miércoles, 15 de marzo de 2017

Guadalajara 2017/V



Dicen por ahí que la mitad de una buena película documental está en la elección del tema y, especialmente, de los protagonistas. Del carisma de ellos, a veces, depende el éxito del filme. Eso sucede, en gran medida, con dos documentales en competencia en Guadalajara 2017. 
Día de visita (México-Estados Unidos, 2016), segundo largometraje de la periodista y cineasta estadounidense Nicole Opper (opera prima nominada al Emmy 2009 Off and Running/2009, no vista por mí) es un sólido filme humanista, centrado en las loables actividades de IPODERAC (Instituto Poblano de Readaptación, A.C.), una asociación civil poblana dedicada a insertar en sociedad a niños en situación de calle.
Aunque en el documental aparecen cuatro chamacos de distintas edades, entre los 11 y los 18, el protagonista resulta ser el carismático Juan Carlos, un muchacho de 16 años que salió de su casa debido a las golpizas que le propinaba su madrastra ante la complacencia -o por lo menos apatía- de su padre. 
Juan Carlos tiene dos años en IPODERAC y con la ayuda de un equipo que, por lo menos en el documental, se ve tan profesional como empático, el muchacho empieza a construir una imagen de sí mismo y una idea de lo que quiere ser/hacer en el futuro cercano. La piedra en el zapato sigue siendo el día de visita del título: desde que está en IPODERAC, Juan Carlos nunca ha sido visitado por su padre al que, de hecho, no ha visto en seis años.
Aunque a ratos la cinta parece poco más que un vídeo de encargo de la susodicha asociación civil -no vemos mayor problema con los chamacos, todos parecen estar bien, no dan demasiada lata-, la directora Opper nos termina ganando por esa honesta mirada sobre los propios niños, sus deseos, sus luchas o sus logros, como el mayorcito "Tío Carlos", cuyo sueño es ser un diseñador de ropa y al que vemos organizar su propio fashion-show hacia el final del filme. También hacia el final, Juan Carlos tendrá que resolver su relación con su padre, encontrarse con él, perdonarlos, perdonarse. Porque la vida hay que vivirla hacia adelante, no hacia atrás.
Esta misma voluntad inquebrantable es la que empuja a Fernando y Víctor, la pareja gay protagonista de Etiqueta no rigurosa (México, 2017), notable opera prima de Cristina Herrera Bórquez, cinta ganadora del Premio John Schlesinger al Mejor Documental en Palm Springs 2017. 
Un colega que además se la da de pitoniso auguró que Etiqueta no rigurosa ganaría el premio del público. No creo que sea así -supongo que ese premio se lo llevará Sueño en otro idioma- pero, en todo caso, la película de Herrera Bórquez no debería salir de Guadalajara con las manos vacías. Ya veremos qué dice el jurado.
A decir verdad, el filme de Herrera Bórquez no tiene nada de extraordinario en la forma, que es en el mejor de los casos, un documento testimonial. Lo central está en la historia -la lucha de una pareja gay para ser los primeros en casarse en la homofóbica ciudad de Mexicali- pero, más aún, en los propios carismáticos protagonistas -el sinaloense de Guasave Fernando, el bajacaliforniano de Ciudad Guadalupe Victoria Víctor- y, sobre todo, en el arma nada secreta de la cineasta: un odioso villano, el que todo mexicano conoce, al que mexicano aborrece, al que todo mexicano ha padecido alguna vez en la vida.
Me refiero al Estado burocrático y a sus abusivos detentadores, a saber, ese chicharronero y mocho gobernador de Baja California José Guadalupe Osuna Millán, ese inarticulado alcalde cachanilla Francisco Pérez Tejada (alias "el esteeeeee"), esa mustia jueza Rosa María Leal que ni siquiera se anima a dar su nombre, esa ojete oficial de registro civil que se escuda en cualquier reglamento para joderle la vida al ciudadano, esa casi llorosa funcionaria/doñita que se opone porque sí a casar a los dos tipos, por más que la Suprema Corte ya haya dado su veredicto ("Esos nomás son cinco y acá en Baja California somos más").
Imposible no sentir solidaridad por el echado pa' delante Fernando y el sentimental Víctor: todos nos hemos enfrentado alguna vez a lo mismo. Me refiero a ese burócrata que por joder te hace dar otra vuelta, no te atiende porque te falta la hojita amarilla, te regresa porque no está sellado del lado izquierdo, te dice que no puedes hacer el trámite porque no trajiste ocho copias del CURP y así hasta que alguien desiste (tú o él) o, de plano, das la mordida. Por supuesto, en este caso, las constantes negativas a casar a los dos hombres no descansa en el prurito documental de los burócratas cachanillas: este fue el pretexto para hacerles la vida imposible a los dos hombres después de que la Suprema Corte fallara en contra del Ayuntamiento de Mexicali y le ordenara casarlos.
La cineasta logra, siguiendo muy de cerca la odisea de sus protagonistas, interesarnos en el tema, que sintamos empatía por los dos extrovertidos estilistas, nos hacer reír a carcajadas en más de una ocasión, para luego, hacernos encabronar en serio. ¡Carajo, déjenlos que se casen, para que sepan lo que es bueno! ¿Qué tienen en la cabeza esos burócratas de Mexicali? 
La triste realidad es que, si uno lo piensa un poco, es lo mismo que tienen otros burócratas en todo México y otros mexicanos que no son burócratas. Aunque la cinta es exultante y optimista, la realidad es que falta mucho para construir un país liberal y tolerante. Aunque con tipos "comunes y corrientes" como Fernando y Víctor -además de sus abogado, claro está-, acaso falte menos.