jueves, 3 de marzo de 2016

Cartagena 2016/I



Cuando llegamos al Centro de Convenciones Julio César Turbay Ayala de Cartagena para asistir a la inauguración del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) unos guardias revisaban mochilas y bolsas de los asistentes y, además, todos pasamos por un detector de metales. ¿Tantas precauciones para la inauguración de un festival?, me pregunté.
La respuesta llegó minutos después con el aviso de que el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos Calderón, estaría presente en la ceremonia inaugural. He asistido a suficientes inauguraciones de festivales de cine como para poder juzgar que la del FICCI 2016 estuvo decente: los discursos fueron breves y el del propio presidente Santos resultó bastante interesante. 
En el Centro de Convenciones, los aplausos y chiflidos al presidente se confundieron. Su discurso de diez minutos estuvo bien escrito -quien lo haya hecho, se ve que sabe de cine colombiano- y, por supuesto, Santos presumió los resultados de la nueva Ley de Cine en la que dijo, participó él al lado de su su exmujer -curioso tributo a una "ex", habría que decir. El discurso terminó con el llamado a hacer una nueva película de paz en el país, apuntando además que faltan unas cuantas semanas para que el Estado colombiano firme finalmente la paz con las FARC -¿en Cuba este mismo mes?, ¿con Obama como testigo?: no lo aclaró.
 Los aplausos de la concurrencia no apagaron un grito que se escuchó con toda claridad desde la parte más alta del centro de convenciones: "¡paz sin impunidad!". Un discurso político que llega en un momento complicado para Santos y su gobierno: el lunes pasado fue detenido el hermano del expresidente Álvaro Uribe, Santiago, acusado de tener vínculos con fuerzas paramilitares. Como la relación entre Santos y Uribe no es precisamente la mejor -Uribe está en contra de las negociaciones con las FARC- esto parece una re-elaboración colombiana de Zedillo vs. Salinas reloaded
La buena impresión por el discurso de Santos creció cuando el presidente colombiano se quedó a ver completa la cinta inaugural: Los Nadie (Colombia, 2016), debut de Juan Sebastián Mesa. Elección congruente el iniciar un festival de cine de un país con una película producida por ese mismo país, sin duda, aunque, también, arriesgada, más tratándose de una opera prima.
Los Nadie tiene vasos comunicantes claros con la cinta mexicana Somos Mari Pepa (Kishi Leopo, 2011) y con la colombiana Los Hongos (Ruiz Navia, 2014). Como en estas dos películas, he aquí, en una escueta puesta en imágenes en blanco y negro, a un grupito de adolescentes sin oficio ni beneficio que sobreviven como pueden en las orillas de una gran ciudad -Medellín, en este caso- y se dedican al "arte callejero" -entiéndase: a hacerla de acróbatas en los cruceros, al graffiti, a pergeñar una música punk genuinamente espantosa. La quinteta de chamacos tienen un solo sueño: irse de mochilazo limpio al "sur", hasta donde alcance la tierra, hasta el fin de la Argentina misma.
Hay una frescura indudable en los diálogos e interpretaciones de los muchachos -aunque esta misma frescura delata algunas insuficiencias de los propios jóvenes actores- y habría que agradecer que la película tuviera subtítulos en inglés, porque el caló colombiano era, a ratos, ininteligible para los oídos mexicanos -o, bueno, de este mexicano, en todo caso.
La cinta se deja ver sin dificultad y el debutante Mesa logra uno que otro gran momento cinematográfico, como ese acercamiento al dolor romántico de una de las protagonistas, Ana que, al no encontrar a su (dizque) novio Pipa, se sienta a esperarlo llorando, mientras se escucha una canción de Leo Dan ("Tú llegaste cuando menos lo esperaba") y la cámara de David Correa Franco sigue a una línea de pintura que va caminando sobre una pared, libérrima, sin ataduras, como este grupo de chamacos ingobernables. No es mal debut para Mesa.