lunes, 31 de octubre de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLIII y CCLIV



Ya que estuve los últimos días en Morelia 2016, no pude revisar la cartelera comercial/cultural de la semana anterior, así que esta entrada es de dos por uno y como sigue:

Operación Escobar (The Infiltrator, GB, 2016), de Brad Furman. Título engañoso: en esta cinta Escobar es un personaje muy secundario que, de hecho, aparece en una sola escena y fugazmente. Estamos ante un entretenido pero convencional thriller basado en las memorias de un policía (Bryan Cranston) infiltrado en el Cartel de Medellín para descubrir y detener millonarias operaciones de lavado de dinero. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes 21 de octubre. (* 1/2)

Todo comenzó por el fin (Colombia, 2015), de Luis Ospina. El más reciente largometraje de Ospina pudo haber sido el último. En efecto, cuando empezó la producción de este monumental tributo documental al Grupo de Cali -o Calliwood, como también se le conoce-, al caleño Ospina (1949-) se le diagnosticó un tumor duodenal que, por principios de cuentas, amenazaba la continuidad de la película que estaba iniciando -de hecho, dejó instrucciones para que otros la terminaran si él no era capaz de hacerlo- y, de pasada, también amenazaba su propia vida.
Según ha comentado en varias entrevistas, ese diagnóstico médico cambió el sentido del filme: del tributo original a Calliwood, a una época y a sus entrañables colegas auto-destructivos Carlos Mayolo (1945-2007) y Andrés Caicedo (1951-1977), Todo comenzó por el fin se transformó en una suerte de autobiografía testamental. He aquí lo que fui, dice Ospina, he aquí lo que fuimos, pero también lo que soy ahora y lo que queda de mí, que es mucho, porque mientras haya vida, hay cine. 
Así pues, a lo largo de tres horas y media de duración, divididas en cinco segmentos -más un prólogo y un epílogo-, Ospina nos lleva de la mano a conocer los orígenes de su propia cinefilia convertida en realización -hizo su primera cinta en 1963,  a los 14 años-, así como el inicio del susodicho Grupo de Cali, una generación de artistas caleños -cineastas, novelistas, poetas, dramaturgos, críticos, editores, promotores- liderada por Ospina, Caicedo y Mayolo, que pondría en el mapa a Cali no solo como la cuna del célebre Cartel de la droga, sino como uno de los baluartes de la cultura cinematográfica -o la cultura a secas, vaya- en la Colombia de los años 70.
Expertamente armada por el propio Ospina y su editor Gustavo Vasco, Todo comenzó por el fin avanza entre las imágenes de época, los fragmentos de las obras tempranas del Grupo y los testimonios de los sobrevivientes en el presente, sean las mujeres del ingobernable Mayolo, los viejos colaboradores de aquellos tiempos o los admiradores del legendario y malogrado Caicedo. Por supuesto, Ospina no se queda en la mera añoranza: ya que él lo vivió -y ya que él sobrevivió-, el documentalista siente el imperativo moral de no rehuir la otra cara de la moneda. Así, la creatividad del grupo estaba aparejada, qué remedio, con una vida dominada por los excesos (drogas, sexo, alcohol, you name it) y destinada -en el caso de Caicedo- a la planeada tragedia de morir joven, cual romántico decimonónico.
Para el lego que no sabe mucho -o de plano, nada- del Grupo de Cali, este documental es invaluable, pues nos presenta información de primera mano de una generación central en el arte popular latinoamericano que, por un lado, decidió enfrentarse al jodidismo/pintorequismo del cine explotador de la miseria (el legendario corto satírico Agarrando pueblo/Ospina y Mayolo/1977) y, por el otro, presentó una opción literaria diferente al realismo magicoso garciamarquiano, tan popular en todo el mundo, a través de la obra del propio Caicedo.
Pero más allá de la cantidad de información que Ospina nos entrega, Todo comenzó por el fin demanda la revisión del cinéfilo porque se trata de una película sobre una vida bien vivida: la del propio cineasta, claro, pero también la de sus amigos, incluyendo la corta -y por mano propia- de Caicedo. Y es que mientras haya vida, habrá cine; mientras haya cine, habrá vida.  Y hay, parcero, que vivirla. (***)

Doctor Strange: Hechicero Supremo (Doctor Strange, EU, 2016), de Scott Derrickson. La nueva aventura del Universo Cinematográfico de la Marvel nos presenta a la versión médica de Tony Stark, un tal Stephen Strange (Benedict Cumberbatch, impecable) que tiene que renunciar a su visión materialista del mundo después de sufrir un accidente que lo incapacita para seguir teniendo la cachetona vida de la que gozaba. Viaja a Katmandú, se encuentra con Tilda Swinton pelona -lo mejor de la película, de lejos- y sale de la experiencia convertido en otro super-héroe más, listo para hacer pareja con Thorito y compañía. Más disfrutable de lo que esperaba. Mi reseña, in extenso, en los próximos días por aquí. (**)

El Jeremías (México, 2015), de Anwar Safa. Filmada en Sonora y hablada en perfecto norteño por, en general, un reparto de caras nuevas -que incluye al niño Martín Castro, ganador del Ariel 2016 a Mejor Revelación-, la opera prima de Safa es una agradable comedia familiar bien anclada en la tradición del cine nacional clásico. Un chamaco genio, el Jeremías del título (Castro), tendrá que elegir entre seguir viviendo con su vulgar familia norteña ignorante y telenovelera o irse a vivir a la Ciudad de México, en donde sus talentos podrían ser bien usados. ¿Qué cree usted que va a elegir el tal Jeremías? Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes 28 de octubre. (* 1/2)