tras la cual me duermo algo confuso pero con sensación de pulgar bajo. Despierto igualmente confundido y entro al tomatómetro. Con sorpresa veo que tiene altísimo promedio, cuando yo busco apoyo logístico, alguna explicación pulenta de alguno que otro gallo. Y así es como resulta que caigo en el Vértigo...

Esta es la segunda crítica que leo. Coincido de nuevo, y agrego: a mí me parece que en el "mensaje" aquí hay buitre encerrado. Abrazo

Ernesto Diezmartínez dijo...

Bienvenido al blog, Juan. Saludos.