domingo, 5 de junio de 2016

Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor


Vi la opera prima de Julián Hernández Mil Nubes de Paz Cercan el Cielo, Amor, Jamás Acabarás de Ser Amor en la entonces Muestra de Cine de Guadalajara de 2003 y publiqué al día siguiente de verla este breve texto, un 25 de marzo de 2003. Rescato estas líneas, ahora que el notable debut fílmico de Hernández se está exhibiendo en la Cineteca Nacional, dentro del Festival Mix 2016. 
Las primeras imágenes de Mil Nubes de Paz Cercan el Cielo, Amor, Jamás Acabarás de Ser Amor (México, 2002), ópera prima de Julián Hernández, no dejan nada a la imaginación. En la primera secuencia del filme, un hombre le hace una felación a otro dentro de un auto; después, veremos desnudos frontales masculinos, besos de lengüita entre dos hombres, un muchacho acariciándose el cuerpo semidesnudo frente al espejo... Estamos en los terrenos de un cine gay que no tiene empacho en serlo, cual heredero de la obra de Hermosillo o, si se quiere, como una suerte de tardía continuación de aquella ninguneada obra maestra del cine mexicano de los 90, En el Paraíso no Existe el Dolor, de Víctor Saca.
Sin embargo, si la película de Saca era una especie de viaje delirante en el cual seguíamos a un joven gay por los bajos fondos regiomontanos, en Mil Nubes de Paz Cercan el Cielo, Amor, Jamás Acabarás de Ser Amor el viaje del protagonista homosexual es más interno que externo. Gerardo (notable Juan Carlos Ortuño) busca en una deshabitada Ciudad de México en blanco y negro a un amante ocasional que lo dejó prendido. Sufre en silencio, espera desesperado, se entrega en aventuras sexuales vacías, se acaricia solitario en su cama, y escucha y vuelve a escuchar cierta canción interpretada por Sarita Montiel en El Ultimo Cuplé, una que habla de cierto hombre de "negros ojazos" que no puede olvidar.
Hernández, cuya influencia de Pasolini es tal que el largo título de la cinta se refiere a un poema del cineasta italiano, demuestra una madurez visual pocas veces vista en un debutante: el trabajo fotográfico es extraordinario, sea en el manejo del encuadre, en los movimientos de la cámara y en los matices grisáceos de la impecable imagen en blanco y negro. La narrativa de Hernández no se preocupa en contar una historia, sino en transmitir un estado de ánimo de dolor, de desgarramiento amoroso. Guardadas las debidas distancias, Hernández sigue los pasos del gran Wong Kar-Wai y su Happy Together en esta desesperanzada crónica de una obsesión y un amor perdido. 
Ganador del Teddy al mejor filme de temática gay en Berlín 2003, Hernández puede tener un futuro promisorio en un cine mexicano siempre urgido de nuevas voces, temáticas y actores. Ojalá que así sea.