viernes, 5 de agosto de 2016

El hijo de Saúl



“El trabajo libera”, decía un mensaje grabado en hierro a la entrada del campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau. En los primeros minutos de El Hijo de Saúl (Saul fia, Hungría, 2015), impresionante opera prima de László Nemes –ganadora del Gran Premio del Jurado y del FIPRESCI en Cannes 2015, además del Oscar 2016 a Mejor Película en Idioma Extranjero-, nos queda muy clara la insidiosa perversidad de esa frase.
En la toma inicial de El Hijo de Saúl vemos, en poco más de tres minutos y sin corte alguno, el rostro del Saúl del título (Géza Röhrig), quien avanza desde el fondo del encuadre, desenfocado, hasta que llega a un nítido primer plano, en el que vemos cómo hace su horrendo trabajo cotidiano. Un trabajo que, de ningún modo, lo libera. Más bien, lo esclaviza.
Saúl es un “sonderkommando”, es decir, un judío elegido por los administradores del campo de exterminio para que ayude a las tareas más pesadas e indignas en la llamada “Solución Final”. Así pues, él es uno de los responsables de navegar a los recién llegados que acaban de bajar de los trenes, dirigirlos hacia el sitio en donde los van a “desinfectar”, recoger la ropa que se vayan quitando y, cuando los cientos de “piezas” –así les llaman los nazis a sus víctimas- han perecido gaseados con el Zyklon B, debe limpiar el sitio, arrastrar los cadáveres, llevarlos a los hornos crematorios y, luego, tirar las cenizas en el río más cercano.
Aunque, en realidad, no vemos nada de esto. O casi nada. Nemes, consciente del desafío ético que implica representar lo inimaginable –es decir, el Holocausto- dirige la nerviosa cámara siempre en movimiento de Mátyás Erdély hacia el rostro de nuestro protagonista, siempre en primer plano o close-up. No vemos lo que ve Saúl sino lo escuchamos, lo intuimos, lo imaginamos.
Haciendo suyo, en parte, el imperativo ético del gran Claude Lanzmann y su monumental Shoha (1985), Nemes ha renunciado a convertir el Holocausto en un espectáculo –pecado mortal de La Lista de Schindler (Spielberg, 1993)- sino que, elusivamente, nos obliga a imaginarnos el horror. Durante toda la película somos conscientes de todas las atrocidades que suceden, pero apenas si las vemos, al fondo del encuadre, fuera de foco; apenas si las vislumbramos en una esquina; apenas si las escuchamos a través del inmersivo diseño sonoro de Tamás Zányi.
La horrenda rutina diaria de Saúl se rompe cuando, después de recoger todas las “piezas” del cargamento más reciente, ve el cuerpo de un niño que, aparentemente, podría ser su hijo. Obsesionado por enterrar como se debe al muchachito, Saúl arriesga su vida, la de varios de sus compañeros y hasta los planes para una inminente rebelión, con tal de conseguir un rabino que rece el kadish, la obligada oración fúnebre judía, cual primer y último signo de dignidad entre esas miles de muertes anónimas.
El objetivo de Saúl parece y es absurdo pero, ¿tiene sentido cuestionar la racionalidad de una decisión cuando la razón ha dejado de tener sentido? ¿No será que la única forma de sentirse vivo es recuperar algo de la dignidad perdida enterrando a ese muchachito, sea o no sea realmente su hijo? ¿No será que, como dijo el poeta, “para enterrar a los muertos/como debemos/cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero”? Y Saúl ya está cansado de ser eso: un sepulturero.

3 comentarios:

Christian dijo...


El final es culerísimo. Peor que el de Amour de Haneke, en aquel por lo menos había humanidad. Aquí no hay nada, solo la peor escoria de la maldad humana.

Julieta Torres dijo...

Una sinopsis acertada, cualquiera puede pensar lo absurdo de su empeño, sin embargo las circunstancias son tan apremiantes... el final adecuado, èl mismo lo dijo, ya estamos muertos.

Pox dijo...

De lo mejor que he visto ultimamente, lastima que no se haya comentado antes hasta ahora.