lunes, 7 de noviembre de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLV



Un cadáver para sobrevivir (Swiss Army Man, EU, 2016), de Dan Kwan y Daniel Scheinert. Una película bastante pedorra yen más de un sentido. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (+)

Ixcanul (Guatemala-Francia, 2015), de Jayro Bustamante. Vista en Guadalajara 2015 -donde ganaría el Mayahuel a Mejor Película y el premio a Mejor Director- y premiada antes con el Alfred Bauer en Berlín 2015, finalmente ha llegado a la cartelera cultural -entiéndase: Cineteca Nacional y alguna que otra sala afín- la opera prima del cineasta guatemalteco Jayro Bustamente.  
Estamos en alguna zona rural cafetalera de Guatemala, en las faldas de un volcán, el Ixcanul del título. La jovencita María (María Mercedes Coroy) ve cómo su mamá Juana (María Telón) y su papá Manuel (Manuel Antún) han arreglado su matrimonio con el viudo Ignacio (Justo Lorenzo), un capataz en la finca cafetalera en donde todos ellos trabajan. Sin embargo, María tiene otros planes: entregarse a Pepe (Marvin Coroy), un muchacho de su edad que ya mero se va a Estados Unidos que, según él, está ahí nomás, pasando el volcán, después de algún rancho llamado México.
Aunque por el escenario, el lenguaje -la cinta está hablada casi en su totalidad en maya- y por el uso de actores no profesionales, Ixcanul puede parecer un mero ejercicio de curiosidad etnográfica, el guion escrito por el propio cineasta evita buena cantidad de clichés condescendientes. María, por ejemplo, no es ninguna víctima pasiva -de hecho, es ella la que muestra iniciativa en varias ocasiones-, su madre no es mera guardiana de la tradición sino una mujer pragmática y lo que sucede en la segunda mitad del filme no termina en la denuncia social facilona.  (**)

Paulina (La Patota) (Argentina-Brasil-Francia, 2015), de Santiago Mitre. Otra galadonada película latinoamericana -en este caso, ganadora del FIPRESCI y del premio de la Semana de la Crítica en Cannes 2015- que finalmente llega a la cartelera cultural mexicana. 
La Paulina del título (Dolores Fonzi, Mejor Actriz en los Fénix 2015) es una idealista joven de clase alta que renuncia a todos sus privilegios -está a punto de graduarse de su doctorado, su papá es un influyente juez, vive en condiciones socioeconómicas envidiables- para irse a dar clases a una lejana escuela rural en la frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay. Ahí, cierta noche, la muchacha es violada por un grupo de cinco jóvenes, algunos de ellos asistentes a las clases de Paulina. La forma en la que reacciona la mujer violada es el ambiguo, discutido y discutible centro argumental del segundo largometraje de Mitre, que ya había demostrado su talento con su temprana obra mayor El estudiante (2011).
Paulina es el remake de un clásico del cine argentino, La patota (Tinayre, 1960) que parte de una premisa idéntica -una joven de clase alta, católica, ganadora de una medalla de oro en filosofía, Paulina Vidal (Mirtha Legrand) acepta un trabajo como profesora en un barrio bajo de Buenos Aires, en donde es violada por uno de sus propios estudiantes- aunque las razones de la protagonista del primer filme están justificados por un cristianismo radicalmente puro. La Paulina de 1960 cree en la redención, en el perdón, en la posibilidad del espacio común. Cree, pues, en la comunión, en el más amplio sentido del término. A su modo, se trata de una mujer admirable, enfrentada a un padre que parece haber salido del "Washington Square" de Henry James.
En contraste, los razones de la Paulina de 2015 para tomar la decisión que toma son, como ya lo anoté, mucho más ambiguas y, para bien y para mal, también lo es el filme de Mitre. La reacción de Paulina ante el abuso que sufre de parte de esos muchachos -y luego, de la policía, en el interrogatorio y en la posterior investigación- es incomprensible para su padre (Óscar Martínez), para su novio (Estebán Lamothe) y, al final de cuentas, para el propio espectador.
Aquí radica la provocación de Mitre en esta relectura de la Paulina de 1960: es ella, la mujer violada, no la policía, no el padre, no el novio, quien es dueña de su cuerpo y de sus decisiones. Por los motivos que sean, tenga o no tenga la razón. Y creo que no la tiene. Pero ni modo: acaso, a mi edad, soy más cercano al viejo padre de Paulina. (***)