martes, 30 de mayo de 2017

En línea: Ain't Them Bodies Saints



Exhibida en Sundance 2013 en donde ganó el premio a Mejor Fotografía y listada en el top-10 de ese mismo año del mejor cine independiente gringo por la National Board of Review, Ain’t Them Bodies Saints (EU, 2013) no mereció, injustamente, estreno comercial en nuestro país. Por fortuna, el cinéfilo más curioso la puede encontrar disponible en Netflix desde hace unas semanas.
Estamos en alguna zona rural de Texas, en los años 70. Una pareja de delincuentes formada por Bob Muldon (Casey Affleck) y Ruth Guthrie (Rooney Mara) es detenida después de haber dado algún cuantioso golpe que desconocemos. En el enfrentamiento, Ruth ha disparado un revólver y ha herido a un agente de la ley, por lo que cuando ella y Bob son capturados, él se echa la culpa para evitar que su mujer sea enviada a la cárcel.
Años después, Ruth sigue viviendo en el mismo pueblito, ahora con su hijita de cuatro años Sylvie, leyendo las cartas que le envía Bob desde la cárcel, protegida/vigilada por la oscura figura paternal de cierto tendero correoso y avejentado llamado Skerrit (Keith Carradine), cortejada discretamente por Patrick Wheeler (Ben Foster), el honesto policía de mirada limpia que ella misma hirió tiempo atrás. Ese precario equilibrio se rompe cuando Bob huye de prisión para, todo mundo lo sabe, encontrarse con ella.
La premiada cámara de Bradford Young captura arrobada los paisajes rurales tejanos y encuadra a los personajes mientras en el fondo el atardecer aparece/desaparece, la articulada voz del malandrín interpretado por Affleck nos transmite sus sueños y deseos más profundos mientras en otro sitio la mirada anhelante de Rooney devora esas mismas palabras leídas en una carta, la musicalidad tan particular del acento tejano se acompaña con una banda sonora dominada por las palmas batientes que parecen salir del góspel y, como pretexto dramático, una joven pareja de delincuentes vive una historia de amor marcada por la fatalidad.
Como podrá darse cuenta por todo lo anterior, Ain’t Them Bodies Saints es la mejor película que ha hecho Terrence Malick en muchos años… si es que Malick la hubiera dirigido. En realidad, se trata del segundo largometraje de David Lowery (opera prima St. Nick/2009, no vista por mí; tercer largometraje Mi amigo el dragón/2016 que no vi porque no encontré copias subtituladas, cuarto largometraje a punto de estrenarse A Ghost Story/2017, de nuevo con Affleck y Mara) que, más allá de las deudas evidentes con el cine de Malick (en especial con Malas tierras/1973), logra construir una absorbente y elusiva historia de amor.
Aunque Affleck y Mara pasan separados la mayor parte del tiempo, Lowery y sus actores nos convencen que entre los dos personajes hay un lazo imposible de romper; aunque la Ruth de Mara permanece fiel al Bob de Affleck, es claro que no es inmune a los acercamientos del caballeroso policía interpretado por Foster. Cierto, la historia ha sido contada antes y, de hecho, sabemos de qué manera terminará. No importa: aunque el camino sea conocido, en manos de Lowery el trayecto es irresistible.

lunes, 29 de mayo de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXIV



Bajo la arena (Under sandet, Dinamarca-Alemania, 2015), de Martin Zandvliet. Estamos en las costas danesas, en el fin de la Segunda Guerra Mundial, en un campo para prisioneros alemanes. Catorce presos de guerra, todos ellos unos jovencitos, son obligados por un oficial danés (Roland Moller) a acometer una tarea suicida: desenterrar y desactivar miles de minas terrestres colocadas en las playas danesas por el ejército nazi. Un convencional pero efectivo filme anti-bélico, nominado al Oscar 2017 como Mejor Película en Idioma Extranjero. (**)

¡Huye! (Get Out, EU, 2017), de Jordan Peele. La opera prima del comediante convertido en cineasta Peele es una sátira de horror centrada en la visita de una pareja post-racial (él, negro; ella, blanca) a la casa de los padres de ella, un par de blancos liberales, multiculturales y acomodados que supuestamente, habrían votado por Obama por tercera vez. A lo mejor sí. Después de todo, "lo negro está de moda". Mi crítica en la sección Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (*** 1/4)

Yo soy la felicidad de este mundo (México, 2014), de Julián Hernández. Más de dos años después de su presentación en Morelia 2014, ha llegado finalmente a las salas comerciales y a la Cineteca Nacional chilanga el cuarto largometraje de Hernández, uno de los pocos cineastas nacionales que merecen el calificativo de autor, por su temática y su distintiva puesta en imágenes. Escribí de esta película por acá cuando la vi en Morelia. (**)

La academia de las musas (España, 2015), de José Luis Guerín. El más reciente largometraje de Guerín (obra mayor En la ciudad de Sylvia/2007) es un falso documental centrado en un maduro profesor de literatura clásica de la Universidad de Barcelona, Raffaele Pinto (él mismo) que maneja "la academia de las musas" del título. 
El tipo, un apasionado y articulado profesor, que cree que enseñar es seducir, tiene como alumnas a un grupo de muy bellas e inteligentes jovencitas a las que trata de educar para convertirlas en "musas" con el fin de que salgan al mundo e inspiren la creación de arte para, así, transformar el mundo en el que vivimos. 
Por supuesto, este proyecto de investigación -proyecto de vida, más bien- obliga a Pinto, qué remedio, a seducir a sus alumnas, ante la mirada escéptica de su esposa, Rosa Delor (ella misma), que ya está acostumbrada a los devaneos e infidelidades de su marido pues, al final de cuentas, ella fue su primera -¿y única?- musa.
Estamos ante una encantadora comedia intelectual en el que se discute muy racional y académicamente lo mismo la invención del amor que el significado de la pasión o la influencia del romanticismo en Occidente, mientras se cuestiona la añeja visión  patriarcal de Pinto, no solo desde la perspectiva de su lúcida mujer a la que no podrá engañar nunca -aunque le sea infiel- sino desde la perspectiva de las propias jóvenes alumnas, pues en estos tiempos feministas y postfeministas del siglo XXI, ¿todavía es posible hablar de musas?
Para Pinto, ser una musa no es un papel pasivo, sino activo: una mujer común y corriente solo desea ser besada; una musa desea y besa y, a través de esa pasión, erótica e intelectual, crea arte a través del artista que ha sido inspirada por ella. Todo esto suena muy bonito, por supuesto, pero doña Rosa no se traga ninguna píldora -las discusiones con su marido, filmadas detrás de ventanas o cristales, son fascinantes-, pues lee perfectamente a Pinto y más aún a su rival más peligrosa, la bella estudiante Mireia Iniesta (ella misma), la más reciente musa de su ¿sátiro? marido. 
El intercambio de ideas entre la avejentada musa y la rozagante muchachita es el mejor duelo femenino/feminista que he visto en mucho tiempo.  ¡Y se están peleando por un profesor de literatura! No cabe duda que el cine es pura fantasía, mero sueño... y los sueños, sueños son. (***)

jueves, 25 de mayo de 2017

En línea: Canción de amor



Curioseando entre los títulos recientes disponibles en Netflix me encontré con Canción de amor (Lovesong, EU, 2016), cuarto largometraje de la cineasta coreana avecindada en Estados Unidos So Yong Kim (Treeless Mountain/2008), una pequeña película femenina que fue presentada en concurso en Sundance 2016 y que apenas mereció estreno comercial en Estados Unidos en febrero de este año –en México, por supuesto, nunca llegó a la pantalla grande. 
En todo caso, con tres meses de distancia de su estreno comercial estadounidense, la cinta de Kim ya está disponible para su consumo hogareño a nivel mundial: los buenos nuevos tiempos de la cinefilia del siglo XXI, por más que algunos hagan rabietas en Cannes y puntos intermedios.
De hecho, Canción de amor es una película ideal para la pantalla casera: pequeña, modesta, intimista. Sarah (notable Riley Keough, nieta de Elvis y Priscilla Presley) es una joven madre veinteañera casi soltera. Y escribo casi porque su ausente marido (el cineasta Cary Fukunaga en cameo) solo hace acto de presencia vía Skype, pues permanece lejos del hogar, trabajando en algún proyecto arquitectónico importante.
Aburrida, deprimida y lidiando sola y su alma con su precoz hijita de tres años Jessie (Jessie Ok Gray, hija de la directora con su marido y coguionista Bradley Rust Gray), Sarah recibe la visita de su entrañable amiga de toda la vida, Mindy (Jena Malone, efusiva), con quien sale a la carretera a recordar viejos tiempos, echarse un trago (o varios) e intercambiar confesiones, mientras se hacen cargo, cual mamás/hermanas-mayores de la inquieta Jessie.
Hacia la mitad de la cinta, Canción de amor me hizo recordar otra pequeña película indie, Old Joy (Reichardt, 2006), un íntimo filme masculino sobre dos amigos que se re-encuentran en algún bosque de Oregon para pasar un fin de semana juntos. Sin embargo, lo que en el filme de Reichardt es apenas una sugerencia –o una posibilidad de interpretación, en todo caso-, en Canción de amor es plena certeza: entre la libre Mindy y la acorralada Sarah hay más que mera amistad, por más que no quieran aceptarlo/confrontarlo.
En todo casi, tres años después de ese re-encuentro, Sarah viaja con una crecidita Jessie (Sky Ok Gray, la otra hija de la cineasta), a Memphis, pues Mindy se casará ahí con un tal Leif (Ryan Eggold), un tipo agradable que siempre está rodeado de una familia y un grupo de amigos especialmente ruidosos. Ahí, mientras Sarah colabora en los preparativos de la boda, volverá a resurgir la relación aceptada/no-aceptada entre las dos amigas.
La puesta en imágenes de Guy Godfree y Kat Westergard –que filmaron cada uno de los dos segmentos de los que está formado el filme- privilegia una cámara móvil, nerviosa, con abundancia de primeros planos, lo que hace brillar a las dos actrices protagónicas, especialmente a Keough, quien presume una escena final tan conmovedora como desgarradora. Es probable que, en este momento, no haya una mejor actuación femenina en la cartelera comercial de la pantalla grande. 

miércoles, 24 de mayo de 2017

En línea: Morris from America



La primera vez que vi al comediante Craig Robinson –o, en todo caso, la primera vez que noté que existía- fue en una pequeña escena en Ligeramente embarazada (Apatow, 2007) cuando, en calidad de cadenero, no deja entrar a un antro a Katherine Heigl porque está embarazada y a Leslie Mann porque a sus cuarentayalgo está demasiado vieja. Cuando Mann le reclama a gritos quién le dio el poder para decidir quién entra o quién no y que, al final de cuentas, no es más que un simple cadenero, Robinson la toma del brazo, la aparta de la fila, le confiesa que odia ese trabajo y le dice por qué no puede permitir que ellas entren. Se trata del momento mejor escrito de toda la película y, de lejos, el mejor actuado. Y aunque no deja de tener gracia, se trata de una escena que no es exactamente cómica. O, vaya, no completamente cómica.
Volví a acordarme de esa escena cuando vi Morris from America (EU, 2016), cuarto largometraje de Chad Hartigan, película que pude ver a fines del año pasado en Los Cabos 2016 y que por alguna extraña razón –acaso porque nuestros distribuidores piensan que las películas con negros no tienen mercado en este país- no se estrenó comercialmente en México pero que, de todas formas, ya está disponible en Netflix desde hace unas semanas.
Digo que me acordé de la escena ya descrita porque en Morris from America Craig Robinson interpreta su primer papel dramático importante y lo hace con toda justeza, sin dejar de usar su impecable vis cómica cuando resulta necesaria. 
A decir verdad, Robinson no es el protagonista de Morris from America sino el jovencito Markees Christmas, quien interpreta al Morris del título, un adolescente de 13 años negro, serio y cachetón que ha llegado a vivir con su papá Curtis (Robinson) a la ciudad universitaria alemana de Heidelberg. Curtis es viudo y ha conseguido un puesto en la universidad como entrenador del equipo de fútbol. Morris no está precisamente encantado: a las broncas naturales que conlleva la adolescencia hay que sumarle ahora que está viviendo en una ciudad nueva, que no conoce el idioma y que su doble condición de extraño –extranjero y negro- lo aísla aún más.
La mesa está puesta para el típico melodrama de maduración juvenil y hay algo de esto en Morris from America, pero el guion escrito por el propio cineasta Hardigan es más inteligente de lo que uno podría suponer, si no en el trayecto dramático que sigue la película, sí en la descripción de los dos personajes centrales, el chamaco rapero en vías de crecimiento y el desconcertado pero honesto papá que intuye cuándo soltar y cuándo jalar la cuerda. Como lo debe saber cualquier buen padre.

martes, 23 de mayo de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXIII



Sopladora de Hojas (México, 2015), de Alejandro Iglesias Mendizábal. En la veta del cine de adolescentes de Fernando Eimbcke -aunque sin su muy identificable y controlado estilo en la puesta en imágenes-, he aquí un día en la vida de tres chamacos ociosos que, por una apuesta infantil -tirarse en un montón de hojas secas por 10 pesos-, uno de ellos pierde las llaves. Usar la sopladora de hojas del título es una de las cosas que se les ocurren para encontrar las llaves perdidas. 
Estamos ante una "épica cotidiana en nueve capítulos" a la que le sobró algunos de los nueve episodios en los que está dividida -por lo menos en el que aparece Daniel Giménez Cacho- aunque, de todas formas, la cinta se deja ver sin demasiados problemas. Opera prima de Iglesias Mendizábal. (* 1/2)

Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake, GB, 2016), de Ken Loach. La ganadora en Cannes 2016 es un melodrama social en la mejor tradición de Loach, sincera, humanista y con una pizca de buen humor. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (** 1/2)

Almacenados (México, 2015), de Jack Zagha Kababie. Después del fracaso de En el último trago (2014), da gusto reportar que Zagha Kababie (divertida opera prima Adiós mundo cruel/2010) ha vuelto por sus fueros con esta curiosa comedia minimalista ubicada en una semana de (dizque) trabajo, cuando el solemne señor Lino (José Carlos Ruiz, impecable), después de 39 años de labores, le pasa la estafeta al jovencito Nin (Hoze Meléndez), quien ha llegado para ser el nuevo encargado del "Almacén B", propiedad de la compañía Salvaleón S.A. de C.V. dedicada a fabricación de astas y mástiles.
En ese Almacén B se resguardan los mástiles, le informa el seco Lino a Nin ("Aquí vamos a lo que vamos", "¿Estamos?"), aunque pasan los días de esa última/primera semana de trabajo y no aparece ningún camión con ningún mástil. Muy pronto queda claro que esa chamba -¿la mayoría de ellas, de plano todas?- no tiene sentido y que los dos únicos personajes en este vacío escenario solo pueden intercambiar lo que ellos poseen: su humanidad. 
El keatoniano rostro enjuto de Ruiz es el contrapunto perfecto para la expresión siempre expectante, curiosa, del ascendente Hoze Meléndez en esta pequeña y sencilla comedia existencial escrita por David Desola sobre su propia obra de teatro. Ganadora del premio a Mejor Película en Morelia 2015.  (**)

Tempestad (México, 2016), de Tatiana Huezo. La mejor película mexicana del año pasado llega finalmente -y, qué remedio, limitadamente- a las salas de cine. Se trata del segundo largometraje documental de la salvadoreña avecindada en México Tatiana Huezo (espléndida opera prima El lugar más pequeño/2011), Fénix 2016 a Mejor Documental, Mejor Fotografía -que también fue nominada por la Sociedad Americana de Cinematógrafos- y Mejor Música.
Como en ya mencionado El lugar más pequeño y en su no menos notable cortometraje Ausencias (2015) -también fotografiados por el cinefotógrafo Ernesto Pardo-, Huezo echa mano de una voz narrativa/reflexiva de sus protagonistas -en este caso, dos mujeres que han sufrido en carne propia la injusticia nuestra de cada día en nuestro país- que va acompaña de una serie de absorbentes imágenes poéticas en una suerte de inquietante travelogue por el infierno de la inseguridad y la violencia nacionales.
Miriam Carvajal Yescas, una agente de migración de Cancún, fue detenida el 2 de marzo de 2010 acusada de ser parte de una organización criminal dedicada al tráfico de personas. Aunque las autoridades sabían de su inocencia, Miriam fue enviada a un penal federal en Matamoros, en el otro extremo del país, una prisión "autogobernada" por el crimen organizado. Ahí tendrá que pagar 5 mil dólares para comprar el derecho a la vida, sobrevivirá abanicando sus compañeras de celda y se encargará de la limpieza del penal para poder cubrir la cuota semana de 500 dolares que le exigen las verdaderas autoridades -o sea, los malandrines. 
Adela Alvarado trabaja en un circo. Más bien, es cirquera. Con todo orgullo, ser payasita de circo es más que una simple chamba o una identidad: es su forma de vida. Un malhadado día, Mónica, su hija de 20 años, desapareció de la faz de la tierra, aparentemente secuestrada. Desde entonces, ¡hace una década!, Adela ha buscado a su hija siguiendo todas las pistas y todos los caminos posibles en este país lleno de retenes que no sirven para maldita la cosa.
Los testimonios de estas dos mujeres se alternan con imágenes recurrentes de carreteras y autopistas en las que transitan camiones repletos de personas que atraviesan una decena de estados, desde Quintana Roo hasta Tamaulipas pasando por Puebla, Veracruz o Querétaro.
Estamos ante una dolida y doliente road-movie que avanza a través de esta interminable tempestad que llamamos México y que no renuncia a la humanidad ni, mucho menos, a la más genuina solidaridad con estas dos mujeres. Porque siempre nos quedará la risa en medio del dolor, porque siempre nos quedará ese idílico momento de libertad, por más efímero que sea.  (***)

miércoles, 17 de mayo de 2017

El cliché que yo ya vi/CXX




Joel Meza propone:


"¡Ah, méndigo, me engañaste!": En las películas, cuando un actor representa a dos personajes distintos, podemos estar seguros de que habrá una escena en la que uno de los personajes suplantará al otro, para confundir a los demás (y al espectador que no se sepa el cliché). Desde Chaplin en El Gran Dictador, pasando por Pedro Infante (que lo hizo por partida doble) en Los Tres Huastecos, Pili y Mili en... todas sus películas, Jeremy Irons en Gemelos de la Muerte (sí, así se llamó, en México, Dead Ringers...) y Lindsay Lohan en Juego de Gemelas, hasta Michael Fassbender en Alien Covenant, es un viejo truco, probablemente inspirado en El Príncipe y el Mendigo, de Mark Twain, del que los cineastas no se cansan. Bueno, nosotros tampoco, evidentemente.

martes, 16 de mayo de 2017

Alien: Covenant



Diez años han pasado desde que la misión de la nave Prometeo (Scott, 2012) terminó mal –pero apenas cinco de la cinta homónima- y ya estamos de nuevo en el espacio con ooooootra tripulación (esta vez de quince miembros) en ooooootra nave (ahora llamada Covenant), pero con los mismos aliens de siempre. O, bueno, más o menos los mismos.
            Alien: Covenant (Ídem, EU, 2017) es dirigida, como Prometeo, por el iniciador de la saga, el Ridley Scott de Alien, el octavo pasajero (1979), mientras el guion ha sido escrito por la extraña pareja formada por el experimentado John Logan y el debutante Dante Harper, sobre un argumento del casi también debutante Jack Paglen y del escritor televisivo Michael Green.
El resultado de tanta mano metida en la historia es una disparejísima cinta que se salva por el buen oficio de Scott –no hay nadie como él para hacer que un alien salga del cuerpo de la víctima en turno, sea por el estómago, la espalda o hasta la boca-, por la presencia de Michael Fassbender en un muy disfrutable doble papel que roza la autoparodia ¿conciente?, y por esos 15 minutos del final, cuando oooootra vez vemos a una indómita mujer –en esta ocasión, la capitana Daniels de Katherine Waterston- enfrentar al correoso alien por los pasillos y túneles de la nave espacial, como en el inolvidable desenlace de Alien, el octavo pasajero.
A decir verdad, esta nueva entrega de la saga está más centrada en el papel jugado por los dos androides –o “sintéticos”- creados por el megalomaníaco Peter Weyland (Guy Pearce en cameo): el fiel Walter, que acompaña a la tripulación del Covenant, y el (in)fiel David, que acompañó a la malograda tripulación del Prometeo, los dos interpretados por Michael Fassbender.
Como en la cinta anterior, la historia está centrada en la relación de la criatura con su creador. Si en Prometeo, esto culminaba en el descubrimiento que la raza humana había sido creada por una raza de alienígenas bautizada como “los ingenieros”, en esta ocasión, David cuestiona desde el prólogo del filme el sentido de su propia creación ante su creador, el multimillonario Weyland.
El problema es que estas sesudas reflexiones filosóficas pseudo-frankensteinianas terminan resultando una suerte de McGuffin argumental: algo que les preocupa mucho a los protagonistas (es decir, a los sintéticos David y Walter) pero que, en realidad, no importan demasiado cuando los aliens empiezan a invadir el cuerpo de los incautos que se han acercado a pisar un nido, tocar unos huevos o asomarse al interior de un extraño capullo, como lo hiciera hace casi 40 años John Hurt en la cinta original.
Eso sí, cuando empieza la acción, es difícil despegar los ojos de la pantalla, y más difícil aún con Fassbender en plan de divo de la actuación, enfrentándose a sí mismo como en alguna delirante telenovela clásica del Canal de las Estrellas. Y conste que esto es un elogio: ver a Fassbender desatado de esta manera es todo un espectáculo.

lunes, 15 de mayo de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXII




Los herederos (México, 2015), de Jorge Hernández Aldana. Los protagonistas de esta cinta son cuatro chamacos que tienen 15 o 16 años y son unos auténticos ojetes. De hecho, se trata de un retrato generacional tan desalentador que podría funcionar como una suerte de precuela de Los Muertos (Vohar Molkow, 2014). 
Por desgracia, a pesar de que la cinta no llega a los 80 minutos de duración, creo que se extiende en demasía -la película tiene, por lo menos, un par de finales- y hay algunos detalles del guion que no me parecieron convincentes. De cualquier manera, la cinta no carece de interés. (* 3/4)

La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette, Suiza-Francia, 2016), de Claude Barras. El Calabacín del título es un niño que queda huérfano después de un extraño accidente en el que muere su madre alcohólico. El chamaquito llega a un orfanato en donde convive con otros niños igual o más dañados que él. Cinta animada cuadro-por-cuadro que logra un balance temático-formal admirable: entre lo oscuro y lo luminoso; entre el fatalismo y la esperanza. Obra mayor. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*** 1/2)

Alien: Covenant (Ídem, EU, 2017), de Ridley Scott. Esta secuela de la precuela -a esto hemos llegado- es bastante entretenida por buenas razones -Scott sigue siendo el mejor cineasta para hacer salir aliens del cuerpo de las víctimas, los últimos 15 minutos son realmente emocionantes-, pero también por malas -un guion repleto de inconsistencias y un tono de melodrama desbocado que parece salido de una subtrama desechada de la telenovela ochentera El hogar que yo robé, con Angélica María. (Que conste que para esta referencia telenovelera, tuve que consultar google). Mi crítica, in extenso, mañana mismo. (**)

domingo, 14 de mayo de 2017

El cliché que yo ya vi/CXIX



"¿A cuánto el kilo de alien, marchantita?": En la saga de Alien, los audaces exploradores/científicos/colonizadores del futuro, siempre terminan invadidos por el "extraño enemigo" diseñado por H. R. Giger porque, invariablemente, desde la cinta original, Alien, el octavo pasajero, hasta la más reciente, Alien: Covenant, alguien se acerca a ver qué se mueve adentro de ese capullo enorme, pisan un nido de aliens y diseminan sus esporas a lo tonto o, de plano, se la llevan tocando los huevos del Alien (albureros, abstenerse) como si estuviera comprando frutas en el mercado, según la certera descripción de Fernanda Solórzano en tuiter. Esperemos que los exploradores del futuro hayan visto las cintas de la saga de Alien y cuando visiten otros planetas no anden tocando todo a lo baboso. 

lunes, 8 de mayo de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXI




Plaza de la Soledad (México, 2016), de Maya Goded. La opera prima de la premiada fotógrafa mexicana Goded está basada en un libro de fotografías  de ella publicado hace una década, centrado en el ethos de un grupo de prostitutas de la tercera edad que sobre(viven) en el emblemático barrio chilango de La Merced. Una limpia mirada, equidistante de todo tremendismo y de toda condescendencia perdonavidas. Mi crítica en la sección Primera Fila del periódico Reforma del viernes pasado. (**)

La chica desconocida (La Fille Inconnue, Bélgica-Francia, 2016), de Jean-Pierre y Luc Dardenne. El más reciente largometraje de los hermanos Dardenne es un notable thriller moral en el que una intachable joven doctora, a punto de iniciar una importante carrera en un hospital privado, decide mejor quedarse en su consultorio público -una especie de Seguro Popular pero de primer mundo- a partir de una decisión que la hace sentir culpable.
Estamos, como siempre, en Seraing, Lieja, en el consultorio que atiende la joven doctora Jenny Davin (Adèle Haenel) al lado de su asistente, al aún más joven Julien (Olivier Bonnaud). Es de noche, su jornada de trabajo ha finalizado y el timbre suena: alguien, afuera, desea ser atendido. Cuando Julien está a punto de abrir la puerta, Jenny no se lo permite. Más aún: le llama la atención. Los dos están cansados y un médico cansado no puede ser un buen médico, le dice. Antes, ese mismo día, vimos cómo Julien se había pasmado ante el ataque epiléptico de un niño. En esas primeras escenas, queda claro que el buen médico -el profesional, el experimentado, el sereno, el seguro de sí mismo- es ella y él, acaso, carece de lo necesario para ser un buen doctor. De hecho, esa es la razón por la que Julien sale del consultorio con la idea de renunciar a la medicina. Tal vez no está hecho para ese trabajo.
Pero he aquí que, a los días, un par de detectives llega al consultorio de Davin. Al parecer, la persona que tocaba la puerta esa noche era una asustada jovencita que fue encontrada muerta muy cerca de ese sitio. Es claro que la mujer estaba siendo seguida por alguien y, probablemente, si Davin hubiera dejado que Julien abriera la puerta, la muchacha seguiría viva. 
En sentido estricto, Davin no hizo nada ilegal o antiético; ella no fue culpable de esa muerte. Da lo mismo: en el fondo, ella se siente responsable del destino final de esa mujer anónima, acaso inmigrante, tal vez prostituta. Así pues, con la misma frialdad y determinación con la que atiende a sus pacientes -porque es claro que la doctora, detrás de esa máscara de seco profesionalismo, tiene una verdadera vocación por su trabajo-, Davin se convierte en una suerte de detective amateur, investigando la identidad de la muerta.
Estamos en los terrenos conocidos de los Dardenne, tanto en el terreno temático -en esta suerte de realismo social humanista y moral- como en el formal, con la cámara ligera y funcional de Alain Marcoen y un estilo actoral naturalista bien encarnado por la ascendente Adèle Haenel. Como en buena parte de la obra de los Dardenne, la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué tanto estoy dispuesto a cuidar a mi hermano, a mi hermana?, ¿qué tanto estoy dispuesto a dejar de verme en el espejo para voltear a otra parte?  (** 1/2)

sábado, 6 de mayo de 2017

Guardianes de la Galaxia, vol. 2



Escribir del cine de la Marvel no es escribir de cine y eso se vuelve a demostrar con el estreno, el pasado fin de semana, de la más reciente entrega marveliana, Guardianes de la Galaxia, vol. 2 (Guardians of the Galaxy, Vol. 2, EU, 2016), cuarto largometraje de James Gunn (opera prima insuperada Criaturas rastreras/2006, Super/2010, Guardianes de la Galaxia/2014).
Desde hace rato, ante cada nuevo filme del Universo Cinematográfico de Marvel (o MCU, como dicen los grincos) se escribe más de análisis financieros (que si cuánto logró el primer fin de semana, que si rompió un récord, que si cómo le fue en China) o de negocios de futuros (qué tanto entusiasmo provocó para el siguiente capítulo, qué tanto se conectó con otras aventuras de la Marvel) que de cine. Ya lo sabe usted: a la Marvel no le interesa tanto la película que está usted viendo, sino la cinta futura que ya le está vendiendo/prometiendo para el próximo verano/otoño/invierno.
Para rizar el gastado rizo, Marvel cumple con la tendencia de siempre: a partir de la segunda película de cada saga (la excepción, sería, acaso, Thorito 2 y quién sabe), la historia hace agua entre repeticiones abusivas y diálogos explicativos larguísimos. De hecho, el guion escrito por el propio James Gunn no es más que una serie de momentos melodramáticos, torpemente enlazados entre cansinas escenas de acción y pegajosos rescates musicales.
En esta secuela, los guardianes de la galaxia tienen tantas broncas familiares que bien podrían formar parte de alguna telenovela mexicana… de hace 30 años. Por ejemplo, Peter Quill (Chris Patt) vive traumado porque no conoció a su papá, pero al final termina teniendo dos progenitores a escoger: su padre (no exactamente) biológico Ego (Kurt Russell) y su asumido papá adoptivo Yondu (Michael Rooker, en la mejor actuación de la película). La indomable Gamora (Zoe Saldana) y su hermana Nebula (Karen Gillan) tienen que resolver su interminable rivalidad causada por su malvado papá que nomás quería verlas pelear cuando estaban chiquitas. El mapache Rocket (voz de Bradley Cooper) aprende a aceptar que siempre se comporta como ojete para ocultar que, en el fondo, tiene su corazoncito y que los guardianes son su única familia. Al final de cuentas, los únicos que resisten el ataque sentimentaloide del guion son el forzudo Drax (Dave Bautista, quien tiene las líneas más graciosas del filme) y Groot (voz de Vin Diesel), que presume la mejor escena post-créditos (¡de las cinco!) que tiene el filme.
Eso sí, por ahí aparecen actores y personajes que, previsiblemente, veremos en el siguiente tráiler –digo, filme- de la saga (Sylvester Stallone, Michelle Yeoh) pero que aquí no tienen mucho qué hacer en el guion escrito por Gunn que, incluso, desperdicia la mejor idea de la cinta: esa insoportable raza de alienígenas dorados que, como si fuera el ejército gringo asentado en el desierto de Nevada, hace todas sus guerritas a control remoto, manejando drones espaciales cual juegos de vídeo. Lo que habría hecho un Paul Verhoeven con estas escenas.
Lo que sigue funcionando como relojito es el impecable gusto musical de los hacedores de esta cinta (“My Sweet Lord”, “Brandy”, “Father and Son” y otras más) y uno que otro chistorete, casi todos ellos debidos a Dave Bautista. La vis cómica del luchador es notable porque, como todo comediante natural, no trata de ser gracioso. O, por lo menos, no se nota que se esfuerce mucho. De todos los involucrados en esta saga es él, acaso, el que ha crecido más como actor y como estrella. Quién lo diría.

jueves, 4 de mayo de 2017

El cliché que yo ya vi/CXVIII



Joel Meza propone:


"Yo vendo unos ojos negros...": En las películas de fantasía o de terror, cuando un personaje es poseído por las fuerzas del mal, invariablemente se le ponen los ojos completamente negros (o de algún otro color suficientemente oscuro), perdiendo toda la parte blanca y logrando un inquietante efecto de inexpresividad, si bien bastante trillado.
Una variante muy bien lograda estuvo en los botones cosidos sobre los ojos por La Otra Mamá, en Coraline. Sin embargo, de unos años para acá lo hemos visto repetido en su forma más básica, en varias de las interconectadas (a fuerzas) cintas de Marvel, incluyendo el episodio del mes: Guardianes de la Galaxia Vol. 2.

lunes, 1 de mayo de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXX



No soy tu negro (I Am Not Your Negro, EU, 2016), de Raoul Peck. Este extraordinario documental semi-biografico del escritor e intelectual afroamericano James Baldwin (1924-1987) está centrado no en su vida sino en sus ideas. En concreto, en las relacionadas con el arraigado -y en la era trumpista, renaciente- racismo estadounidense. Más un ensayo fílmico que cualquier otra cosa. De lo mejor que se verá en cine este año. Mi crítica, en la sección Primera Fila de Gente del diario Reforma del viernes pasado. (*** 1/4)

Buey Neón (Boi neon, Brasil-Uruguay-Holanda, 2015), de Gabriel Mascaro. Vista en concurso en Cartagena 2016 en donde ganó el premio a Mejor Película, el sexto largometraje -pero apenas segundo de ficción- de Gabriel Mascaro es una suerte de inmersión total en un exótico estilo de vida, el de los trabajadores de las "vaquejadas", una suerte de jaripeo a la brasileña, en el que unos vaqueros sueltan a unos toros para luego tratar de tumbarlos al jalarles su cola.
La cinta presume una atractiva pero hermética puesta en imágenes -fotografía del ascendente cinefotógrafo mexicano Diego García-, mucho más valiosa que la historia misma, pues los personajes carecen de calidad dramática: tenemos a un vaquero (Juliano Cazarré) que quiere ser diseñador de ropa femenina, una madre soltera (Maeve Jinkings) que trabaja en el rodeo con una hijita (Alyne Santana) siempre atenta a todo, y otro trabajador más (Carlos Pessoa) que sirve como el infaltable amigo chistosón del protagonista. Al final, todo termina diluyéndose en una narración elusiva, digresiva e informe. Igual, ha ganado premios ahí donde se ha exhibido. (* 3/4)

Guardianes de la Galaxia, vol. 2 (Guardians of Galaxy, Vol. 2, EU, 2017), de James Gunn. Escribir del cine de la Marvel no es escribir de cine: estamos ante un asunto financiero (que si cuánto logró el primer fin de semana, que si rompió un récord, que si cómo le fue en China) y de análisis de negocio de futuros (qué tanto entusiasmo provocó para el siguiente capítulo, qué tanto se conectó con otras aventuras de la Marvel). Ya lo sabe usted: a la Marvel no le interesa tanto la película que está usted viendo, sino la cinta futura que ya le está vendiendo/prometiendo para el próximo verano.
En este caso, Marvel cumple con la tendencia de siempre: a partir de la segunda película de cada saga (la excepción, sería, acaso, Thorito 2), la historia hace agua entre repeticiones abusivas y diálogos larguísimos que parecen haber sido escritos por el peor Christopher Nolan (el de su primer Batman). Total, lo que sigue funcionando es el impecable gusto musical de los hacedores de esta cinta y uno que otro chistorete bien contado (de hecho, Dave Bautista termina siendo genuinamente gracioso). Un último apunte: el único del extendido reparto que ganó con creces su cheque es Michael Rooker, el actor más experimentado de todos y, además, el único que contó con un personaje interesante para desarrollar... y finalizar. Qué remedio. (-)