lunes, 24 de abril de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXIX



El futuro perfecto (Argentina, 2016), de Nele Wohlatz. Una jovencita china llega a vivir a Buenos Aires, en donde ya vive su familia desde hace tiempo. Como no sabe prácticamente nada de castellano, la acompañamos a sus clases de español y, en la medida que aprende a conjurar los verbos, vemos cómo podría ser su vida futura. Una curiosa docu-ficción conceptual (más ficción que documental en realidad) que resulta más interesante como concepto que como resultado. Eso sí, no deja de tener su encanto, por más que sus escasos 65 minutos de duración se antojan excesivos. Presentada hace unos días en Ambulante 2017. (* 3/4)

Día del atentado (Patriots Day, EU, 2016), de Peter Berg. Un entretenido thriller sobre el atentado terrorista ocurrido en el Maratón de Bostón en abril de 2013. El tercer largometraje de Berg con Wahlberg como protagonista pudo haber sido una auténtica obra mayor, pero por desgracia termina derrapando feo hacia el final, con un monólogo sentimentaloide en boca de Wahlberg -que, por lo demás, está excelente- y un epílogo patriotero de pena ajena. Berg está en camino de convertirse en el digno heredero ideológico del cine de Clint Eastwood si es que aprende que menos es más. Mi crítica en la sección Primera Fila del diario Reforma del viernes pasado. (*1/2)

La morgue (The Autopsy of Jane Doe, EU-GB, 2016), de André Ovredal. El tercer largometraje del noruego ya internacionalizado André Ovredal (alabada Trollhunter/2010 que, mea culpa, no he visto) está ambientada en la morgue del título en español, un negocio familiar ubicado en algún pueblito de Virginia. Ahí, los Tilden, padre e hijo (Brian Cox y Emile Hirsch), reciben el cuerpo de una jovencita desconocida, la Jane Doe del título original, cadáver que fue encontrado en el sótano de una casa, semi-enterrado e intacto. En contraste, hay otros cuatro cuerpos hallados en ese mismo lugar, todos ellos hechos trizas. El misterio que deben resolver los Tilden es saber de qué murió la muchacha (Olwen Kelly) si no tiene una sola herida visible sobre su cuerpo.
La primera parte de la película es la más efectiva: encerrado entre las cuatro paredes del set que funge como el vasto sótano-morgue de los Tilden, Ovredal y su eficaz equipo técnico –diseño de producción de Matt Gant, fotografía de Roman Osin, diseño del maquillaje prostético de Kristyan Mallet- van creando una creciente sensación de inminencia trágica. Sabemos que pronto van a empezar a ocurrir cosas raras y, en efecto, empiezan a suceder.
En la segunda parte, el guion de Ian Goldberg y Richard Naing opta por un desarrollo y una resolución más convencionales, aunque Ovredal se muestra igual de competente en este mucho más conocido terreno. Un eficaz palomazo de fin de semana, no más, no menos. (* 1/2)

Histeria (México, 2016), de Carlos Meléndez. El segundo largometraje del egresado de la New York Film Academy Meléndez (opera prima codirigida con Mauricio Mendoza Afterschool/2014, no vista por mí) es un meritorio thriller urbano que presenta el camino de deshumanización que sigue un buenazo arquitecto godínez, Federico Anduaga (Héctor Kotsifakis impecable), después de que le llenan el buche de piedritas su esposa embarazada (Sharon Zundel), su anciano padre ojete (Fernando Becerril), su abusivo jefe corrupto (Noé Hernández sobreactuándose como norteño), su untuoso asistente transa (Enrique Arreola, siempre bienvenido), un grupo de pandilleros borrachales que no lo dejan dormir y hasta un par de raterillos adolescentes que intentan entrar a su casa o robarle algo de su automóvil.
Aunque le falta la contundencia de su lejano modelo, el thriller histérico gringo Un día de furia (Schumacher, 1993), Meléndez y su actor principal, el confiable Kotsifakis, logran transmitir de manera genuina el acorralamiento moral al que es sometido el "bondadoso" Anduaga que, llegado el momento, tendrá suficiente con tanto abuso, tanta presión, tanta responsabilidad, tanta chinga. 
Si hay algo que cuestionar de la cinta es que el guion, escrito por el propio cineasta en colaboración con Gabriel Reyes, se detiene demasiado en las corruptelas de cierto edificio construido por el desesperado arquitecto, desinflando así algo de la tensión hacia la mitad del filme, además de que la última parte, en la que el protagonista se convierte en una suerte de personaje henekiano salido de El séptimo continente (1989) no me terminó de convencer. De cualquier manera, se trata de una cinta valiosa por el notable manejo de los resortes genéricos por parte de Meléndez. (* 1/2)

Tus padres volverán (Uruguay, 2015), de Pablo Martínez Pessi. El segundo largometraje del documentalista uruguayo Martínez Pessi está centrado en un caso bien conocido en el país sudamericano: en la Navidad de 1983 un grupo de 154 niños y adolescentes entre los 3 y 17 años viajaron desde Europa hacia Montevideo para encontrarse con un país que apenas recordaban o, de plano, ni habían conocido. Todo esos chamacos eran hijos de uruguayos exiliados en Europa por haber sido opositores políticos o de plano guerrilleros, y viajaban de regreso para encontrarse con sus tíos, primos, abuelos.
Martínez Pessi se concentra en seis de estos niños y jóvenes que llegaron a Montevideo en ese célebre avión -Cecilia de 7 años, Salvador de 8, Fernando de 9, Jorge de 17, Marcos de 9, Guzmán de 11- y que ahora, más de 30 años después, confiesan frente a cámara un desconcierto que aún no deja de acompañarlos. ¿Quiénes eran esos niños que volaron hacia una tierra dizque propia pero desconocida? ¿Quiénes son ahora esos hombre y mujeres ya más que maduros? ¿Qué recuerdan de ese re-encuentro con familiares que no conocían, con un país que no era el suyo?
Alguno termina cuestionando a sus viejos padres revolucionarios ("Más revolucionario es proteger a un nene que hacer un túnel para explotar no sabes qué", dice Guzmán), otra de plano (Cecilia) se define a ella misma y a sus compañeros como "rehenes políticos" de sus padres y otros exiliados, otro más confiesa no poder reconciliarse con su terruño ("Uruguay no es un país para mí", dice Marcos) y algún otro (Jorge) dice que, paradójicamente, nunca se sintió más uruguayo que cuando regresó al país. 
Los recuerdos ambivalentes de ese pasado difícil se entrecruzan con un presente que permanece confuso, pues la identidad de estos hijos del exilio nunca se resolvió en su totalidad. Como dice el poema de Benedetti citado al final, he aquí un grupo de hombres y mujeres que vuelven a un exilio que los expulsa. (** 1/2).

domingo, 23 de abril de 2017

62 Muestra Internacional de Cine... en unas líneas



Ya terminó en la Cineteca Nacional la 62 Muestra Internacional de Cine y aquí está la lista de algunas de las cintas que pude ver con un comentario y/o crítica incluida.


Sangre de mi sangre (Sangue del mio sangue, Italia-Francia-Suiza, 2015), de Marco Bellocchio. El incansable Bellocchio nos presenta dos relatos ubicados en el mismo pueblo, en el mismo sitio, separados por varios siglos de distancia. En el primero, una monja es castigada por haber vuelto loco de amor a un sacerdote en el siglo XVII; en el segundo, en la época contemporánea, el convento del primer relato -años después transformado en prisión- es ahora el refugio de un anciano aristócrata que solo sale por las noches. De la meditación sobre el poder de la pasión carnal en una sociedad represiva/reprimida a la regocijante sátira del mundo de hoy, dominado por el dinero... ¡y las facturas! Una encantadora cinta retrógrada que podría haber sido firmada -por lo menos en algunos momentos- por Buñuel. (***)

La chica desconocida (Une fille inconnue, Bélgica-Francia, 2016), de Jean-Pierre y Luc Dardenne. La más reciente cinta de los Dardenne -presentada en Cannes 2016- está centrada en una joven doctora que se siente culpable por no haberle abierto la puerta de su consultorio a una muchacha que luego apareció muerta, acaso asesinada. La policía desconoce hasta el nombre de la muchacha, por lo que doctora empieza a hacer indagaciones en el barrio para ver si alguien sabe algo de ella. Aunque la premisa parece la de un thriller, la resolución del misterio es lo que menos interesa a los Dardennes que, como de costumbre, prestan su mayor atención a las decisiones tomadas por sus personajes. El universo moral de los Dardennes es contingente: cada decisión cuenta, cada acción tiene una consecuencia y la conciencia puede ser un juez implacable. (** 1/2)

Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake, GB-Francia-Bélgica, 2016), de Ken Loach. La más reciente película del eterno cineasta militante Ken Loach, ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2016, es un destilado de las preocupaciones éticas y estéticas del Loach de siempre. Mi crítica in extenso, acá. (** 1/2)

La luz incidente (Argentina-Francia-Uruguay, 2015), de Ariel Rotter. Luisa (Erica Rivas), una guapa y joven viuda con dos niñitas en ristre, empieza a ser cortejada por el amable Ernesto (Marcelo Subiotto), quien es el partido perfecto para ella: un hombre maduro, soltero, responsable. El problema es que Luisa no quiere otro hombre en su vida, para desconcierto de su mamá y de su propia suegra, madre del marido muerto. Ambientado en la Argentina de los años 60, espléndidamente fotografiado en blanco y negro, y con un intachable ambientación de época, este minimalista woman's film gana en complejidad por la presencia melancólicamente hipnótica de Erica Rivas. (**)

Bajo la arena (Under sandet, Dinamarca-Alemania, 2015), de Martin Zandvliet. Estamos en las costas danesas, en el fin de la Segunda Guerra Mundial, en un campo para prisioneros alemanes. Los presos de guerra, todos ellos unos jovencitos, son obligados por un oficial danés a acometer una tarea suicida: desenterrar y desactivar miles de minas terrestres colocadas en las playas danesas por el ejército nazi. Un convencional pero efectivo filme anti-bélico, nominado al Oscar 2017 como Mejor Película en Idioma Extranjero. (**)

Sieranevada (Ídem, Rumania-Francia-Croacia-Macedonia-Bosnia y Herzegovina, 2016), de Cristi Puiu. Un maduro doctor rumano -que en realidad ya no ejerce sino vende productos médicos- visita a su familia en Bucarest para conmemorar a su papá, muerto recientemente. En esa tarde, mientras llega el sacerdote a bendecir la comida, la familia extendida entra en eternas discusiones de todo tipo -globales, nacionales, familiares, matrimoniales-, cual muestrario de la eterna crisis de la familia -de cualquier familia- y del país entero -de Rumania, pero bien podría ser México. Esta cinta de Puiu está expertamente realizada y la dirección de actores es impecable, pero la excesiva duración -¡173 minutos!- termina por exasperar. Por supuesto, acaso de esto se trataba. (* 3/4)

domingo, 16 de abril de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXVIII



John From: Descubriendo el amor (Portugal-Francia, 2015), de Joao Nicolau. Una quinceañera indolente y soñadora (Julia Palha) -o sea, una quinceañera común y corriente- se obsesiona con su nuevo vecino, un fotógrafo (Filipe Vargas) al que imagina como una suerte de audaz aventurero que ha recorrido las islas de la Melanesia. Seguramente como cortometraje esta película habría tenido mayor gracia; con 95 minutos de duración, los delirios adolescentes de la muchachita terminan volviéndose repetitivos. Aunque en este juicio estoy entre la minoría: muchos de mis colegas han delirado con esta cinta dizque encantadora. (-)

Cordero de Dios (Les innocents, Francia-Polonia, 2016), de Anne Fontaine. Una sensible cinta de papá, bien producida, bien realizada -gracias en parte a la cámara de Caroline Champetier, que trabaja con una paleta despojada de colores vivos-, bien actuada pero, qué remedio, archi-recontra-super-convencional.
Estamos en diciembre de 1945, en Polonia. La Segunda Guerra Mundial ha terminado y un grupo de médicos franceses de la Cruz Roja siguen atendiendo a sus heridos en un hospital. A ese sitio llega una monja (Agata Buzek) pidiendo ayuda a una joven doctora comunista, Mathilde Beaulieu (ascendente Lou de Laâge). Cuando la doctora visita en secreto el convento cercano, se da cuenta que poco más de media docena de monjas están embarazadas, pues fueron violadas meses antes por las tropas soviéticas invasoras. La estricta abadesa (Agata Kulesa, bien conocida por sus protagónicos en las muy superiores Roza/Kwiatkowska/2011 e Ida/Pawlikowski/2013) accede a que Mathilde atienda a las muchachas, aunque tiene su propia idea de qué hacer para ocultar la vergüenza de que estas consortes de Dios hayan perdido su castidad.
La historia, basada en un hecho real, nos muestra la confrontación entre la severa mirada religiosa de la abadesa y la terrenal/racional de la doctora francesa, con la joven monja Maria (Buzek) tratando de fungir como mediadora. El problema es que el guion -basado en un hecho real: la doctora protagonista existió- permanece en la superficie, mientras que la cineasta Fontaine carece de la suficiente inspiración para trascender los límites del argumento. De cualquier manera, este woman's film se deja ver sin mayor dificultad. (* 1/2)

XX: Pasíón por el horror (XX, EU-Canadá, 2016), de Roxanne Benjamin, Karyn Kusama, Annie Clark y Jovanka Vuckovick. Una cinta de horror -aunque en realidad uno de los episodios es más una comedia de humor negro- dirigida por cuatro mujeres y que tiene a mujeres como protagonistas. Como en todo ejercicio de este tipo, la película es muy dispareja y si bien es cierto que no hay un solo segmento extraordinario, tampoco hay ninguno completamente fallido. La animación stop-motion que une cada segmento fue dirigida por otra mujer, la cineasta mexicana Sofía Carrillo, realizadora del notable corto animado El corazón del sastre (2014). Mi crítica, en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

El elegido (España-México, 2016), de Antonio Chavarrías. El veterano Chavarrías dirige este filme de papá (otro más esta semana) que tiene a su favor -por lo menos para quien esto escribe- una historia fascinante, digna de una suerte de precuela de la teleserie The Americans: se trata de cómo la temible GPU soviética -antecedente directo de la KGB- entrenó a un comunista español, Ramón Mercader (Alfonso Herrera), para que se hiciera pasar por un ciudadano belga con el fin de infiltrarse en el círculo más cercano a Trotsky (Henry Goodman), que desde fines de los años 30 vivía en México. Estamos ante un sólido thriller de espionaje procedimental impecablemente producido y bien actuado por el extendido reparto multinacional. La película se estrenó limitadamente en la Ciudad de México y a nivel mundial en Netflix este pasado fin de semana. (**)

miércoles, 12 de abril de 2017

62 Muestra Internacional de Cine: Yo, Daniel Blake



Hace unos días inició en la Cineteca Nacional de la Ciudad de México la 62 Muestra Internacional de Cine con la exhibición de 14 cintas, algunas de ellas exhibidas y/o premiadas en los más grandes festivales cinematográficos del años pasado. Este es el caso de Yo Daniel Blake (I, Daniel Blake, GB, 2016), ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2016, del Premio Ecuménico en ese mismo festival, además de otros muchos galardones –Mejor Película Británica en los BAFTA 2016, Mejor Película Extranjera en los César 2016, Premio del Público en San Sebastián 2016. 
Se trata de la más reciente obra del veteranísimo y prolífico Ken Loach, acaso el más combatiente y militante –y seguramente el mejor- de todos los cineastas de izquierda contemporáneos. En efecto, a lo largo de toda su carrera –iniciada hace 50 años con el clásico Pobre vaca (1967)-, Loach ha estado siempre del lado de las clases populares, de los obreros, los trabajadores, los desprotegidos, los aplastados, los rechazados, pero también de los revolucionarios y en los dos lados del Atlántico, sea en España (Tierra y libertad/1995) o Nicaragua (La canción de Carla/1996). 
Estamos en Newcastle. Mientras los créditos iniciales avanzan, escuchamos la voz de una “profesional de la salud” que interroga a quien será nuestro protagonista, el carpintero viudo Daniel Blake (el comediante Dave Johns en un papel no exento de elementos de comedia) quien como está enfermo del corazón –su médico le ha ordenado dejar de trabajar-, tiene que tramitar su incapacidad laboral ante la burocracia británica. La persona que lo está interrogando le hace toda cantidad de preguntas –que si puede levantar la mano, que si puede mover los dedos, que si puede caminar de aquí para allá- pero ninguna de ellas tiene que ver con sus problemas cardíacos.
Días después, Blake recibe el diagnóstico por escrito: el Estado no puede pagarle la incapacidad porque la “profesional de la salud” que lo atendió –que no era doctora, por supuesto-, ha dictaminado que sí está en condiciones de chambear. Cuando el tipo logra finalmente hablar con alguien en el call-center de los servicios de salud –después de casi dos horas de espera-, se entera que no puede apelar el dictamen respectivo porque oficialmente no ha sido enterado de él. Es decir, se supone que primero alguien debió haberle hablado por teléfono para avisarle del resultado de su petición y después debió haberle llegado la carta respectiva. Cuando Blake le dice al empleado que entonces le pase por favor a la persona que hizo el dictamen para que ella le avise oficialmente de algo que ya sabe -que su solicitud ha sido rechazada-, el “asesor telefónico” le dice que no está autorizado a hacer eso.
El filme de Loach tiene sus mejores momentos cuando somos testigos de la espiral de sinsentido burocrático que tiene que enfrentar el protagonista, una suerte de Catch 22 del siglo XXI en el que no puede trabajar por cuestiones de salud, no le dan la incapacidad porque un burócrata dictaminó que no la debe recibir y tampoco puede solicitar su seguro de desempleo, pues tiene que demostrar que está buscando chamba (pero, ¿cómo va a buscar chamba si su médico le ha dicho que no puede trabajar?).
El guion del colaborador habitual de Loach, Paul Laverty, no rehuye los clichés, pero incluso cuando estos aparecen –en especial, con la historia paralela de la joven madre soltera londinense (guapa Hayley Squire) con sus dos hijitos en ristre- no sirven para el mero chantaje sentimental sino para expandir el ethos en el que se mueve el protagonista, ese tipo decente que no está pidiéndole limosna a nadie. Ni siquiera a nosotros, los espectadores.

martes, 11 de abril de 2017

En línea: Tower



Con una cartelera comercial hollywoodense invadida por pitufos, jefes en pañales y reboots de olvidadas series televisivas (además, próximamente, del octavo episodio de los pelones y homoeróticos), no hay más remedio que refugiarse en el buen cine disponible a un par de clics. Es el caso del multipremiado filme documental Tower (Ídem, EU, 2016), segundo largometraje de Keith Maitland (opera prima también documental The Eyes of Me/2009, no vista por mí), que acaba de aparecer en Netflix.
Estamos en la explanada de la Universidad de Texas en Austin, la mañana del lunes 1 de agosto de 1966. A través de la voz testimonial en off de la entonces jovencita embarazada de 8 meses Claire, empezamos a enterarnos del infierno que se desató en esa universidad tejana cuando, desde la enorme torre del título original, alguien empezó a disparar hacia estudiantes, maestros, empleados, transeúntes. Cuando el ataque terminó 90 minutos después –el primer asesinato masivo de ese tipo en Estados Unidos-, la cuenta de víctimas llegó a 49: 16 muertos, 33 heridos.
Maitland echa mano de los recursos más convencionales posibles del cine documental –imágenes televisivas de archivo, transmisiones radiofónicas de la época, fotografías periodísticas, muy articuladas y memoriosas cabezas parlantes, testimonios de sobrevivientes- en un formato nada convencional, pues estamos ante una suerte de documental animado que, además, echa mano de la recreación semificcional de los acontecimientos ocurridos en esa fatídica mañana. Así pues, la decena de testimoniales que escuchamos en off –de estudiantes, de policías, de un periodista, de un heroico empleado de una librería- los vemos re-creados por actores cuyas imágenes han sido transformadas a través de la animación rotoscópica dirigida por Craig Matthew Staggs.
Formalmente hablando, Tower es un híbrido notable: un documental animado, en parte actuado/recreado y con intervenciones claves de algunos sobrevivientes que, 50 años después, lloran frente a la cámara, confiesan su vergonzosa pero muy humana cobardía, comparten humildemente sus gestos heroicos o se quiebran al rememorar esa tragedia que se ha vuelto tan común en los Estados Unidos del siglo XXI.
Tower termina convertido en un emotivo y emocionado homenaje a las víctimas –a las que sobrevivieron, a las que no- y a los héroes –a ese joven estudiante de 17 años que cargó con una muchacha embarazada, a ese policía latino que se presentó voluntariamente fuera de turno a ver en qué podía ayudar, a ese oficinista nombrado oficial por un solo día-, por lo que, en este escenario, el victimario es un personaje menor. De hecho, hasta el final sabemos cómo se llama y muy poco más.
Como en el documental hermano Newtown (Snyder, 2016) –también disponible en Netflix, por cierto, y en el que no se menciona para nada al autor de la masacre en un jardín de niños en Connecticut-, hay un imperativo ético detrás de esta decisión: no se trata de borrar de la memoria al que disparó, sino de conmemorar a las víctimas indefensas, recuperar su humanidad y, a través de sus rostros, sus sonrisas y sus llantos, vernos reflejados en ellas.
¿Y el diagnóstico? El legendario Walter Cronkite, desde su noticiero de hace medio siglo, pone los puntos sobre las íes. Son los mismos puntos y las mismas íes desde entonces. Por lo mismo, el idílico epílogo animado en el que termina Tower resulta genuinamente devastador: Claire y su novio empiezan a caminar por la explanada, frente a la torre, segundos antes de que ella sea herida y él asesinado. Sabemos que eso está por suceder. Como sabemos que, en otro lado, en otra parte, en otra explanada, en otra torre, en otra universidad, pasará algo por el estilo en cualquier momento. Porque lo hemos visto en las noticias una y otra vez. Porque vivimos en el horror normalizado. Allá y aquí, aunque sea por razones diferentes. 

domingo, 9 de abril de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXVII




Animal vertical (Rester vertical, Francia, 2016), de Alain Guiraudie. El más reciente largometraje del cineasta francés de culto Guiraudie es más cercano a su obra temprana que a su filme más conocido, el tenso thriller hitcockiano/chabroliano El extraño del lago (2013). La digresiva y caprichosa historia está centrada en los encuentros/desencuentros amorosos/sexuales de un guionista bloqueado que busca el sentido de su vida a través de la carne, no del espíritu. Mi crítica en la sección Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (* 3/4)


Historias de dos que soñaron (México-Canadá, 2016), de Andrea Bussmann y Nicolás Pereda. El más reciente largometraje del prolífico Pereda -codirigiendo aquí con Andrea Bussmann- es una fallida exploración docuficcional centrada en una familia de gitanos húngaros que viven en unos multifamiliares de Toronto, en espera de que aprueben su residencia legal en el país. Un equipo de filmación -o sea, Bussmann y Pereda- sigue a los miembros de esta familia, quienes empiezan a contar historias, a imaginarlas, a soñarlas -y los cineastas, a mostrarlas en pantalla. Ninguna de ellas, por desgracia, es particularmente interesante. Vi esta película en Cartagena 2016, donde estuvo programada dentro de la competencia oficial. Todavía recuerdo las caras de mis colegas del jurado FIPRESCI después de haberla visto: entre el tedio y la incredulidad. (++)

viernes, 7 de abril de 2017

El cliché que yo ya vi/CXLVIII



Joel Meza propone:

Como dijo el de los celulares gringos: “Can you hear me now?”: En las películas futuristas hay naves que viajan a la velocidad de la luz o bien robots que son indistinguibles de un ser humano. Pero cuando se trata de mostrar una simple videollamada holográfica, el holograma siempre presentará fallas o interferencia en la imagen, como lo hemos visto desde La Guerra de las Galaxias, hace 40 años, hasta hoy en día, en La Vigilante del Futuro. Esto seguramente es para indicar visualmente que la persona en realidad no está en la habitación, pero no hay que ser: qué poca fe le tiene el cine a las compañías telefónicas…

jueves, 6 de abril de 2017

Ambulante 2017... en unas líneas



Hoy finaliza en la Ciudad de México Ambulante 2017 y acá está la lista de lo que vi de este invaluable festival itinerante, con varias mini-críticas y una que otra crítica in extenso. ¿Qué significan los asteriscos? Acá a la derecha...

La delgada línea azul (The Thin Blue Line, EU, 1988), de Errol Morris. En 1977 un pobre diablo es detenido, juzgado y condenado a muerte por el asesinato de un policía. Una década después, el cineasta e investigador -en más de un sentido- Errol Morris empieza a hurgar el caso, que encuentra repleto de contradicciones. Si no ha visto este clásico del documental, es hora que lo vea. Ambulante por la justicia. ****

La libertad del diablo (México, 2017), de Everardo González. Probablemente el mejor documental de González, por lo menos desde Los ladrones viejos (2007). Obra mayor. Mi crítica in extenso por acá. Programación general. ***

La mirada del silencio (The Look of Silence, Dinamarca-Indonesia-Finlandia-Noruega-GB-Israel-Francia-EU-Alemania-Holanda-Taiwán, 2014), de Joshua Oppenheimer. Esta necesaria continuación de la impresionante El arte de matar (2012) está centrada esta vez no en los orgullosos victimarios sino en la familia de una de las víctimas asesinadas. Los favoritos de Werner Herzog. ***

La pesadilla de Darwin (Darwin’s Nightmare, Austria-Bélgica-Francia-Alemania, 2004), de Hubert Sauper. La perca del Nilo, un pez que mide hasta un metro de longitud, fue introducida en el Lago Victoria, Tanzania, hace medio siglo. En la actualidad, ese pez tan apreciado en Europa ha devastado ecológicamente el lago, pues se ha comido a todas las demás especies e incluso practica el canibalismo. Este filme (nominado al Óscar 2006 como Mejor Documental) usa los efectos causados por la perca del Nilo como una clara metáfora de la devastación provocada por el más rapaz capitalismo global y por el más desvergonzado colonialismo, que cambia los kilos de pescado por cargamentos de armas para las guerras civiles que asolan la región. Sin voz en off y con parcos letreros explicativos, esta cinta confía en la fuerza de las imágenes y en el valor de las palabras dichas frente a cámara. Y hace bien. Los favoritos de Werner Herzog. ***

Presunto culpable (México, 2009), de Roberto Hernández y Geoffrey Smith. Uno de los grandes documentales mexicanos procedimentales de la última década. Mi crítica in extenso por acá, escrita en el momento del estreno. Ambulante por la justicia. ***

Safari (Ídem, Austria, 2016), de Ulrich Seidl. El más reciente largometraje documental de Seidl sigue a un grupo de austriacos que están de safari en África. Por acá escribí unos párrafos sobre ella. Programación general: ** 1/2

Resurrección (México, 2016), de Eugenio Polgovsky. Un encabronante documental -parece que no podemos hacer de otro tipo en este país- sobre lo que hemos hecho con el llamado "Niágara mexicano". Este lugar de Jalisco era conocido así porque había una enorme y hermosa cascada que, en la actualidad, prácticamente ha quedado seca por la criminal contaminación propiciada por las empresas de la zona ante la inacción -o complacencia- de los sucesivos gobiernos nacionales y/o locales. Los pueblos de los alrededores, El Salto y Juanacatlán, tiene ahora una población empobrecida y enferma. Carajo. Programación general. **1/2

Aquí sigo (México-España, 2016), de Lorenzo Hagerman. El cineasta/fotógrafo/guionista/co-editor Hagerman, con el invaluable apoyo de un grupo de investigadores, visita varias partes del mundo (de un pueblito de Querétaro a las costas de Okinawa, pasando por Puerto Progreso, Barcelona, Cerdeña, Montreal y la selva costarricense) para conocer a una docena de ancianos centenarios (o casi) para que los ancianos y ancianas pasitas -aunque ya quisiera yo la energía de esos dones y esas doñas para un domingo- nos cuenten de sus recuerdos, sus amores y su secretos para rondar los cien años de edad. En el mejor sentido del término, un documental encantador. Programación general. ** 1/2

Etiqueta no rigurosa (México, 2017), de Cristina Herrera Bórquez. Oooootro documental encabronante sobre la primera pareja gay que buscó casarse en Mexicali, contra la oposición del gobierno estatal, el municipal y hasta una que otro sepulcro blanqueado. Acabo de escribir unos párrafos por acá. Programación general. **1/2

Chavela (Ídem, EU, 2017), de Catherine Gund y Daresha Kyi. Convencional pero efectivo documental sobre Chavela Vargas que cuenta con una amplia investigación documental -imágenes de archivo y antiguas grabaciones al pasto-, además de una larga y franca conversación con la propia cantante, sus amigos (Almodóvar en especial), sus admiradores, sus achichincles y su última amante que, sin dejar de querer/admirar a la anciana bravucona de inolvidable voz rasposa, no deja de mostrarnos el rostro menos agraciado de ella: el de una vieja alcohólica y violenta que, por lo mismo, podía llegar a ser peligrosa. Igual, qué agasajo escucharla. Sonidero. **1/2

Los ofendidos (México-El Salvador, 2016), de Marcela Zamora Chamorro. La cineasta salvadoreña entrevista a su padre, quien sufrió tortura en los años 80 por ser miembro del Frente Democrático Revolucionario. Zamora recorre con su padre los lugares en donde estuvieron los centros de tortura y logra contactar a antiguos torturadores -algunos de ellos, fervientes cristianos renacidos. Un documento necesario, un doloroso fresco histórico/personal. Programación general. **

Batallas íntimas (México, 2016), de Lucía Gajá. La epidemia mundial del maltrato a la mujer (una de cada tres mujeres ha sido alguna vez maltratada, generalmente por su pareja, según cifras de la ONU) es tratada aquí a través de un periplo por varios países y ciudades (de los machistas México o España al civilizado Finlandia, pasando por el tercer mundo indio o la cosmopolita Nueva York) en el que vemos un grupo de mujeres sobajadas no solo por el macho que tienen a un lado sino, a veces, por la propia familia y hasta la sociedad en las que viven. Ambulante por la justicia. **

Últimas conversaciones (Últimas conversas, Brasil, 2014), de Eduardo Coutinho. El ganador a Mejor Documental en el Premio Fénix 2016 es una serie de conversaciones entre el recientemente fallecido Coutinho y diez jóvenes brasileños. A través de esa decena de muy articulados muchachos, obtenemos un fascinante retrato generacional del Brasil de hoy. Retrospectiva de Eduardo Coutinho: **

Las lindas (Argentina, 2016), de Melisa Liebenthal. La cineasta veinteañera Liebenthal se ha grabado a sí misma -y a sus amigas- desde que todas eran una niñas, así que tiene imágenes de archivo al pasto sobre cómo se ven un grupo de mujeres desde la infancia hasta la juventud, pasando por la adolescencia. Sin embargo, este recorrido por el pasado reciente de estas muchachas no tiene nada de nostálgico: este periplo le sirve a Liebenthal -la menos agraciada de todas, la menos simpática, la de voz más ronca, pero también, seguramente, la más lúcida- para reflexionar sobre la belleza y la feminidad. De la reflexión se llega a la comedia vía la calculada auto-irrisión. Programación general: **

La selva negra (México-EU, 2016), de Charles Fairbanks y Saul Kak. Los documentalistas Fairbanks y Kak siguen a un par de indígenas zoques en el interior selvático chiapaneco -el viejo chamán Don Juan y su comadre, la aún más anciana Doña Carmen- y en el camino, además de mostrarnos su precaria forma de vida, dan cuenta de cómo el mercantilismo más chafa (a través de una tal compañía Omnilife) ha enraizado en esos idílicos lares. La mirada de los cineastas les alcanza para verse en el espejo: ¿qué significa hacer un documental con estas personas, le sirve de algo a alguien, empezando por ellas mismas? ¿Y no será necesario dejar de lado la mirada objetiva para intervenir en la vida de Don Juan y Doña Carmen? ¿Cuáles son las reglas? Programación general. **

El futuro perfecto (Argentina, 2016), de Nele Wohlatz. Una jovencita china llega a vivir a Buenos Aires, en donde ya vive su familia desde hace tiempo. Como no sabe prácticamente nada de castellano, la acompañamos a sus clases de español y, en la medida que aprende a conjurar los verbos, vemos cómo podría ser su vida futura. Una curiosa docu-ficción conceptual (más ficción que documental en realidad) que resulta más interesante como concepto que como resultado. Eso sí, no deja de tener su encanto, por más que sus escasos 65 minutos de duración se antojan excesivos. Programación general. *3/4

Lucha México (México-EU, 2016), de Ian Markiewicz y Alex Hammond. Un entretenido filme documental sobre la lucha libre en el México de hoy, que ha cambiado bastante en los últimos años, debido a la preferencia por un estilo mucho más violento y agresivo. La cinta lo mismo sigue a figuras reconocidas, herederas de una leyenda (Blue Demon Jr., el malogrado Hijo del Perro Agüayo), que otros luchadores menos conocidos o exitosos, como el antiguo "Shocker", llamado Rubén Soria Jr. La admiración y el desencanto se alternan a lo largo de este filme al que, por supuesto, faltó la presencia de El Hijo del Santo. Por algo será. Programación general. * 1/2

Los niños (Chile, 2016), de Maite Alberdi. Un grupo de jóvenes -y no tan jóvenes- con Síndrome de Down trabajan y conviven en un centro de educación y adaptación chileno. Dos de estos "adultos en proceso de conciencia" se enamoran y tienen la idea de contraer matrimonio, contra la voluntad de sus respectivas familias. Un documental sencillo, sin demasiadas pretensiones que trata con respeto a los personajes -más bien, a las personas. Programación general. * 1/2

Los ojos del mar (México-Alemania, 2016), de José Álvarez. Hace algunos años, unos pescadores veracruzanos perecieron en el mar en medio de alguna tormenta. Álvarez sigue a Hortensia, una mujer que vive/trabaja/sueña en los muelles, quien se da a la tarea de visitar a los familiares de los desaparecidos para recoger una ofrenda que luego ella misma tirará en el mar, en el sitio donde los pescadores naufragaron. Como es costumbre en el cine de Álvarez, la puesta en imágenes es impecable. Programación general. *

domingo, 2 de abril de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXVI



El Tiempo Suspendido (México, 2015), de Natalia Bruchstien. La opera prima documental de la argentina emigrada a México y egresada del CCC Bruchstien se acerca al pasado familiar a través del presente. 
Su abuela, Laura Bonaparte, de bien cumplidos 86 años, es una mujer alta que, de joven, uno sospecha, fue muy atractiva. Y, en efecto, en cuanto empiezan a aparecer las fotos familiares, uno lo constata. Laura está ahora en un asilo porque la memoria se le está yendo: no reconoce, a veces, ni a sus propios hijos vistos en las fotos. No sabe cuáles son sus nietos ni bisnietos y pregunta lo mismo una y otra vez.
La paradoja asoma de inmediato: Laura, una de las fundadoras de las Madres de la Plaza de Mayo, perdió a sus tres hijos, desaparecidos por la dictadura argentina -y también a su marido, de quien ya estaba separado cuando ella vivía en México. Es decir, esta brava mujer, que luchó para que nadie olvidara la muerte de sus hijos y de los miles de desaparecidos, ahora lucha para recordar quién es ella. Y como la propia anciana lo dice en algún momento, sin memoria no hay identidad posible. Y ella la está perdiendo.
La nieta Bruchstein cuenta la historia de su abuela sin chantajes de ninguna especie: lo evita la propia personalidad de Laura, con sus arranques de lucidez, con su coquetería innata (se niega a recordar "el amor de su vida", que no fue su marido) y su dignidad inapelable. Al final, este documental no trata tanto de hacerle recordar su pasado a la abuela, sino de no olvidarla a ella ni a lo que queda de su memoria. 
Aunque Laura, en realidad, lo tiene muy claro: al morir ella, morirán también, de alguna forma, sus tres hijos desaparecidos. Ya no habrá quién los recuerde como ella lo hace. Este notable documental es el (¿fatuo?) intento de la nieta para que esto no suceda. No por completo. (** 1/2)

Búmeran (Boomerang, Francia, 2015), de Francois Favrat. Un ingeniero de mediana edad (Laurent Laffite, impecable) regresa al pueblo costero de su infancia, en Noirmoutier, para conmemorar la muerte de su madre, que se ahogó accidentamente hace muchos años. Al regresar al pueblo de su niñez -y a su niñez misma, a través de los recuerdos- descubrirá que lo que recuerda no fue, necesariamente, lo que sucedió. Un decente "filme de papá" que se mueve entre el melodrama familiar y el thriller.  Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)