martes, 16 de febrero de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXVII



Carol (Ídem, GB-EU, 2015), de Todd Haynes. Brillante adaptación, corregida y depurada, de la novela romántico-lésbica "El Precio de la Sal", de Patricia Highsmith. Una de las mejores películas del año. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

Deadpool (Ídem, EU, 2016), de Tim Miller. ¿Genocidio cultural, como dijera González Iñárritu? Nah, no llega a eso. Solamente una película bien pinche enfadosa. Mi crítica, por acá.

La Paz (Argentina, 2013), de Santiago Loza. Vi esta película hace tiempo, cuando fui parte del jurado FIPRESCI en La Habana 2013. Se trata de un drama minimalista en la que un jovencito de dinero, Liso (Lisandro Rodríguez), sale de un psiquiátrico para tratar de recuperar su precario equilibrio emocional. Cliché de joven-rico-y-alienado obliga, Liso se sentirá más cerca de su criada boliviana (Fidelia Batallanos Michel) -usted sabe, la indígena tiene un alma limpia, pura y viene de ¡La Paz!- que de todos sus amigos y familia -exceptuando a su abuelita buena onda, claro está. Por la temática -ya chole con esas historias que no hacen más que mirarse el alienado ombligo- y por su seco estilo minimalista, La Paz, releo mis notas, no me pudo haber interesado menos. 

Mi Abuela (Grandma, 2015), de Paul Weitz. El más reciente largometraje de Weitz (co-director con su hermano Chris de Tu Primera Vez/1999 y Un Gran Chico/2002, esta última su mejor cinta hasta el momento) es una modesta pero efectiva comedia melodramática feminista en el que una huraña poetisa anacrónica y lésbica (Lily Tomlin en su primer papel protagónico en este siglo) ayuda a su nieta (Julia Garner, la adolescente ganosa de la teleserie The Americans) a conseguir poco más de 600 dólares para un aborto.
La cinta tiene la estructura de una suerte de road-movie citadina en la que abuela y nieta recorrerán las calles angelinas buscando juntar el dinero necesario para tal "procedimiento", sea visitando al inútil noviecito pedorro de la muchacha, alguna amiga de la vieja que le debe dinero, una reciente y joven examante de ella (Judy Greer), y hasta un antiguo exmarido de la anciana (Sam Elliott, siempre bienvenido). 
En el resumen de la historia está dicho todo. Por lo demás, Weitz no es un cineasta particularmente inspirado, pero con la Tomlin desatada en el protagónico todo se vuelve más digerible. Eso sí: por lo menos el guion, escrito por el propio director, tiene la audacia de no convertirse, nunca en Juno (Reitman, 2007).

El Abrazo de la Serpiente (Colombia-Venezuela-Argentina, 2015), de Ciro Guerra. El tercer largometraje del colombiano Guerra (espléndida road-movie musical Los Viajes del Viento/2009) no solo arrasó en los pasados Premios Fénix 2015 -Mejor Director, Mejor Fotografía, Mejor Música y Mejor Sonido- sino que, además, es una de las cinco cintas nominadas a Mejor Película en Idioma Extranjero en el Oscar 2016 -el primer filme colombiano en la historia del Oscar, por cierto. 
Ubicada en dos espacios temporales narrativos paralelos -a inicios y mediados del siglo XX- pero en el mismo sitio -la selva amazónica- y con el mismo personaje clave -un chamán llamado Karamakate-, he aquí la crónica del viaje que dos exploradores occidentales, el alemán Theo (Jan Bijvoet, el protagonista de la inolvidable mind-fucking Borgman/van Warderman/2013) en 1909, y el americano Evan (Brionne Davis) en 1940, emprenden por las selvas amazónicas, amenazadas, explotadas, destruidas, por la acción del hombre blanco. En los dos viajes, los blancos usan los servicios de Karamakate (Nilbio Torres de joven; Antonio Bolívar de viejo) y en los dos casos van en busca de cierta extraña flor, la yakruna, que supuestamente tiene poderes curativos mágicos.
A través de la premiada cámara en blanco y negro de David Gallego y el diseño sonoro de Carlos García, Guerra nos lleva hacia un viaje tan insólito como el de sus dos aventureros blancos: la exploración de un pasado que el colonialismo blanco se encargó de destruir -esas secuencias de la plantación de caucho o de la misión católica- y que apenas sobrevive en la figura avejentada de ese anciano Karamakate que se sabe el último de su tipo, el único que todavía recuerda los cantos de su gente, sus costumbres, su forma de vida. El filme de Guerra no es un rescate de ese pasado desaparecido sino algo más audaz: una re-imaginación del mismo.