domingo, 8 de mayo de 2016

El Club



Ganador del Gran Premio del Jurado en Berlín 2015, El Club (Chile, 2015), el más reciente largometraje de Pablo Larraín (trilogía de la dictadura chilena Tony Manero/2008, Post Mortem/2010, No/2012), ha llegado finalmente al circuito cultural cinematográfico mexicano.  
Estamos en algún pueblito costero de Chile, en el que hay el "club" del título: una casita en la que viven cuatro sacerdotes suspendidos por la iglesia católica por diferentes pecados, desviaciones o, de plano, delitos. Uno se dedicó a robar niños para darlos en adopción a familias de dinero o políticamente "correctas", otro más era capellán del ejército y fue cómplice de torturas y crímenes, aquel de allá fue acusado de tentaciones pedófilas y el último, un viejito gagá que casi ni habla, está desde hace años en ese hogar y nadie sabe por qué. 
A esta casa, manejada por la amable pero siniestra monja Mónica (Antonia Zegers), llega un quinto sacerdote, el Padre Lazcano (José Sosa), quien es reconocido por un hombre del lugar que se hace llamar Sandokan (Roberto Farías) y que llega hasta ese retiro a gritar, urbi et orbi, todos los abusos que sufrió en manos del cura. No diré lo que a continuación sucede, solo las consecuencias: de Santiago mandan a otro sacerdote, el joven Padre García (Marcelo Alonso), quien se supone debe poner todo en orden. Y, de alguna manera, lo hace.
De todo el cine de Larraín que he visto -solo me falta su opera prima Fuga (2006)-, El Club es su película menos controlada o, si se quiere, más encabronada y encabronante. Es como si el cineasta, ante el difícil tema de la pederastia en la iglesia, se hubiera prometido a sí mismo dejar atrás cualquier asomo de buen gusto, medias tintas o ánimo morigerado. Provocación es el nombre y Larraín sabe provocar mejor que nadie. 
Cuando uno está frente a la pantalla, hay ocasiones que no sabemos si debemos reír y cuando nos decidimos a hacerlo, la carcajada se congela. No es posible reírse de eso que escuchamos pero, ¿qué otra cosa podemos hacer? 
La lucidez de Larraín hace a un lado todo maniqueísmo simplón. El retrato de esta cuarteta de monstruos -más bien quinteta, sumando a la monja- y de su domador, el encumbrado padre García, desnuda las relaciones institucionales, de poder y de clase, en el seno de la iglesia chilena y fuera de ella. Un desenlace que puede ser leído de varias maneras, entre el cinismo y la genuina redención, es la cereza del pastel de esta película notable.  

1 comentario:

Christian dijo...

Excelente pelicula. Tiene unos diálogos realmente para vomitar.