viernes, 20 de mayo de 2016

La Bruja



¿Quién es La bruja (The VVitch: a New England Folktale, EU-GB-Canadá-Brasil, 2015) del título? A bote pronto, se trata de una anciana horrenda y deforme que, en las primeras escenas, vemos robar a un precioso bebé para luego hacer con él algo que no describiré aquí. Sin embargo, la bruja de la opera prima de Robert Eggers no es exactamente esa. En todo caso, no será la bruja principal, tal como Vito Corleone no era, en realidad, el protagonista de El padrino (Coppola, 1972).
Estamos en Nueva Inglaterra, pocos años después de que los primeros peregrinos llegaron a esa tierra, a inicios del siglo XVII. El tozudo puritano William (Ralph Ineson), su enjuta mujer Katherine (Kate Dicke, de Game of Thrones) y sus cinco hijos -la adolescente Thomasina (Anya Taylor-Joy), el serio infante Caleb (Harvey Crimshaw), el par de ingobernables cuates Jonas y Mercy (Lucas Dawson y Ellie Grainger) y un bebé llamado Sam-  son expulsados de la colonia por alguna razón que desconocemos, aunque uno puede suponer que se debe al orgullo irrefrenable de William, que no puede aceptar opiniones religiosas distintas a las suyas.
El hombre instala su granja cerca de un impenetrable bosque, pero todos sus esfuerzos resultarán en vano: el maíz que siembra no crece lo suficiente, las trampas que coloca no atrapan a ningún conejo y una innombrable maldición parece haber caído sobre él y toda su familia. Cierto día que Thomasin se encuentra jugando con Sam, el bebé desaparece frente a ella, literalmente, en un parpadeo. William les dice a todos que un lobo se robó al bebé pero nosotros sabemos -y los niños también- que eso no es así. 
Eggers nos muestra objetivamente quién se llevó a Sam y que las brujas -o, vaya, esa bruja por lo menos- sí existen. Pero también existen la culpa -Thomasin confiesa ante Dios sus faltas-, el miedo y el deseo por el pecado -Caleb espía el cuerpo en desarrollo de su hermana mayor-, la maldad pura alojada en la más tierna infancia -los insoportables Jonas y Mercy que dicen hablar con "el negro Phillip", el macho cabrío de la granja-, los secretos que el marido le oculta a la mujer -él vendió una copa de plata que era de ella-, los reproches que la mujer le espeta al marido -él no es capaz de cuidar y mantener a la familia como es su obligación- y hasta las tensiones ¿naturales? entre madre e hija -Katherine quiere deshacerse de Thomasina porque ya está crecidita... Es decir, claro que existe la maldad y no solamente está escondida en ese tupido bosque, sino también acecha en esa oscura y fría cabaña en donde sobrevive esa familia.
El tema de la brujería ha servido, en el terreno narrativo, para la alegoría social -los célebres juicios de Salem ocurrieron a fines del siglo XVII y siguen siendo hasta el día de hoy ejemplo de la histeria colectiva convertida en, literalmente, cacería de brujas- y como pretexto para explorar la opresión/liberación de las mujeres de esa época, acusadas muy oportunamente de tener pacto con el diablo si mostraban algún viso de independencia o si presentaban algún otro deseo que no fuera servir a los hombres a su alrededor. El guion de La bruja -escrito por el propio cineasta debutante- no se desentiende por completo de estas posibles lecturas alegóricas, pero termina presentándonos una historia alejada de cualquier racionalismo contemporáneo. Lo que vemos en la película es lo que es... y algo más. 
Eggers ha creado un notable filme cuyo universo visual no solo aparece como profundamente verosímil -su experiencia como diseñador de arte, de producción y de vestuario se nota- sino que, además, dirige por nota a su reducido reparto, en especial a la adolescente Taylor-Joy y al infante Crimshaw, quienes tienen sendos momentos de lucimiento personal que están entre los mejores momentos de la cinta. La música de cuerdas de Mark Korven, basada en el constante "abuso de un cello" -según palabras del compositor- y acompañada por unos ominosos coros de gemidos, apuntalan una atmósfera de tensión constante que no se liberará hasta ese inolvidable final, acaso feliz, digno de Don Francisco de Goya y Lucientes. 

5 comentarios:

Christian dijo...

Goya y su aquelarre, Bela Tarr y su fin del mundo en El Caballo de Turín, Las Cuatro Estaciones y sus simpáticas cabritas, la rivalidad entre madre e hija, Anya Taylor Joy en ese final, el chamaco Caleb poseído por Satán o sepa la fregada qué y ese final con el personaje del año: Black badass motherfucker Phillip.

Peliculón.

Christian dijo...


La escena final, con esa, no elipsis, sino más bien, 'diálogo fuera de cuadro', está a la altura de la, esa sí, elipsis al final de Let The Right One In.

"Wouldst thou like to live deliciously...?"

FUCK.

Joel Meza dijo...

Christian, menos mal que empezaste tu comentario con "la escena final".
Al rato que la vea regreso a leer todo.

Adayin dijo...

Procurando ser elocuente, eficaz y letrado... Pinche película tan chingona

Gracias

Ernesto Diezmartínez dijo...

Adayin: De nada, cabrón (digo, para seguir con eso de la elocuencia).