jueves, 20 de julio de 2017

37 Foro de la Cineteca... en unas líneas



Hace unos días inició el 37 Foro de la Cineteca y por acá estaré listando las películas programadas que ya vi, en orden de preferencia. ¿Que qué significan los astericos y las crucecitas? A la derecha la explicación...

La libertad del diablo (México, 2017), de Everardo González. ¿La mejor película de Everardo González hasta el momento? No lo sé: en todo caso, la más necesaria en el México en el que vivimos. Mi crítica in extenso, por acá. (***)

Paterson (Ídem, EU-Alemania-Francia, 2016), de Jim Jarmush. ¿Cómo trabaja un poeta? ¿Qué hace para escribir? ¿De dónde le llega la inspiración? De esto trata el más reciente largometraje de Jim Jarmush,centrado en el Paterson del título (Adam Driver), un chofer de autobús que vive, precisamente, en Paterson, Nueva Jersey, lugar de nacimiento del gran poeta William Carlos Williams.
Paterson vive la vida con serenidad, siguiendo sus rutinas diarias, lidiando con su "dañoso" bulldog inglés, su inquieta mujer emprendedora (Golshifteh Farahani) y visitando cada noche un bar cercano. Paterson camina por la vida con todos los sentidos abiertos, esperando que la vida le dé la oportunidad de crear poesía. Y si un día no se puede, mañana será otro día. Y mañana otro. Y siempre habrá un cuaderno que llenar de garabatos. En una de esas, esos garabatos son poesía. (***)

El discípulo ((M)uchenik, Rusia, 2016), de Kiril Serebrennikov. Un joven preparatoriano, Venya (Petr Skvortsov), desafía a su trabajadora madre divorciada (Julia Aug), a su profesora de biología Elena (Victoria Isakova) y a todos sus compañeros de escuela a través de una feroz e incansable evangelización cristiana-conservadora. Así, logra que se prohíban los bikinis en las clases de natación, le dice a su madre que es una adúltera porque se divorció de su padre, le echa en cara al cura de la escuela su falta de compromiso con el Señor y cuestiona las enseñanzas científicas de Elena.
Una de las películas más exasperantes que he visto en mucho tiempo. La sátira social hinca sus dientes a través de los personajes que rodean a los rivales Venya y Elena -esa directora de escuela borracha que le gana la risa, esa profesora de historia nostálgica del stalinismo, esa madre desconcertada que sin embargo no deja de proteger a su hijito- y a través de las acciones del fanatizado jovencito que a ratos parece buscar el martirio pero que, en realidad, añora convertirse en un implacable victimario. (***)

Kaili Blues (Ídem, China, 2015), de Bi Gan. Aunque demasiado enamorado de sí mismo y de sus recursos fílmico-visuales, el debutante Bi Gan demuestra aquí ser un cineasta listo para grandes proyectos. Estamos ante una suerte de relato de raigambre borgiana -mitad sueño, mitad recuerdos- en el que un médico de la Kaili del título, Sheng Chen (Yongzhong Chen) viaja a otro lugar de China -por tren, por moto, por moto, a pata- para rescatar a su pequeño sobrino, que fue mandando allá por su desobligado padre, hermano de Chen. 
El dominio de Gan de sus recursos cinematográficos es total: elegantes paneos todoabarcadores, manejo del impecable del encuadre con aparición de espejos fassbinderianos y un plano secuencia perfectamente coreografiado de más de 40 minutos que sería la envidia de Lubezki e Iñárritu. Acaso la cinta es demasiado elusiva en su historia, pero esto es más una característica que un defecto. Incluso con sus vaguedades narrativas, Kaili Blues es, acaso, el descubrimiento de este 37 Foro. (**)

Casa Roshell (México-Chile, 2017), de Camila José Donoso. La casa Roshell del título es un bar gay que es regenteado por la indómita Roshell Terranova, una soberana mujer trans (o travesti, pues) que, ni modo, tiene la voz del Víctor Trujillo de la Beba Galván pero un swing genuinamente arrobador -si lo duda, vea cómo interpreta el clásico "Soy lo prohibido".
Se trata de un meritorio documental -¿o una ficción documentalizada o una docuficción o...?- en el que conocemos tanto a las mujeres trans que atienden en la casa Roshell como a sus marchantes, hombres que que buscan "otro tipo de mujer" -eso dicen-, bisexuales o, de plano, abiertamente homosexuales. La música que acompaña a este filme ("Arráncame la vida", Julio Jaramillo) no podría haber sido elegida con mayor tino. (**)

Yo, Olga. Historia de una asesina (Já, Olga Hepranová, República Checa-Polonia-Francia-Eslovaquia, 2016), de Petr Kazda y Tomás Weinreb. Un 10 de julio de 1973, la alienada veinteañera lesbiana Olga Hepranová (Michalina Olszanska) tomó un automóvil, se dirigió al centro de Praga y atropelló a una veintena de personas que esperaban el camión, asesinando a ocho. 
Este filme, dirigido a cuatro manos por Kazda y Weinreb, nos entrega la desdamatrizada crónica de la vida de la última mujer condenada a muerte en la entonces Checoslovaquia. Impecablemente fotografiada por Adam Sikoria, que privilegia las tomas estáticas y sostenidas, con algunos paneos mínimos, la cinta termina resultando tan alienada de su personaje como la propia Olga de la opresiva y burocrática sociedad en la que creció, mató y murió. Olszanska tiene grandes momentos, pero tengo la sensación que fue dejada al garete por sus directores. (* 3/4)

El limonero real (Argentina, 2016), de Gustavo Fontán. En algún lugar del interior rural argentino, un hombre (el siempre bienvenido Germán de Silva, que le da verosimilitud a cualquier personaje que interpreta) deja a su mujer en su casa y, por el río, se dirige a festejar el Año Nuevo con la familia de ella. La mujer sigue de luto -el hijo de ambos murió hace seis años en Buenos Aires- y desde entonces no ha podido sobrepasar el dolor. El hombre, por su parte, parece haber encontrado una suerte de paz a partir de algo que le sucedió en el árbol de limones reales del título. La cinta estpa impecablemente realizada, sin duda, pero la anécdota es mínima y no logra sostener el interés durante todo el filme.  (-)

Viejo calavera (Bolivia-Qatar, 2016), de Kiro Russo. Elder (Julio Cézar Ticona) es un joven alcohólico y malandro que, después de que muere su padre, es regresado de La Paz hacia la precaria casa familiar en el interior de Bolivia, para trabajar en las minas, bajo el cuidado de su tío-nino Francisco (Narciso Choquecallata).
La película, interpretada por mineros de verdad, ha ganado varios premios en el circuito festivalero latinoamericano y europeo -BAFICI, Cartagena, Río de Janeiro, IndieLisboa, Locarno- pero debo confesar que no comparto las razones para ello, aunque las entiendo: hay algo de morbosamente fascinante en acercarse a un modo de vida -el de los explotados mineros bolivianos- que nunca conoceremos en la realidad. 
Un cine hecho para el morbo festivalero, parafraseando al implacable mayordomo de Por meterse a redentor (Sturges, 1941). Eso sí, el trabajo fotográfico de Pablo Paniagua es notable. (-)

Nocturno (2016),  de Luis Ayhllón. Oliverio (Juan Carlos Colombo) un hombre muy enfermo, agonizante, es dejado por su mujer en manos de Ana (Irela de Villers), una correosa enfermera profesional. Muy pronto queda claro que Ana está ahí, en realidad, por otras razones. No voy a revelar la vuelta de tuerca -demasiado arbitraria para mi gusto-, pero baste decir que los pocos aciertos del filme -por ejemplo, algunos diálogos bastante agudos, cierta escena en la que uno de los hijos (Ari Brickman) visita a Oliverio- terminan ahogados en una segunda parte de pura sordidez pseudo-ripsteniana en el que aparecen -mediante animación del también cinefotógrafo Alex Argüelles- una violación infantil, un asesinato, un incesto y otras linduras de este tipo. (+)

martes, 18 de julio de 2017

Melanie: Apocalipsis zombie



Según cuenta Robert Graves (“Los mitos griegos”, tomo I, pp.177-178, Alianza Editorial, 1985), Pandora fue mandada hacer por Zeus para vengarse de Prometeo, que se había robado el fuego del Olimpo para dárselo a los humanos. Esta mujer hecha de arcilla, “la más bella jamás creada”, fue enviada como regalo a Epimeteo, el hermano de Prometeo, quien se casó con ella contra el consejo de su hermano, castigado y torturado cruelmente por Zeus.
Pandora era tan “tonta, malévola y perezosa como bella, la primera de una larga casta de mujeres como ella”. Por lo mismo, a pesar de que se le había advertido no abrir cierta caja, la primera mujer según los griegos la abrió, liberando todos los males que Prometeo había mantenido alejados de la humanidad: “la Vejez, la Fatiga, la Enfermedad, la Locura, el Vicio y la Pasión”. Sin embargo, al fondo de la caja se encontraba también “la Esperanza Engañosa” que disuadió a los humanos “con sus mentiras de que cometieran un suicidio general”.
Este celebérrimo y misógino mito del origen de todos los males de la humanidad –primo hermano de su similar judío, con la curiosa y desobediente Eva como protagonista- se cuenta, en versión un poco más positiva, al inicio de Melanie: Apocalipsis zombie (The Girl of All Gifts, GB-EU, 2016). 
El escenario es un salón de clases, la maestra es la empática profesora Helen Justineau (Gemma Atterton) y los pupilos son una veintena de niños que asisten muy bien portaditos a la sesión. En realidad, no les queda de otra: los chamacos están amarrados a una silla de ruedas, no tienen movilidad en ninguna de sus extremidades y hasta su cabeza está sujeta a la silla para evitar que puedan hacer algún movimiento brusco.
El guion original de Mike Carey –y sí, es original, porque este guion y una novela homónima fueron escritos simultáneamente- nos instala así, in media res, en una situación sin precedentes. ¿Por qué los niños son tratados de esa manera? ¿Por qué están prisioneros en una especia de cárcel militar? ¿Por qué los soldados que los llevan y traen de sus celdas les apuntan con sus armas directamente a la cabeza?
El título en español le quita todo el misterio a estas primeras escenas: estamos en un escenario post-apocalíptico, hay zombis por donde sea –aunque en realidad, se trata más bien de “infectados” al estilo de Exterminio (Boyle, 2002) y no de los lentos zombis tradicionales de los filmes del ya extrañado George A. Romero- y los niños están ahí porque una tal doctora Caldwell (Glenn Close, cerebral y ñacañaquesca) está experimentando con ellos para fabricar una vacuna.
Melanie (extraordinaria Sennia Nanua), la niña protagonista del título en español –y todos los demás chamacos en esa cárcel digna de Día de los muertos vivientes (Romero, 1985)- son una suerte de mutantes zombis que adquirieron la infección directamente de sus madres, a través del útero. Son, pues, una especie de “infectados de segunda generación”, como dice en algún momento Caldwell. Son también, se entiende, la última esperanza para salvar a la humanidad.
El segundo largometraje dirigido por el prolífico realizador televisivo británico Colm McCarthy sigue, en general, los convencionalismos del género con bastante fidelidad. Es decir, el guion de Carey termina centrándose en un grupo de sobrevivientes que van de un lugar a otro para cumplir con un objetivo, solo que esta vez hay un zombi –o una niña medio-zombi- en el equipo. En el aspecto formal, McCarthy se muestra, además, suficientemente capaz para montar las varias escenas de acción y de horror gore que la fórmula exige.
Lo que separa al filme del resto de reciclados zombis de nuestra época es, por un lado, el espléndido reparto que rodea a la casi debutante Nanua y, por el otro, la capciosa relación que tiene la historia de Carey con el mito griego ya señalado. Melanie es, en efecto, una suerte de nueva Pandora –aunque no es nada tonta ni perezosa- que puede que sea la portadora de todos los males habidos y por haber pero, también, representa la última esperanza de la humanidad. Aunque, ¿de qué humanidad estamos hablando? 

domingo, 16 de julio de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLI




La danza del hipocampo (México, 2014), de Gabriela Domínguez Ruvalcaba. A través de fotografías y películas caseras de distintos formatos (de Súper 8 a digital pasando por VHS), la directora novel Domínguez explora no solo sus propios recuerdos, sino el pasado familiar, antes de que ella naciera, en San Cristóbal de la Casas.
Así pues, examina los orígenes de la mitad de su familia, en Durango, desde los antiquísimos Súper 8 tomados o rescatados por su "alma gemela", el obseso por la imagen Tío Beto, hasta llegar a los propios vídeos que ella misma tomó en los primeros días de enero de 1994, en pleno levantamiento zapatista. Las preguntas planteadas en off por Domínguez al inicio de su filme (¿Pasa el pasado? ¿A dónde se va lo que se fue? ¿Por qué recordamos?) le sirve de pretexto a la directora para construir un fascinante ensayo verbal/visual sobre el funcionamiento del cerebro y de lo (poco) que sabemos acerca del proceso de recordar.
La cineasta elige siete momentos claves de su vida y se sumerge en esos recuerdos -que si un legendario columpio hecho por su papá, que si el trabajo en los estudios de cine de Durango del Tío Beto, que si el primer beso que le supo a fresa- aunque, al final de cuentas, no sabrá si todo esos son recuerdos reales o construidos en su imaginación. 
Un ensayo documental que termina con el mejor dictum vitalista posible: para poder recordar, hay que vivir. Solo viviendo se mantiene la memoria. Y no todos los recuerdos tienen que pasar por el lente de una cámara. Un buen filme criminalmente ninguneado en su momento. (** 1/2)

Un don excepcional (Gifted, EU, 2017), de Marc Webb. Muy competente melodrama dirigido por el otrora realizador indie Webb (500 días con ella, 2009) en el que un devoto tío soltero (Chris Evans, sin uniforme de Capitán América) se sacrifica para criar a su sobrinita genia matemática (simpática McKenna Grace) en contra de los deseos de la maléfica abuela (Lindsay Duncan). Todo lo convencional que usted puede esperar, pero bastante visible por el reparto y la vivacidad de los diálogos. Mi crítica en la sección Primera Fila del diario Reforma del viernes pasado. (* 1/2) 

Melanie: Apocalipsis zombie (The Girl of All Gifts, GB-EU, 2016), de Colm McCarthy. El título en español le quita todo el misterio a esta sólida cinta de género: estamos en un escenario post-apocalíptico zombiesco en el que la Melanie del título en español (Sennia Nanua, extraordinaria), una niña medio zombie, representa la última esperanza para la humanidad. Mi crítica, in extenso, en los próximos días. (** 1/2)

miércoles, 12 de julio de 2017

Spider-Man: De regreso a casa


-"Michael, muéstrale a este chamaco cómo actuar, a ver si aprende algo"



Y aquí vamos de nuevo. En 15 años, Peter Parker aka “el amistoso vecino Hombre Araña” ha sido lanzado en tres ocasiones. La primera –y más memorable- en el tríptico dirigido por Sam Raimi y protagonizado por Tobey Maguire en 2002-2004-2007, la segunda –de forma bastante aceptable- en el díptico de 2012-2014 dirigido por Marc Webb y con Andrew Garfield como el súper-héroe arácnido y, la tercera –y seguramente no la última- con el desconocido Jon Watts dirigiendo al veinteañero inglés Tom Holland como Parker. En otras palabras, he aquí Spider Man: De regreso a casa (Spider Man: Homecoming, EU, 2017).
Esta nueve iteración arácnida tiene un objetivo claro –además de ganar todo el dinero posible, por supuesto-: unir al héroe “terrenal” Peter Parker con el resto de los personajes de la casa Marvel, como lo prometía el cameo de Spidey en el bodriazo Capitán América: GuerraCivil (Hermanos Russo, 2016). Así pues, en esta ocasión, Tony Stark/Iron Man (Robert Downey Jr.) es un personaje secundario clave en el desarrollo del Hombre Araña, el Capitán América (Chris Evans) aparece en más de una ocasión en unos paródicos vídeos instruccionales, y la cinta está llena de referencias a otros personajes del Universo Cinematográfico de la Marvel –que si la Viuda Negra, que si Hulk, que si Thorito…
Lo cierto es que, a pesar de todo lo anterior, en Spider Man: De regreso a casa la historia de Peter Parker sigue siendo, por fortuna, la historia de Peter Parker: la de un adolescente clasemediero del Queens criado por su –en este caso- guapísima tía May (Marisa Tomei, desperdiciada), que sufre los inevitables problemas para encajar en la compleja fauna preparatoriana y que empieza a descubrir, con más entusiasmo que efectividad, cómo usar sus súper-poderes. La media docena de guionistas responsables de la historia parecen haber tenido muy claro cuál debería ser el corazón cómico/dramático de la cinta: el de una película que funciona, desde el inicio y hasta su desenlace, como una simpática historia de crecimiento juvenil al estilo de John Hughes cuyo cine, de hecho, se homenajea directamente en alguna escena.
El director Watts se muestra lo suficientemente apto para manejar tanto a su extenso reparto juvenil –el rapport entre Peter y su camarada nerd Ned (Jacob Batalon) es intachable, Zendaya se roba cada escena en la que aparece como la hosca y rebelde Michelle (¿futura novia de Parker?)-, así como al veterano de prestigio a quien le fue encargado interpretar al villano del filme. En este sentido, el siempre bienvenido Michael Keaton encarna a un maloso razonablemente humanizado, un constructor que, echado a un lado por los poderosos de siempre –es decir, los ricachones como Tony Stark y los despóticos burócratas federales-, decide iniciar su propio negocio de venta de armas, aprovechándose de la chatarra dejada por los aliens de alguna cinta anterior de los Avengers. El Adrian Toomes de Keaton es el villano perfecto para nuestra desencantada época: un tipo serio y trabajador que termina inclinándose a lo peor de sí mismo por un genuino resentimiento de clase –si no fuera porque está casado con una mujer afroamericana, sería el perfecto votante trumpista.
Por supuesto, la película no funciona bien todo el tiempo: la duración es francamente excesiva (¿133 minutos, en serio?) y la pelea final es la monserga de siempre –confusa y sin genuino sentido cinematográfico-, pero estos defectos terminan siendo menores ante el consistente buen humor de la cinta -con todo y una hilarante escena postcréditos- y un reparto que, en general, logra trascender las limitaciones de la fórmula.
La verdad, mientras Spidey siga siendo el “amistoso vecino” clasemediero de siempre, será bienvenido desde esta trinchera. Lo malo es que, probablemente, no tarda en convertirse en ooootro personaje más del interminable Universo Cinematográfico de la Marvel y todo se irá al caño. Mark my words.

lunes, 10 de julio de 2017

Ariel 2017: preferencias




Mañana martes se entrega el Ariel y acá está la lista de mis preferencias y no de mis predicciones, porque no tengo idea cómo votaron los miembros de la Academias de Artes y Ciencias Cinematográficas de México. En cada categoría, me gustaría que ganaran...

Película: Tempestad.

Actor: José Carlos Ruiz, por Almacenados. (O Gael García Bernal por Me estás matando, Susana).

Actriz: Claudia Saint-Luce, por La caja vacía. (O Verónica Langer, por La caridad).

Actor de cuadro: Gerardo Taracena, por La carga.

Actriz de cuadro: Martha Claudia Moreno, por Distancias cortas.

Coactuación femenina: Carmen Beato, por Los parecidos. (O Adriana Paz, por La caridad).

Coactuación masculina: Hoze Alberto Meléndez, por Almacenados. (O Mauricio Isaac González, por Distancias cortas).

Revelación femenina: Camila Robertson Glennie, por Las tinieblas.

Revelación masculina: Luis Silva, por Desde allá (aunque si ganara cualquiera de los otros cuatro nominados estaría bien: acaso la más fuerte de las categorías).

Largometraje documental: Tempestad.

Opera prima: Desde allá.

Película iberoamericana: Una segunda madre.

Cortometraje animado: Los gatos o Elena y las sombras.

Cortometraje documental: Club Amazonas o Memorias del table dance.

Cortometraje de ficción: Australia o Verde.

Dirección: Tatiana Huezo, por Tempestad.

Fotografía: Ernesto Pardo, por La tempestad.

Guion adaptado: Luis Cámara y Roberto Sneider, por Me estás matando, Susana.

Guion original: Tatiana Huezo, por La tempestad.

Diseño de arte: Alisarine Dulocomb, por Las tinieblas.

Edición: Jonás Cuarón, por Desierto.

Efectos especiales: José Manuel Martínez (por Desierto o 7:19)

Efectos visuales: Las tinieblas.

Maquillaje: Los parecidos.

Música: Tempestad o Desierto o Las tinieblas (una categoría muy fuerte).

Sonido: 7:19.

Vestuario: Alisarien Dulocomb, por Epitafio (o Mariana Gandía, por El sueño del Mara'akame).


domingo, 9 de julio de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXL




Graduación (Bacalaureat, Rumania-Francia-Bélgica, 2016), de Cristian Mungiu. Esta cinta, ganadora del premio a Mejor Director en Cannes 2016, está centrada en las tribulaciones de un médico que busca por todos los medios posibles -los buenos y los malos- que su hija no pierda la beca que le han dado en Cambridge. Un drama absorbente que pudo haber sido realizado en México. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (***)

Spider-Man: De regreso a Casa (Spider-Man: Homecoming, EU, 2017), de Jon Watts. Un reboot sorprendentemente efectivo. Estamos ante una cinta de súper-héroes que, al mismo tiempo, funciona como un divertida comedia de crecimiento juvenil con un nuevo Hombre Araña (simpático Tom Holland) y un villano (Michael Keaton) tan resentido como carismático. Es probable que cuando Peter Parker salga rodeado de los demás Avengers, todas las virtudes de esta película se vayan a la goma, como suele suceder con las aventuras sucesivas de la Casa Marvel. Por lo pronto, este episodio arácnido es de lo mejor -sino es que lo mejor, a secas- del Marvel Cinematic Universe. Mi crítica, in extenso, en los próximos días. (** 1/2)

sábado, 8 de julio de 2017

Arielómetro




El próximo martes se llevará a cabo la 59 ceremonia del Ariel y por acá está una lista, en orden cronológico, de mis 15 cintas favoritas ganadoras del premio a la Mejor Película, como sigue:

1. Enamorada (1946), de Emilio Fernández.

2. Una familia de tantas (1948), de Alejandro Galindo.

3. Los olvidados (1950), de Luis Buñuel.

4. Los Fernandez de Peralvillo (1953), de Alejandro Galindo.

5. Robinson Crusoe (1952), de Luis Buñuel.

6. El lugar sin límites (1977), de Arturo Ripstein.

7. Cadena perpetua (1978), de Arturo Ripstein.

8. Veneno para las hadas (1984), de Carlos Enrique Taboada.

9. El callejón de los milagros (1995), de Jorge Fons.

10. La ley de Herodes (1999), de Luis Estrada.

11. Temporada de patos (2004), de Fernando Eimbcke.

12. El laberinto del fauno (2006), de Guillermo del Toro.

13. Luz silenciosa (2007), de Carlos Reygadas.

14. Lake Tahoe (2008), de Fernando Eimbcke.

15. Güeros (2014), de Alonso Ruizpalacios.  

viernes, 7 de julio de 2017

Ariel 2017... en un vistazo




El próximo martes se entrega el Ariel 2017 y, como siempre, acá está la lista de los filmes nominados que vi en orden de preferencia con ligas a críticas, cuando es el caso. Lo que significan los astericos, aquí a la derecha:

Una segunda madre (Que horas ela volta?, Brasil, 2015), de Anna Muylaert. (***1/2)

Tempestad (México, 2016), de Tatiana Huezo. Mi crítica por acá. (***)

Me estás matando, Susana (México-Canadá, 2016), de Roberto Sneider. Mi crítica, acá. (***)

Desde allá (Venezuela-México, 2015), de Lorenzo Vigas. (** 1/2)

Desierto (México-EU, 2015), de Jonás Cuarón. Mi crítica en Reforma. (**1/2)

Las tinieblas (México-Francia, 2016), de Daniel Castro Zimbrón. (** 1/2)

El alien y yo (México, 2016), de Jesús Magaña Vázquez. (**1/2)

La caridad (México, 2016), de Marcelino Islas Hernández. Un comentario, por acá. (** 1/2)

Bellas de noche (México, 2016), de María José Cuevas. Mi crítica en Reforma. (**1/2)

Somos lengua (México, 2016), de Kyzza Terrazas. (** 1/2)

El ciudadano ilustre (Argentina-España, 2016), de Mariano Cohn y Gastón Duprat. (** 1/2)

La caja vacía (México-Francia, 2016), de Claudia Saint-Luce. Mi crítica, acá. (**)

Los parecidos (México, 2015), de Isaac Ezban. Mi crítica, acá. (**)

Almacenados (México, 2015), de Jack Zagha Kababie. Unas líneas por acá. (**)

El sueño del Mara'akame (México, 2016), de Federico Cecchetti. Unos párrafos por acá. (**)

Epitafio (México, 2015), de Yulene Olaizola y Rubén Imaz. Unos párrafos por acá. (**)

Tarde para la ira (España, 2016), de Raúl Arévalo. (**)

7:19: la hora del temblor (México, 2016), de Jorge Michel Grau. Unos párrafos por acá. (**)

La Casa Más Grande del Mundo (México-Guatemala, 2015), de Ana V. Bojórquez y Lucía Carreras. (**)

The Weekend Sailor (México-Canadá, 2016), de Bernardo Arsuaga. (**)

Australia (México, 2016; duración: 29 minutos), de Rodrigo Ruiz Patterson. (**)

Verde (México, 2016; duración: 22 minutos), de Alonso Ruizpalacios. (**)

Club Amazonas (México, 2015; duración: 20 minutos), de Roberto Fiesco. (**)

Memorias de table dance (México, 2016; 11 minutos), de Silvana Lázaro. (**)

Los gatos (México, 2016; duración: 9 minutos), de Alejandro Ríos. (**)

Elena y las sombras (México, 2016; duración: 8 minutos), de César Cepeda. (**)

Fisuras (México, 2016; duración: 20 minutos), de Roberto Fiesco. (**)

La casa de Los Lúpulos (México, 2016; duración; 23 minutos), de Paula Hopf. (**)

La vida inmoral de la pareja ideal (México, 2016), de Manolo Caro. (* 1/2)

La carga (México-España, 2016), de Alan Jonsson. (* 1/2)

La 4a. compañía (México-España, 2016), de Mitzi Vanessa Arreola y Amir Galván Cervera. (*1/2)

Distancias cortas (México, 2015), de Alejandro Guzmán Álvarez. (* 1/2)

Anna (Colombia-Francia, 2015), de Jacques Toulemonde Vidal. (* 1/2)

Taller de corazones (México, 2016; duración: 10 minutos), de León Fernández. (* 1/2)

El tigre y la flor (México, 2016; duración: 16 minutos), de Fabiola Denisse Quintero. (* 1/2)

13, 500 volts (México, 2015; duración: 28 minutos), de Mónica Blumen. (* 1/2)

El ocaso de Juan (México, 2016; duración 17 minutos), de Omar Deneb Juárez. (* 1/2)

Sr. Pig (México, 2016), de Diego Luna. Unas líneas por acá. (*)

Semillas de Guamúchil (México, 2016), de Carolina Corral. (*)

Todo lo demás (México, 2016), de Natalia Almada. Unos párrafos por acá. (-)

Maquinaria panamericana (México-Polonia, 2016), de Joaquín del Paso. Mi crítica en Reforma. (-)

La balada del Oppenheimer Park (México, 2016), de Juan Manuel Sepúlveda. (-)

El cumple de la abuela (México, 2015), de Javier Colinas. Mi crítica en Reforma. (-)

Los aeronautas (México, 2016; duración: 11 minutos), de Leon Rodrigo Fernández. (-)

Ascensión (México, 2016; duración: 9 minutos), de Sam y Davy Giorgy. (-)

Aurelia y Pedro (México, 2016; duración: 16 minutos), de Omar Robles y José Pelmar. (-)

Sin muertos no hay carnaval (Ecuador-México-Alemania, 2016), de Sebastián Cordero. (+)

Tenemos la carne (México, 2016), de Emiliano Rocha Minter. Unas líneas por acá. (++)

martes, 4 de julio de 2017

En linea: Okja



Okja (Ídem, Corea del Sur-Estados Unidos, 2017), sexto largometraje del consolidado cineasta sudcoreano Joo-Ho Bong, ha pasado a la historia por ser la primera cinta producida por Netflix en ser aceptada en la competencia oficial del Festival de Cannes, lo que provocó un par de anécdotas muy menores: 1) que las reglas para la competencia en Cannes cambiaran, pues a partir del año entrante toda película aceptada en el festival tendrá que asegurar una corrida comercial en pantalla grande y 2) que un grupo de asistentes a la función de prensa de Okja en Cannes 2017 abuchearan ruidosamente cuando apareció en los créditos del filme el logo de la "malévola" casa productora. En todo caso, más allá del chismerío cannino, la cinta de Bong se ha estrenado urbi et orbi en Netflix desde el jueves pasado.
En principio de cuentas, hay que apuntar que Okja es una descendiente directa de dos obra mayores y mejores de Bong: El huésped (2006) y El expreso del miedo (2013), pues estamos ante una película con un monstruo en su centro dramático -aunque esta vez se trata de una monstruosa cerda benévola- y que, además, expresa un claro discurso anarquista-humanista que desconfía tanto de las instituciones políticas -en este filme, prácticamente inexistentes- como de las económicas -que, en Okja, son el estandarte de los peores vicios humanos.
La Okja del título es el nombre que su dueña, la adorable adolescente Mija (Seo-Hyun Ahn), le dio a una descomunal cerda que la corporación gringa Mirando le permitió criar a ella y a su abuelo Hee-bong (Hee-bong Byung, el también abuelo de El huésped) en las idílicas montañas del interior sudcoreano. La directora de Mirando Corporation, la insegura ejecutiva rapaz Lucy (Tilda Swinton) -que está en pleito permanente con su maquiavélica hermana Nancy (Swinton otra vez)- ha enviado 26 de estos super-cerdos a 26 granjas alrededor del mundo, con el fin de elegir al mejor puerco de todos, concurso/espectáculo que marcará el inicio del re-lanzamiento de Mirando Corporation como la gran empresa alimenticia del mundo.
Por supuesto, cuando llegue el momento de que Mija se vea obligada a regresar a Okja a Mirando Corp. -con el fin, ya entenderá usted, de convertir a la megacerda en salchichas, chicharrones y carnitas-, la muchachita no aceptará de buen grado esta situación. Así que, como el chamaco abandonado por su padre de E.T. el extraterrestre (Spielberg, 1982), la huérfana Mija hará todo lo posible para salvar a su entrañable mascota.
La referencia a Spielberg no es gratuita: su bien calculado sentimentalismo es de lo mejor de la película -¡esa escena final en el rastro de Mirando Corporation!-, así como esa emocionante persecución en Seúl, con la indomable Mija tratando de encontrar y rescatar a su megacerda.
Sin embargo, no todo en Okja es tan afortunado: la cinta está lastrada por una subtrama inútil -la pelea de las dos hermanas Mirando por la compañía-, un juego actoral disparejísimo -la justeza de la chiquitina Ahn y del viejo Byung choca con un desatado Jake Gyllenhaal en el papel del veterinario histérico Johnny y con la presencia excesiva de la villana Swinton por partida doble-, además de una serie de diálogos sobre-explicativos alrededor de los fanáticos militantes de cierto Frente de Liberación Animal liderado por el atildado y tranquilo Jay (Paul Dano en el papel de Paul Dano).
El resultado de este batidillo es una película frustrante: no es enteramente fallida, es cierto, pero sí resulta molesto ver cómo los mejores momentos se agotan muy rápido –las escenas de acción en Seúl- o llegan demasiado tarde –ese conmovedor desenlace que, por un momento, hizo que, ¡Jesús Sacramentado! pensara en convertirme en vegano.
Lo bueno es que esto último se me pasó muy pronto.

lunes, 3 de julio de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXXIX



Tras la tormenta (Umi yori mo mada fukaku, Japón, 2016), de Hirokazu Koreeda. El más reciente largometraje del maestro Koreeda es otra notable shomin-geki (o melodrama de clase media) centrada en un padre de familia divorciado cuyo talento "es de los que florece tarde", pues no puede pagar a tiempo la pensión alimenticia a su exesposa y solo ve a su hijito una vez al mes. Como es común en el mejor cine de Koreeda, la cinta se queda rezumando en la memoria mucho tiempo después de haberla visto. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del pasado viernes. (***)

Cercas (Fences, EU, 2016), de Denzel Washington. Cuando ya tiene tiempo de estar disponible legalmente en la red -para ser concretos, en Cinepolis Klic, con el título de Barreras-, la Cineteca ha estrenado en pantalla grande el tercer largometraje como director de Denzel Washington.
Se trata de la reverente adaptación cinematográfica de la obra teatral homónima ganadora del Pulitzer escrita por August Wilson, estrenada en 1985 y ganadora del Tony a Mejor Obra en 1987. La adaptación es tan fiel que, de hecho, en los créditos aparece el propio Wilson como guionista, a pesar de que el dramaturgo murió en el 2005. El mensaje de Washington, el protagonista y director, es claro: el respeto a la pieza original está por encima de todo.
Esto, por supuesto. provoca que el filme parezca no tanto un teatro filmado -una tontería: solo que la cámara no cambiara nunca de lugar- sino, en todo caso, un tele-teatro mucho más interesado en el respeto absoluto a la fuente original y a sus actores que en cualquier otra cosa. El resultado es una cinta visualmente monótona que, de cualquier forma, termina resultando hipnotizante gracias a un notable cuadro de actores.
Washington -que interpretó al protagonista en teatro y ganó un Tony por ello- es Troy Maxson, un resentido recolector de basura que vive en el Pittsburgh de los años 50 recordando sus pasadas glorias deportivas, cuando llegó a ser un buen bateador en las Ligas Negras, poco tiempo antes de que Jackie Robinson abriera las puertas para la integración racial en Grandes Ligas. Troy trabaja sin descanso, le lleva el sustento a su sufrida segunda esposa Rose (Viola Davis, justicieramente ganadora del Oscar 2017 por este papel), se echa unos alcoholes con su fiel camarada y vecino Bono (Stephen Henderson) en el patio de su casa -al que rodea las cercas del título-, lidia con su hermano dañado mentalmente por la guerra Gabriel (Mykelti Williamos) y le hace la vida imposible a sus dos hijos, el mayor Lyons (Russell Hornsby), dedicado a la música y nacido de su primer matrimonio, y el joven Cory (Jovan Adepo), hijo también de Rose, quienes resultan ser unas decepciones constantes para el siempre agresivo y demandante Troy.
Aunque la película está centrada en el frustrado protagonista masculino, bien interpretado por un carismático Washington, el personaje y la actriz que tiene la última palabra es la Rose de Viola Davis, que va despertando lentamente de su supuesto letargo existencial hasta llegar a las explosivas escenas finales que comparte tanto con Troy como con el hijo pródigo Cory que, apenas hacia el final, llega a empezar a entender a su madre, su relación con su difícil padre y la elección que ha hecho de vida. Hasta ese momento Cory entiende que la palabra víctima no le hace ninguna justicia. Ni a Rose ni a Viola. (**)

domingo, 2 de julio de 2017

En línea: Mujeres del siglo XX



Estoy convencido que la pobreza de la distribución fílmica en nuestro país se debe, por un lado, a una dinámica tecnológica/económica imparable –el derrumbe de los tiempos en las distintas ventanas de distribución, la lenta pero segura preeminencia del streaming para el consumo de contenidos audiovisuales televisivos/cinematográficos-, pero también, por otra parte, a una simple pereza de nuestros distribuidores nacionales.
Véase el caso una película estadounidense que, a pesar de haber recibido muy buenas críticas y hasta una nominación al Oscar 2017, no mereció distribución comercial en pantalla grande en nuestro país. No importa que el filme presuma un excelente reparto y que, incluso, se trate de una cinta accesible para el gran público. Por alguna razón que desconozco –pero que, sospecho, en este caso es simple pereza y la aversión de tomar el mínimo riesgo-, la película no llegó a México.
La cinta en cuestión es Mujeres del siglo XX (20th Century Women, EU, 2016), una sólida película femenina/feminista que ya está disponible para su revisión en el sitio web de Cinepolis Klic por solo 40 pesitos. 
Nominada al Oscar 2017 a Mejor Guion Original, Mujeres del siglo XX está ubicada en Santa Barbara, California, en 1979 y tiene como narrador en off a Jamie (Lucas Jade Zumann), un adolescente de 15 años que vive, sin figura paterna a la vista, en una enorme casa en perpetua renovación, al lado de su más que madura madre liberal Doroteha (Annette Benning) que, para completar el gasto, renta un par de habitaciones a una suerte de chalán hippioso llamado William (Billy Crudup) y a una joven fotógrafa convaleciente de cáncer, Abbie (Greta Gerwig). El cuadro de personajes lo completa la aventada adolescente Julie (Elle Fanning), que no vive ahí, pero que acostumbra escalar hacia la habitación de Jamie para dormir platónicamente con él. O sea, nomás para dormir.
El pretexto que detona la acción cómico-dramática de la cinta es la enorme diferencia generacional entre la Dorothea y su hijo Jamie –ella nació en plena Depresión, el chamaco a mediados de los años sesenta-, por lo que ella le pide ayuda a la feminista Abbie y a la precoz Julie que le ayuden a “educar” a su hijo.
Como en su anterior cinta, Beginners, así se siente el amor (2010), el cineasta/guionista Mike Mills se muestra más interesado en la descripción del carácter moral de sus personajes que en cualquier otra cosa. Y en este caso, como el nombre del filme lo indica, la película está centrada en esas tres mujeres del siglo XX de distintas generaciones –la mujer de la Depresión, la joven baby-boomer Abbie, la adolescente sesentera Julie- y cómo las ve el hombre que vive en medio de ellas, el ocasional narrador en off Jamie.
Sin embargo, Mills es demasiado buen guionista para convertir a Jamie en el único filtro por el que conocemos y analizamos a todos estos personajes: su voz –que, de hecho, es la voz del propio cineasta, apenas disfrazada- es alternada con la de Dorothea que, a lo largo del filme, nos informará de su pasado y hasta de su futuro, cual juego narrativo cortazariano, en el que madre e hijo funden sus voces para contar una historia común que, por la diferencia de perspectivas, resultará ser tan diferente. Pero es lo que sucede siempre: padres e hijos compartimos la misma historia y, al mismo tiempo, vivimos en épocas muy distintas. 

domingo, 25 de junio de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXVIII



El Paso (México, 2015), de Everardo González. Visto en Morelia 2015, este documental dirigido por el siempre confiable Everardo González adquiere dolorosa pertinencia con el reciente asesinato del camarada Javier Valdez o el escándalo del espionaje presumiblemente gubernamental a periodistas, críticos y activistas.
El paso es un justo testimonio sobre dos periodistas que, amenazados de muerte por el narco, decidieron cruzar la frontera para vivir como refugiados políticos en Tejas. Uno de ellos, de Ciudad Juárez, está luchando por conseguir la residencia, mientras el otro, de la zona de la Laguna, ya la tiene. Se trata del documental más sencillo y convencional que ha dirigido González hasta el momento, pero los testimonios que recoge son de extrema valía e, insisto, de dolorosa pertinencia. (**)

Las hijas de Abril (México, 2017), de Michel Franco. El quinto largometraje de Franco -y ganador del Premio Especial del Jurado en Una Cierta Mirada en Cannes 2017- puede significar un cambio de rumbo en la sólida filmografía multipremiada del aún joven cineasta. Mi crítica en la sección Primera Fila del viernes pasado de Reforma. (**)

Matar un hombre (Chile-Francia, 2014), de Alejandro Fernández Almendras. Un gran thriller moral hitchcockiano que pude ver en Guadalajara 2014 y que, increíblemente, se fue con las manos vacías en ese festival. Esos jurados... Mi crítica in extenso por acá. (***)

domingo, 18 de junio de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXVII



El hombre que vio demasiado (México, 2015), de Trisha Ziff. El Mejor Largometraje Documental en el Ariel 2016 presume  una puesta en imágenes muy elegante -cámara de Felipe Pérez Burchard, edición de Pedro G. García- y un personaje central, el fotógrafo de nota roja Enrique Metinides, francamente inolvidable.
Metinides inició desde niño tomando fotografías de accidentes como si fuera un hobby cualquiera -pero, ¿quién tiene un hobby así?- y se convirtió en uno de los fotógrafos (¿o en El Fotógrafo?) de nota roja más importantes de México, trabajando medio siglo en La Prensa. La historia es fascinante, Metinides es oportunamente memorioso (acaso de más, como uno lo intuye), extremadamente articulado, y su presencia misma es muy simpática: la de una suerte de gnomo siempre dispuesto a dibujar una sonrisa cómplice en su rostro. 
Y, por supuesto, al final de cuenta están sus fotos, grotescas y bellas a la vez. Es muy difícil verlas, pero cuando uno posa la mirada sobre ellas, es más difícil dejar de mirarlas. (** 1/2)

Ella es un monstruo (Colossal, EU-Canadá-España-Corea del Sur, 2016), de Nacho Vigalondo. Esta extravagante cruce entre un woman's film tradicional -una mujer tratando de salir de un ciclo existencial tóxico- y una kaiju-movie -con todo y monstruo enorme suelto destruyendo media Seúl- cuenta con la atractiva presencia de Anne Hathaway en el papel protagónico y una serie de vueltas de tuercas que cumple bastante bien tanto con el melodrama como con el cine de monstruos gigantescos. Mi crítica en la sección Primera Fila del periódico Reforma del viernes pasado. (** 1/2)

La tortuga roja (La tortue rouge, Francia-Bélgica-Japón, 2016), de Michael Dudok de Wit. El primer largometraje animado del ganador del Oscar 2001 (por su corto animado Father and Daughter/2000) Dudok de Wit es producida por la reverenciada casa Ghibli, la misma del retirado Hayao Miyazaki.
Un náufrago llega a una pequeña y paradísiaca isla (modelada a partir de las Islas Seychelles, aparentemente) de la que intenta escapar en tres ocasiones, fabricando una balsa de bambú, solo para ver que en cada uno de esos intentos, la balsa es destruida por una enorme tortuga roja que parece no querer que el hombre salga de ese lugar. 
Al final de cuentas, el hombre se queda en la isla y hace pareja con una misteriosa mujer pelirroja que aparece en la playa, con la que termina procreando un hijo. En efecto, el hombre ha alcanzado el paraíso en la tierra (o en la isla, pues), pero nada es para siempre, pues el ciclo de la vida tendrá que cumplirse tarde o temprano.
La animación tradicional a mano de Dudok de Wit presume un fascinante manejo de los colores -gris, verde, amarillo, rojo, turquesa- con el que trata de transmitir la inasible belleza natural en la que sobrevive nuestro protagonista, primero solo y luego con su encantadora y primigenia familia nuclear.
El carácter alegórico del relato -me recordó el clásico La isla desnuda (Shindo, 1960), solo que en versión luminosa, en más de un sentido- está subrayado por el hecho de que no hay diálogo alguno en todo el filme, aunque la historia está acompañada por música ad hoc -una partitura a veces demasiado invasiva de Laurent Perez del Mar- y un fascinante diseño sonoro, responsabilidad de Bruno Seznec. (** 1/2)

Un hombre gruñón (En man som heter Ove, Suecia, 2015), de Hannes Holm. Una sentimental dramedy que cuenta con una sólida actuación protagónica de Rolf Lasgard como el hombre gruñón del título en español, el Ove del título original en sueco.
El tal Ove, de 59 años de edad, decide quitarse la vida a raíz de ver morir de cáncer a su adorada y sufrida esposa y después de ser despedido de su trabajo ferrocarrilero, después de 43 años de chamba, por los malvados burócratas "de camisas blancas" que nunca faltan en este tipo de situaciones. Sin embargo, sus intenciones suicidas son interrumpidas por los nuevos vecinos, quienes acaban de llegar a molestar a tan serio y concienzudo suicida.
Como otro anciano gruñón similar -el Clint Eastwood de la muy superior Gran Torino (Eastwood, 2008)-, el tal Ove demostrará que viejo que ladra (y grita "idiota" a la menor provocación) no muerde y más aún cuando entabla una reticente relación afectiva con la vecina embarazada de origen iraní Parvaneh (Bahar Pars) a la que incluso le enseñará a manejar y de quien terminará resultando una suerte de refunfuñante figura paterna y abuelo no oficial de las dos hijitas de la joven mujer. 
Todo el asunto es bastante convencional, sin duda alguna, pero también es lo suficientemente agradable para terminar viéndola hasta el previsible final. La cinta estuvo nominada al Oscar 2017 a Mejor Película en Idioma Extranjero. (* 1/2)