jueves, 7 de enero de 2016

Pídala Cantando/LXV



Un lector habitual de este blog, DarkJam, solicitó que rescatara algún texto sobre I Vitelloni y, bueno, a continuación algo que escribí hace exactamente una década sobre esta obra mayor de Fellini...


I Vitelloni (Italia-Francia, 1953), tercer largometraje del maestro Federico Fellini (1920-1993) –o el dos y medio, pues su primera cinta, Luces de Variedad (1950), la había dirigido con Alberto Lattuada-, fue estrenada en nuestro país con el nombre de Los Vagos. No es exactamente el sentido del término “vitelloni” –que, supuestamente, en Rimini, el pueblo natal de Fellini, significa “adolescentes crecidos”- pero, de todas formas, es una traducción eficaz. 
Los “vitelloni” que protagonizan esta película son cinco jóvenes que, a pesar de tener ya más de 20 años, se comportan como si todavía fueran adolescentes: son irresponsables, rechazan todo tipo de obligaciones, tienen sueños imposibles de cumplir y se entretienen en pachangas, carnavales o simplemente paseando por la playa o pateando una lata a medianoches. Sí, son una bola de patéticos vagos buenos-para-nada. Los ninis de la segunda postguerra.
Sobre un guión escrito por él mismo basado en sus recuerdos de adolescencia, Fellini dirigió con energía y sensibilidad esta melancólica comedia autobiográfica que le valió su tercera nominación al Oscar como Mejor Guión y su primer premio importante –el León de Plata de Venecia 1953- antes de su definitiva consagración internacional con La Strada (1954). 
Como de costumbre con Fellini, I Vitelloni no es una historia rígidamente estructurada: su narrativa está conformada por una serie de viñetas (o de plano, francos sketches) que transmiten, más que nada, un ambiente, un estado de ánimo, una forma de vida. Así, he aquí las aventuras amorosas del irrefrenable mujeriego Fausto (Franco Fabrizi), las puntadas del gordazo mantenido Alberto (extraordinario Alberto Sordi), los sueños intelectuales del poetastro Leopoldo (Leopoldo Trieste) o la serenidad de Moraldo (Franco Interlenghi, alter-ego del cineasta), quien un buen día decide dejar el pueblo natal como lo hizo el propio Federico Fellini antes de los 20 años.
Además del impecable manejo de todos los actores –algo que siempre se olvida cuando se habla del cine de Fellini pues se recuerda mucho más la fuerza de su imaginación fílmica- y de la inconfundible música de Nino Rota en su segunda colaboración fellinesca, I Vitelloni destaca entre toda la filmografía del maestro italiano por la perfecta combinación de comedia, melodrama, alegría y amargura. 
Casi todo el cine posterior de Fellini –de La Strada hasta Amarcord (1973), por lo menos- es, acaso, mejor, más ambicioso y más arriesgado, pero I Vitelloni me sigue atrapando cada vez que la veo por esa extraña mezcla de amor, nostalgia y burla que emerge del retrato de este grupo de patéticos pero entrañables indolentes.