lunes, 8 de febrero de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXVI




Los 8 Más Odiados (The Hateful Eight, EU, 2015), de Quentin Tarantino. Acaso el más disparejo filme de Tarantino pero, por lo menos desde esta esquina, no el más fallido. Perversamente, el cineasta revive el formato de 65 mm para terminar haciendo una cinta claustrofóbica, cuyo gran paisaje no son los nevados espacios abiertos sino los rostros de sus actores. Mi crítica en el Primera Fila del viernes pasado de Reforma.

Anomalisa (Ídem, EU, 2015), de Duke Johnson y Charlie Kaufman. Mi cinta favorita del 2015, de la cual escribí largo y tendido por acá, cuando la vi en Morelia 2015. 

Brooklyn: un Nuevo Hogar (Brooklyn, Irlanda-GB-Canadá, 2015), de John Crowley. El quinto largometraje del cineasta irlandés Crowley -debo confesar que no he visto una sola de sus cuatro cintas anteriores- es una superior "película de papá" -o "de mamá", pues- como dirían los originales críticos cahieristas
Ubicada en los dos lados del Atlántico -en Enniscorthy, un pueblito irlandés; y en el Brooklyn del título-,  he aquí la historia de la seria y determinada jovencita Eilis Lacey (Saoirse Ronan, nominada al Oscar 2016 como Mejor Actriz) que, un buen día de 1951, cruza el océano para ir a trabajar como empleada en alguna tienda departamental neoyorkina, dejando a su hermana mayor Rose (Fiona Glascott) y a su mamá Mary (Jane Brennan) detrás. 
Sobre una popular novela homónima de Colm Tóibín adaptada por el especialista Nick Hornby -nominado también al Oscar a Mejor Guion Adaptado-, Brooklyn... es un woman's film de estructura clásica, en el cual nuestra protagonista tendrá que elegir no solo entre dos galanes perfectos -el amable y atractivo plomero de origen italiano Tony (Emory Cohen) que conoce en Brooklyn, y el no menos amable, atractivo y hasta de buena familia Jim (ubicuo Domnhall Gleeson) al que se encuentra cuando ella regresa a Enniscorthy-, sino entre dos sitios tan distintos -su idílico pueblito, la gran urbe neoyorkina- y, al final de cuentas, entre dos formas de vida. 
La historia es muy convencional, pero está dirigida con supremo control por Crowley, el reparto extendido no desentona en lo absoluto -Julie Walters como la sarcástica dueña de la casa de residencia donde vive Eilis en Brooklyn está fantástica, el chamaquito James DiGiacomo es todo un descubrimiento como el precoz hermanito menor de Tony, Brid Brennan está espléndida en una sola escena como la detestable chismosa del pueblo- y Miss Ronan es una de esas raras actrices que pueden sostener toda una película con la cámara muy cerca de ella, escrutando su rostro. 
No me refiero solo a que la mujer es realmente atractiva -que, en un modo casi patricio, claro que lo es-, sino que logra algo extraño: su rostro transmite inteligencia y serenidad. El crecimiento de Eilis a lo largo del filme se vuelve dramáticamente verosímil gracias a que presenciamos la evolución del personaje a través de la creciente seguridad que va adquiriendo la muchacha, desde que sale del pueblo hasta que regresa a él, transformada por la sofisticación neoyorkina. Pero, ahí, en Enniscorthy, le espera una transformación más. La definitiva.

Mustang: Belleza Salvaje (Mustang, Francia-Alemania-Turquía-Qatar, 2015), de Denis Gamze Ergüven. La opera prima de la turca Ergüven está ubicada en un pequeño pueblo turco en las orillas del Mar Negro. Cinco hermanas de de distintas edades -la mayor tendrá unos 18 años, la menor unos 12- salen de la escuela en el último día de clases de la temporada y van a la playa a echarse un chapuzón con algunos de sus compañeros. Esta pequeña travesura provoca que su anciana abuela (Nihal Koldas) que es quien las cuidad y educa -las muchachas son huérfanas de madre y padre- ponga el grito en el cielo: una vecina le fue con el chisme, así que la pureza del quinteto de hermanitas está en entredicho. El estricto tío de las muchachas (Ayberk Pekcan) -que, aparentemente, ayuda a mantenerlas- le echa la culpa a su madre y decreta que las cinco jovencitas se queden encerradas a piedra y lodo, les manda hacer pruebas de virginidad  y ordena conseguirles marido -por lo menos a las mayores- lo más pronto posible.
La cinta, escrita por la propia cineasta debutante en colaboración con la también cineasta/guionista francesa Anne Winocour, tiene como narradora a la menor de las hermanas, la despierta y energética Lale (Günes Nezihe Sensoy), quien ve cómo su casa se convierte, de la noche a la mañana, en una "fábrica de esposas". Vestidas con ropa "color de mierda", alejadas de los ojos masculinos, entrenadas para ser "buenas mujeres", las muchachas responderán de distinta manera la opresión de la abuela y el tío: alguna de ellas aceptará con gusto casarse, otra sufrirá alguna humillación tradicional/matrimonial en plena noche de bodas, alguna más tomará medidas radicales para evitar ese infierno... 
A pesar del tema, a la película no le falta momentos de buen humor -la chispeante narración en off de la rebelde Lale, la secuencia del escape de las muchachas para ver un juego de fut-, como si se buscara compensar el oscuro destino de sus protagonistas. En la última parte siento que la película pierde algo de su fuerza al sobre-explotar algunos elementos dramáticos -la vuelta de tuerca que convierte al estricto tío en un auténtico monstruo no era necesaria-, y el desenlace se dirige hacia un clímax que, al final de cuentas, termina en meros puntos suspensivos. Pareciera como si la cinta que acabamos de ver fuera el prólogo de otra historia que apena inicia: el crecimiento y la maduración de Lale. 

Oasis (México-Finlandia, 2013), de Alejandro Cárdenas. Mediometraje documental de 52 minutos que nos muestra la vida de tres homosexuales de origen indígena maya -Reynaldo López, Gerardo Chan Chan y el travesti "Deborah" Sansorez- que, portadores del VIH, han luchado contra su padecimiento físico, al mismo tiempo que han soportado discriminación y rechazo, incluso dentro de sus familias. 
El documental es bastante convencional en la forma -testimonios frente a cámara, a veces en off, uso de fotos fijas preciosistas- y hay por ahí una montaje shocking completamente innecesario -el deseo de uno de los protagonistas de "morir joven, bella y hermosa" se contrasta con la imagen del estragado cadáver de una víctima del SIDA-, pero de todas formas este filme de Alejandro Cárdenas logra con creces el objetivo mínimo de cualquier documental: que nos interesemos por la vida de las personas a las que estamos siguiendo y que conozcamos el éthos que los rodea.



1 comentario:

Champy dijo...

El fin de semana pasado anduviste muy activo...

2046