jueves, 27 de octubre de 2016

Morelia 2016/VI



El sueño del Mara'akame (México, 2016), opera prima del egresado del CUEC Federico Cecchetti funda su originalidad en la tradición. Déjenme explicar este oxímoron: al lado de una competencia que cuando no es estéticamente estéril está vacía de discurso o, en el peor de los casos, su discurso no pasa del exabrupto dizque provocador, el debut de Cecchetti se presenta como una convencional cinta de género -se trata de una suerte de comedia de crecimiento y maduración juvenil- que funda su novedad en estar ubicada en las "exóticas" tierras wixárikas y hablada casi totalmente en huichol.
Niereme es un joven wixárika que sueña con ser parte de una banda musical de su pueblo llamada "Peligro sierreño". Su papá, que es el Mara'akame del título (un sanador y cantador: un chamán, pues), tiene otros planes para el chamaco, pues desde que estaba en el vientre el señor vio -no sé cómo- que su hijo estaba destinado a seguir sus pasos. Pero, qué remedio, ya sabe usted cómo son de ingratos los hijos -yo no pude convencer a mi hija que fuera crítica de cine-, Niereme lo que quiere es cantar. Cuando papá e hijo viajen a la Ciudad de México a vender artesanías y algo de peyotito (pero como parte de una celebración religiosa, no vaya usted a creer), el adolescente verá la oportunidad de oro para cumplir su sueño... si es que los dioses huicholes lo dejan.
Cecchetti rehuye los folclorismos baratos. Es cierto que Niereme es un wixárika, la mayoría de los diálogos están en huichol, la cinta está ubicada en la tierra huichola y no falta el discurso -no dudo un instante que totalmente justo- sobre la amenaza que se cierne sobre Wirikuta, pero el centro dramático del filme no está en un acercamiento elemental al ethos huichol sino en la universalización del problema presentado en la cinta. Lo que muestra Cecchetti, con buen sentido del humor, es el conflicto/paterno filial más común de la historia: el padre que quiere que sus hijos siga sus pasos, el hijo que quiere crear su propio camino. Y en el cine mexicano, por supuesto, este tipo de historias son legión. Resulta curioso, eso sí, que esta cinta de Ceccheti sea más conservadora que, digamos, Los hijos de Don Venancio (Bustillo Oro, 1942) aunque, claro, de alguna manera se justifica este conservadurismo. Una estimada colega me comentó que esta cinta era algo condescendiente y acaso tenga razón. Pero también es encantadora.
Mucho menos interesante me resultó Zeus (México, 2016), opera prima de Miguel Calderón. La historia, escrita por el propio cineasta debutante, nos presenta otro nini más (Morelia 2016 fue el festival de los personajes ninis) que vive con su castrante madre neurocirujana.
Joel (el escritor Daniel Saldaña París en su debut como actor) ya araña los 30 años y, fuera de hacerle los mandados a su mamá (que si ir a la tintorería, que hacer el mandado, que diseñar las presentaciones de su señora madre para algún congreso) no tiene otra vida más que ir a cazar con el Zeus del título: un imponente halcón que Joel quiere más que a sí mismo. O más bien, el pajarraco es una extensión deseada de sí mismo, pues en sus sueños -simbolazo obliga-, Joel ve cómo Zeus ataca a su madre o cómo, de plano, le hace el amor. 
Dicho de otra manera: madre e hijo comparten una relación enfermiza de mutua dependencia, aunque la (no tan) santa señora tiene en un vecino a su amante de planta y el propio Joel ve la oportunidad de crecer -o, bueno, solamente coger- cuando conoce a Ilse (sensacional Diana Sedano robándose cada escena), una secretaria buenota que parece estar encarnando a La Pelangocha del nuevo siglo.
Hay que decir que la cinta está hecha correctamente -es difícil que una película fotografiada en parte por María Secco se vea mal-, pero no tiene mucho qué ofrecer. La escena final no confirma otra cosa que el estancamiento de Joel, de su mamá y de la película en sí.