martes, 19 de julio de 2016

Buscando a Dory



En el título, Buscando a Dory (Finding Dory, EU, 2016) lleva el pecado de origen: la ausencia de originalidad. El décimo-séptimo largometraje de la casa Pixar parte de una premisa idéntica a la de la obra maestra Buscando a Nemo (Stanton y Unkrich, 2003). Si en el quinto largometraje de Pixar el pez payaso Marlin atravesaba el océano para encontrar a su pequeño hijo con aletita cucha Nemo, acompañado por la desmemoriada y solovina pez cirujano Dory, esta vez el gerundio “buscando” se refiere a Dory, que es procurada ahora por Marlin y Nemo.
En efecto, poco después del re-encuentro de Marlin (voz de Albert Brooks) y Nemo (voz de Hayden Rolence), vemos a Dory (voz de Ellen DeGeneres) viviendo felizmente con padre e hijo payasos en el bellísimo vecindario marítimo del primer filme. Sin embargo, a Dory le sigue faltando algo: su verdadera familia. De hecho, si se recuerda Buscando a Nemo, en el momento en el que Dory se encuentra con Marlin está el origen de esta secuela: “Mi nombre es Dory y sufro de pérdida de memoria a corto plazo. Lo saqué de mi familia, creo… Por ciento, ¿dónde estará?”.
Así pues, decidida a encontrar a sus papás –y ayudada por muy oportunos flashbacks que le brindarán pistas claves del lugar de donde nació-, Dory atravesará el océano de nuevo, esta vez desde Australia hacia California, acompañada por Marlin y Nemo, y cuando ella se pierda –porque eso es lo que sabe hacer: perderse-, los peces payasos la buscarán desesperadamente mientras Dory trata de encontrar a sus progenitores.
El planteamiento es pobre –o, en todo caso, ya visto- y la primera parte no es particularmente afortunada. Sin embargo, cuando nuestros peces protagonistas llegan a su destino, al Instituto de Vida Marítima en Morro Bay, California, lugar en donde nació Dory y donde aún permanecen sus padres, Charlie y Jenny (voces de Eugene Levy y Diane Keaton, respectivamente), el argumento del director Andrew Stanton cobra vida. No solo porque hay nuevos personajes tan ingeniosos como divertidos –un pulpo gruñón y neurasténico llamado Hank (voz de Ed O’Neill), un par de leones marinos huevones (voces de Idris Elba y Dominic West), un colimbo bizco, Becky, al que Marlin hipnotiza con la mirada-, sino porque los obstáculos que van enfrentando nuestros héroes van aumentando progresivamente, a tal grado que llega un momento que el delirio visual y narrativo se apodera por completo de la cinta. ¿Recuerda usted el emocionante final griffithiano de Toy Story (Lasseters, 1995)? Bueno, el desenlace in extremis de Buscando a Dory está en el mismo tono, solo que con mayor cantidad de gags.
En cuanto al discurso moral del filme, está en una veta similar –aunque más extendida- al de Buscando a Nemo: si el centro moral de la cinta de 2003 era la difícil relación de un sobreprotector padre viudo y su tenaz hijito discapacitado, en Buscando a Dory el planteamiento de Stanton es que la vida en el mar –aunque sospecho que también en tierra firme- está llena de complicaciones, de peligros y, en el mejor de los casos, regida por el más caprichoso azar. Por lo mismo, no queda más aferrarse a la familia: a la que uno le tocó y a la que uno ha elegido. Al final, Dory ha recobrado a su familia. El mar y la vida lucen mejor. 

4 comentarios:

Guillermo dijo...

Y el Bergmanometro apa? (No es albur).

Ernesto Diezmartínez dijo...

Guillermo: Te lo debo. Tampoco es albur.

Guillermo dijo...

Ya te andamos conociendo, eh?

Guillermo dijo...

No es albur tampoco.