martes, 28 de marzo de 2017

Cuéntamela otra vez/XLIV



Ante el exitoso estreno global del remake de “acción viva” de La bella y la bestia (Beauty and the Beast, EU, 2017), me di a la tarea de volver a ver el clásico animado homónimo, dirigido en 1991 por Gary Trousdale y Kirk Wise. La ¿novedad? es que la doblemente oscareada película –por Mejor Canción y Mejor Música- sigue siendo una delicia como cinta animada, en especial por sus devaneos busbyberkelianos y su soberano manejo de los espacios en sus números musicales.
Recordemos de qué va. Luego del prólogo en el que vemos a un vacuo príncipe ser convertido en una bestia por la hechicera de rigor, conocemos a la bella Belle (voz de Paige O’Hara), quien vive en un encantador pueblito francés al lado de su excéntrico papá científico Maurice (voz de Rex Everhat).
A Belle le encanta leer, lo que la convierte en un personaje raro para el resto del pueblo pero, al mismo tiempo, esta afición es lo que la lleva a soñar en otros horizontes (“Belle”). El galán del pueblo, el egocéntrico Gastón (voz de Richard White), tiene otros planes para ella: hacerla su mujer, por más que la persona que más quiere sea a él mismo (“Gaston”).
En cierto viaje a un pueblo cercano, Maurice se pierde en el bosque y termina en el castillo encantado de la Bestia (voz de Robby Benson), quien lo toma como prisionero. Cuando Belle va a buscar a su papá, la Bestia accede a liberarlo si ella toma su lugar. Belle empieza a conocer el castillo de la Bestia y a convivir con los sirvientes, que han sido transformados en objetos por la misma hechicera: en un reloj (Dindon, voz de David Ogden Stiers), en una tetera (Mrs. Potts, voz de Angela Lansbury), en un candelabro (Lumière, voz de Jerry Orbach)… Ellos están felices de tener a una muchacha ahí (“Be our Guest”), pues si una mujer se enamora de la Bestia tal como es, el hechizo terminará y ellos volverán a ser humanos (“Human Again”).
Poco a poco, Belle y la Bestia se van acercando, conociéndose, enamorándose (“Something There”) hasta culminar en el célebre baile elegantísimo en el que parece que el rompimiento del hechizo es inminente (“Beauty and the Beast”). Ya enamorada la Bestia de su prisionera, la termina liberando sin condición alguna para que vaya a ayudar a Maurice, que está a punto de terminar en un manicomio, debido a la maldad de Gastón. 
Belle logra a salvar a su padre al demostrar que, en efecto, la Bestia existe. Sin embargo, Gastón manipula a todo el pueblo para ir a matar al “monstruo” (“The Mob Song”). Pero no se preocupe: en el enfrentamiento final, el amor verdadero –estamos en una cinta de Disney, ¿se acuerda?- terminará triunfando.




La nueva versión, dirigida por el disparejo chambista Bill Condon (que los mismo ha  realizado la notable Dioses y monstruos/1998 que un par de filmes de la serie Crepúsculo), permanece fiel a la historia, los diálogos y las canciones de la película de 1991. Sin embargo, a pesar del espléndido reparto vocal, de la buena pareja protagónica (Emma Watson y Dan Stevens) y hasta del convincente  villano de fuerte voz (Luke Evans), no logra superar al filme animado.
Hay una razón fundamental para ello: la cinta de 1991 duraba justo hora y media y no necesitaba más tiempo para encantarnos con su música, sus canciones y el virtuosismo de su animación. En la versión de 2017, el guion de Stepehn Chbosky y Evan Spiliotopoulos alarga las acciones más de media hora, sea agregando justificaciones dramáticas innecesarias -que si el Príncipe/Bestia no tiene la culpa de haber sido criado por un papá cruel, que si el papá de Belle (siempre bienvenido Kevin Kline) abandonó a su esposa agonizando de peste para salvar a su hijita-, sea sumando varias canciones que no vienen al caso.
De hecho, lo mejor de La bella y la bestia, versión 2017, siguen siendo las canciones originales de Alan Menken y Howard Ashman, además del sentido de cuento de hadas original, que demanda al lector ver más allá de las apariencias físicas. (Los feos de este mundo siempre hemos agradecido esta moraleja).
Dicho lo anterior, esto no quiere decir que la película de Condon sea un desastre: como ya anoté antes, el trabajo vocal (de Ewan McGregor, Emma Thompson, Ian McKellen et al) no tiene pierde, Emma Watson encarna de manera convincente a la heroína lectora, mientras que Dan Stevens y Luke Evans demuestran que saben cantar entonados. Y aunque es obvio que Condon no es director de musicales –las únicas buenas coreografías son copias de las similares del filme de 1991-, es capaz de hacer avanzar la cinta hasta su esperado final feliz sin mayor problema.
No es mucho pero, por lo visto, es más que suficiente para que la Casa Disney pueda presumir su primer trancazo taquillero veraniego… en primavera. Qué remedio.

lunes, 27 de marzo de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXV




Tenemos la carne (México, 2016), de Emiliano Rocha Minter. Según alguna crónica publicada en El País, la opera prima de Rochar Minter provocó una avalancha de huidas en su exhibición en el pasado festival de Sitges 2016 debido a... ¿sus provocaciones? 
El filme de Rocha Minter no quiere dejar títere con cabeza: que si la Virgen de Guadalupe, que si el himno nacional, que si el incesto, que si el canibalismo, que si un money-shot por si ocupa... La verdad, Tenemos la carne solo podría asustar a quienes nunca entrarían a ver una película como esta. A los demás -bueno, tampoco exageremos: en todo caso a mí- sospecho que nos podrá parecer un ejercicio tan solemne como tedioso. 
La historia -en un mundo postapocalíptico un diabólico Noé Hernández acoge a una pareja de jóvenes hermanos, a quienes somete a una serie de actos bien cochinotes- es mero excipiente para las pueriles provocaciones ya descritas. (++)

Aquarius (Ídem, Brasil, 2016), de Kleber Mendonca Filho. El ascendente Mendonca Filho ha dirigido una de las cintas más pertinentes del año (de cualquier año): la historia de una viuda indomable (Sonia Braga) que, ella solita, sin más, se enfrenta a una compañía inmobiliaria que la quiere expulsar del departamento en el que ella vive. El poder de observación del cineasta brasileño, ya demostrado en la también notable Sonidos vecinos (2012), empuja aquí no solo al coraje, sino a la movilización. No es de extrañar que la mezquindad política de los actuales gobernantes brasileños haya bloqueado el envío de este filme al Oscar 2017. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*** 1/2)

Los reyes del pueblo que no existe (México, 2015), de Betzabé García. El mejor documental mexicano del 2015 nos presenta la vida de tres familias que sobreviven en el pueblo sumergido de San Marcos, en el sur sinaloense. La opera prima de la joven cineasta García es un cine vivo y alegre, nunca jodidista, nunca tremendista, nunca miserabilista. Un cine cálida y profundamente humano. Con toda justicia fue nombrado mejor documental en Morelia 2015 por un jurado en el que se encontraba, nada menos, Nicolas Philibert. (** 1/2)

martes, 21 de marzo de 2017

El cliché que yo ya vi/CXLVII



Joel Meza propone:

Newton nunca llevaba manzanas en carro: En las películas, inmediatamente después de que un vehículo se accidenta, es común mostrar una toma cerrada al pasajero, sentadito en su lugar, sacudiéndose el polvo, para luego quitarse el cinturón de seguridad y verlo precipitarse "hacia arriba", estampándose en el techo de la cabina. 
Entonces, la toma gira 180 grados para revelar que el vehículo en realidad está panza arriba y la gravedad sigue funcionando como cuando Newton la descubrió. El ejemplo más reciente, esta semana con Samuel L. Jackson en Kong: La Isla Calavera.

lunes, 20 de marzo de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXIII y CCLXXIV



Dos por uno. Ya que estuve ocupado en Guadalajara 2017, he aquí la revisión de la cartelera de los últimos dos fines de semana, como sigue:

Kong, la Isla Calavera (Kong: Skull Island, EU, 2017), de Jordan Vogt-Roberts. En este torpe re-boot del legendario simio gigantesco, el Rey Kong habita en 1973 en una misteriosa isla del Pacífico, a donde llega un grupo de científicos y soldados dirigidos por un obsesionado investigador (John Goodman) que sabe que en ese lugar se funden "el mito y la ciencia". Los militares son comandados por el fanático teniente Packard (Samuel L. Jackson) que acaba de ver como sus muchachos perdieron la guerra en Vietnam -perdón, no perdieron: nomás abandonaron-, así que no está dispuesto a perder la batalla contra un chango gigantesco. En el grupo van también un rastreador inglés (Tom Hiddleston) y una fotógrafa de (anti)guerra (Brie Larson), pero ellos nomás van a estorbar, porque ni siquiera se hacen ojitos. Es más, llegado el momento, el enorme chango no pela a la sope de Brie Larson -y por algo será.
La película parte de un argumento escrito por John Gatis en el que el pobre de Kong no hace otra cosa que pelear desde el principio con esos molestos humanos y luego con unas lagartijas enormes, feas y anticarismáticas. Nada de quereres del chango con alguna elusiva rubia, nada de viaje a Nueva York -a lo mejor Trump también prohibió la entrada a Estados Unidos de primates enormes-, nada de tragedias amorosas. Nada de nada, a no ser algunos vistosos efectos especiales que, en realidad, dejan de ser vistosos cuando uno se da cuenta que no son más que eso: efectos especiales sin historia. Un desastre. (+)

Neruda (Chile-Argentina-Francia-España-EU, 2016), de Pablo Larraín. El sexto largometraje de Larraín es una atípica biopic -como su siguiente cinta, la más lograda Jackie (2016)- centrada en un periodo en específico de su personaje protagónico: el poeta comunista Pablo Neruda (un desatado Luis Gnecco), perseguido de cerca por el ficticio policía Peluchoneau (Gael García Bernal, impecable como de costumbre). Una arriesgada mise-en-abyme narrativa más ingeniosa en el papel que en la realidad. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes 10 de marzo. (-)

La caja vacía (México-Francia-2016), de Claudia Saint-Luce. El segundo largometraje de la cineasta y guionista Saint-Luce es un filme dolorosamente personal que resulta ser la otra cara de la moneda de su espléndida opera prima Los insólitos peces gato (2013).  Mi crítica in extenso por acá. (**)

Hambre de poder (The Founder, EU, 2017), de John Lee Hancock. Anthony Lane escribió en su reseña de The New Yorker que Hambre de poder es, sin habérselo propuesto, la primera película de la era de Trump. Y sí, tiene razón.
El título original es aviesamente irónico: se trata de la biopic no del fundador del emporio global de comida rápida McDonalds sino del tipo que se apropió del negocio, pues los fundadores reales, los hermanos Mac y Dick McDonald (John Carroll Lynch y Nick Offerman, respectivamente) terminaron chamaqueados por un vendedor de "batidoras" llamado Ray Kroc (energético Michael Keaton) que en 1954 se topó con un pequeño restaurante de hamburguesas en San Bernardino, California, convenció a los dos hermanos para transformar su changarro en una franquicia y luego, con malas y peores mañas, terminó apoderándose de todo.
Hay algo de la ferocidad, tenacidad y determinación trumpista en la forma en la que Kroc, contra todo pronóstico, termina venciendo todos los obstáculos que se le presentan: su marchito matrimonio con una mujer que siempre le fue fiel (Laura Dern), las objeciones del par de encantadores hermanos restauranteros, las constantes negativas que le dan los bancos para financiarlo, la molesta condescendencia con la que es tratado por sus conocidos que tienen lana de verdad... Nada de eso detendrá a Kroc en su idea de cumplir "el sueño americano". Y si la ética se atraviesa en el camino, peor para la ética.
Aunque Hancock y el siempre confiable Keaton resisten la tentación de convertir en un héroe a Kroc -el tipo es detestable, aunque él crea lo contrario-, la realidad es que a la película le falta el filo que le habría dado un guion más agudo y una realización más inspirada. ¿Qué habrían hecho los Coen, por ejemplo, con la historia de Ray Kroc? Probablemente una obra mayor. De cualquier forma, así como está, dirigida por el competente Hancock, la cinta nos muestra de todas formas el rostro descarnado de la filosofía transaccional trumpista: para que alguien cumpla su "sueño americano", otro tendrá que sufrir una pesadilla. (**)

Experimento exorcista (The Possession Experiment, EU, 2016), de Scott B. Hansen. Esta cinta de horror parte de una premisa original: un estudiante universitario inscribe en una fondeadora su proyecto de dejarse poseer por un espíritu maligno porque... porque... pos nomás porque anda de ocioso. A partir de ahí, la ejecución de esta idea es terrible, por más que a veces la cinta levanta con algunos momentos de horror gore. Horrenda, en el peor de los sentidos. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (+)

La bella y la bestia (Beauty and the Beast, EU, 2017), de Bill Condon. El remake de acción viva del clásico animado disneyano le sobra media hora, pero la historia, el extendido reparto siempre intachable y la música y las canciones originales son inmunes a ese alargamiento innecesario. La dirección de Condon es no más que correcta, con su mejor momento en la canción colectiva "Be Our Guest", con los mismos devaneos busbyberkelianos de la cinta animada de 1991. Próximamente, un texto in extenso(**)

sábado, 18 de marzo de 2017

Guadalajara 2017... en un vistazo



Ayer terminó Guadalajara 2017 y acá está la lista de todo lo que vi en el festival, en orden de preferencia. ¿Qué significan los asteriscos y las cruces? A la derecha la explicación...

Paterson (EU-Alemania-Francia, 2016), de Jim Jarmush. Panorama internacional: ***

La libertad del diablo (México, 2017), de Everardo González. Largometraje iberoamericano documental: ***

La región salvaje (México-Francia-Dinamarca-Noruega-Alemania-Suiza, 2016), de Amat Escalante. Galas de industria: ***

La reconquista (España, 2016), de Jonás Trueba. Largometraje iberoamericano de ficción: ***

El sueño del Mara'akame (México, 2016), de Federico Cecchetti. Panorama internacional: ** 1/2

El ciudadano ilustre (Argentina-España, 2016), de Mariano Cohn y Gastón Duprat. Largometraje iberoamericano de ficción: ** 1/2

Etiqueta no rigurosa (México, 2017), de Cristina Herrera Bórquez. Maguey: ** 1/2

Resurrección (México, 2016), de Eugenio Polgovsky. Film 4 Climate: ** 1/2

Zoologiya (Rusia-Alemania-Francia, 2016), de Ivan L. Tverdovsky. Europa Nuevas Tendencias: ** 1/2

Chavela (EU, 2017), de Catherine Gund y Daresha Kyi. Son de cine: ** 1/2

Fuoccoamare: Fuego en el mar (Fuoccoamare, Italia, 2016), de Gianfranco Rosi. Film 4 Climate: **

Los ofendidos (El Salvador-México, 2016), de Marcela Zamora Chamorro. Largometraje iberoamericano documental: **

Ayúdame a pasar la noche (México 2017), de José Ramón Chávez Delgado. Hecho en México: **

As duas Irenes (Brasil, 2017), de Fabio Meira. Largometraje iberoamericano de ficción: **

El peluquero romántico (México-España, 2016), de Iván Ávila Dueñas. Panorama internacional: **

Batallas íntimas (México, 2016), de Lucía Gajá. Largometraje iberoamericano documental: **

Me llamaban King Tiger (México, 2017), de Ángel Estrada Soto. Hecho en México: **

Día de visita (México-Estados Unidos, 2016), de Nicole Opper. Hecho en México: **

El color del camaleón (Chile-Bélgica, 2016), de Andrés Lübbert. Largometraje iberoamericano documental: ** 

Toni Erdmann (Ídem, Alemania-Austria, 2016), de Maren Ade. Alemania: invitado de honor: * 3/4

El silencio es bienvenido (México, 2016), de Gabriela García Rivas. Hecho en México: *3/4

Anadina (México, 2017), de Raúl Fuentes. Hecho en México: * 3/4

Los crímenes de Mar del Norte (México, 2017), de José Buil. Largometraje iberoamericano de ficción: * 3/4

El futuro perfecto (Argentina, 2016), de Nele Wohlatz. Largometraje iberoamericano de ficción: * 3/4

x500 (México-Colombia-Canadá, 2016), de Juan Carlos Arango. Galas de industria: * 3/4

Sueño en otro idioma (México-Holanda, 2017), de Ernesto Contreras. Largometraje iberoamericano de ficción: * 1/2

Sunú (México, 2014), de Teresa Camou Guerrero. Film 4 Climate: * 1/2

Verónica (México, 2017), de The Visualists. Hecho en México: * 1/2

Carpinteros (República Dominicana-Estados Unidos, 2017), de José María Cabral. Largometraje iberoamericano de ficción: * 1/2

Los niños (Chile-Francia-Holanda-Colombia, 2016), de Maité Alberdi. Largometraje iberoamericano documental: * 1/2

Los ojos del mar (México-Alemania, 2017), de José Álvarez. Largometraje iberoamericano documental: *

Bruma (México-Alemania, 2017), de Max Zunino. Largometraje iberoamericano de ficción: +

Nocturno (México, 2016), de Luis Ayhllón. Hecho en México: +

Soldado (Argentina, 2017), de Manuel Abramovich. Largometraje iberoamericano documental: + 

viernes, 17 de marzo de 2017

Guadalajara 2017/VI y última




Termina hoy el Festival Internacional de Cine en Guadalajara y más allá de algunas deficiencias menores, creo que esta emisión número 32 fue una de las mejores -¿o de plano la mejor?- desde que se llama festival -es decir, desde 2001, cuando cambió el nombre de Muestra a Festival. 
Veamos el balance. En cuanto al cine elegido para competir, volvió a aparecer la bronca de siempre: la selección mexicana de ficción -la de concurso y fuera de él- fue, con las excepciones de rigor, floja. Pero, en honor a la verdad, este problema es el mismo de todos los festivales nacionales: lo mismo sucedió en Morelia 2016, en menor medida pasó lo mismo en Los Cabos 2016 y aunque no fui a FICUNAM este año, no creo que el festival universitario haya sido la excepción. (De hecho, a lo largo de los años el problema del FICUNAM ha sido siempre su selección mexicana).
Por supuesto, como ya lo escribí antes, el problema no es del comité de selección de Guadalajara 2017 -o de los otros festivales mencionados- sino del universo de películas que pueden seleccionar. Como me dijo un miembro de un comité de selección de otro festival: "ni te quejes: tú no viste lo que quedó fuera". Incluso, alguna vez un programador de otro festival me confesó: "si por mí fuera, no tendría selección mexicana". En fin: el problema es, en todo caso, de la ficción nacional, porque el documental mexicano goza de cabal salud. ¿Por qué sucede y ha sucedido esto en los últimos años? Hagan equipos de tres y discútanlo. 
En cuanto a la logística de festival, lo que siempre funcionaba como mecanismo de relojería en Guadalajara, el transporte, dejó mucho qué desear, por lo menos desde la experiencia de este crítico de cine. Como no había "terminal" de transporte en el hotel de críticos y prensa, había que ir a buscar los autos a otra parte o, de plano, irse al Cine Foro por cuenta propia, como lo hice un par de veces. La verdad, no creo que sea demasiado gravoso dejar un transporte de planta para los críticos, cuyo trabajo es, precisamente, ver cine y nada más que eso.
Ahora bien, en cuanto a lo bueno, supera a todo lo malo. Más allá del muy juicioso palmarés (bravo por los jurados), lo cierto es que en los casi 20 años en los que he asistido a la Muestra y/o Festival de Guadalajara, nunca había visto tantas funciones de público llenas. En Cinépolis de Centro Magno era común entrar a salas semivacías con tres o cuatro personas, todas ellas portando su gafete de prensa/industria/invitado. 
Esta vez, sea porque el conjunto de Cinemex Sania -en donde se llevaron a cabo las funciones de público- es nuevo, sea porque hubo una mucho mejor promoción, sea porque después de 32 años se ha formado finalmente un público que quiere ver cine no hollywoodense, sea porque los milagros existen, sea por lo que sea, pero lo cierto es que las salas estaban llenas -o vaya, en el peor de los casos a mitad del aforo- y muchos de los asistentes no eran "gafeteros" críticos/invitados/de-industria -que, por cierto, de todos modos los críticos/prensa/invitados teníamos que pagar nuestro boleto, porque la asistencia gratuita se limitaba a las funciones de prensa e industria.
En fin: da gusto que, como suele suceder en Morelia, en Guadalajara hubo salas llenas y hasta se llegó a anunciar boletos agotados para varias funciones. Ojalá que esto sea la constante de aquí en adelante: un festival de cine al que solo asisten "gafeteros" es un festival de cine que, por definición, no le llega al público. Y si no tiene público, ¿para qué se hace un festival de cine en primera instancia?
En cuanto a los premios, abajo está el listado. No vi Los años azules, pero si dos jurados distintos la galardonaron -los colegas del FIPRESCI, que le otorgaron el premio paralelo de Mejor Película Mexicana, y el Jurado Mezcal, que le otorgó los Mayahueles a Mejor Director y Mejor Actriz-, debió ser una de las dos excepciones de la floja competencia mexicana -la otra excepción fue Ayúdame a pasar la noche, que sorpresivamente ganó el Premio del Público.
En cuanto a los premios Guerrero de la Prensa, que otorga la prensa acreditada en Guadalajara -periodistas y críticos-,  los ganadores fueron La libertad del diablo en documental y Sueño en otro idioma en ficción. Para que conste en actas, voté por el documental de Everardo González y por Ayúdame a pasar la noche.


La lista de premios oficiales, con todo y monto económico ganado, a continuación:



Premio Mezcal   
       
Mejor Película Mexicana (500 mil pesos): La libertad del diablo, de Everado González.

Mejor Director (Mayahuel): Sofía Gómez Cordova, por Los años azules. 
Mejor Cinefotógrafo (Mayahuel): María Secco, por La libertad del diablo.       
Mejor Actor (Mayahuel): José Manuel Poncelis y Eligio Meléndez , por Sueño en otro idioma.
Mejor Actriz (Mayahuel): Paloma Domínguez, por Los años azules.       

Premio del publico  
Ayúdame a pasar la noche, de José Ramón Chávez Delgado. Premio: 100 mil pesos.



Largometraje Iberoamericano de Ficción           
Mejor Película (250 mil pesos): Santa y Andrés, de Carlos Lechuga.           

Premio Especial del Jurado: (125 mil pesos): Carpinteros, de José María Cabral.            
Mejor Director (150 mil pesos): Joel Calero, por La última tarde.         
Mejor Ópera Prima (125 mil pesos): Las dos irenes, de Fabio Meira. 
Mayahuel por Mejor Actriz: Lola Amores, por Santa y Andrés. 
Mayahuel por Mejor Actor: Jean Jean, por Carpinteros. 
Mayahuel por Mejor Fotografía: Las dos Irenes.     
Mayahuel por Mejor Guion: Santa y Andrés. 

Documental Iberoamericano        
Mejor Documental (150 mil pesos): La libertad del diablo, de Everardo González. 


Premio Especial del Jurado (100 mil pesos): El pacto de Adriana, de Lissette Orozco.           

Cortometraje Iberoamericano      
Mejor Cortometraje (75 mil pesos): Aya, de Francesca Canepa Sarmiento. 

Premio Rigo Mora a Mejor Cortometraje de Animación (100 mil pesos): Cerulia, de Sofía Carrillo.   
Mención Especial: Lucha, de Eddie Rubio; y Berta Vive, de Katia Lara Pineda.

Premio Maguey       
Premio Maguey: Corpo Electrico, de Marcelo Caetano.      

Premio Especial del Jurado: Santa y Andrés, de Carlos Lechuga.            
Mejor Actuación: Jella Haase, por Looping


miércoles, 15 de marzo de 2017

Guadalajara 2017/V



Dicen por ahí que la mitad de una buena película documental está en la elección del tema y, especialmente, de los protagonistas. Del carisma de ellos, a veces, depende el éxito del filme. Eso sucede, en gran medida, con dos documentales en competencia en Guadalajara 2017. 
Día de visita (México-Estados Unidos, 2016), segundo largometraje de la periodista y cineasta estadounidense Nicole Opper (opera prima nominada al Emmy 2009 Off and Running/2009, no vista por mí) es un sólido filme humanista, centrado en las loables actividades de IPODERAC (Instituto Poblano de Readaptación, A.C.), una asociación civil poblana dedicada a insertar en sociedad a niños en situación de calle.
Aunque en el documental aparecen cuatro chamacos de distintas edades, entre los 11 y los 18, el protagonista resulta ser el carismático Juan Carlos, un muchacho de 16 años que salió de su casa debido a las golpizas que le propinaba su madrastra ante la complacencia -o por lo menos apatía- de su padre. 
Juan Carlos tiene dos años en IPODERAC y con la ayuda de un equipo que, por lo menos en el documental, se ve tan profesional como empático, el muchacho empieza a construir una imagen de sí mismo y una idea de lo que quiere ser/hacer en el futuro cercano. La piedra en el zapato sigue siendo el día de visita del título: desde que está en IPODERAC, Juan Carlos nunca ha sido visitado por su padre al que, de hecho, no ha visto en seis años.
Aunque a ratos la cinta parece poco más que un vídeo de encargo de la susodicha asociación civil -no vemos mayor problema con los chamacos, todos parecen estar bien, no dan demasiada lata-, la directora Opper nos termina ganando por esa honesta mirada sobre los propios niños, sus deseos, sus luchas o sus logros, como el mayorcito "Tío Carlos", cuyo sueño es ser un diseñador de ropa y al que vemos organizar su propio fashion-show hacia el final del filme. También hacia el final, Juan Carlos tendrá que resolver su relación con su padre, encontrarse con él, perdonarlos, perdonarse. Porque la vida hay que vivirla hacia adelante, no hacia atrás.
Esta misma voluntad inquebrantable es la que empuja a Fernando y Víctor, la pareja gay protagonista de Etiqueta no rigurosa (México, 2017), notable opera prima de Cristina Herrera Bórquez, cinta ganadora del Premio John Schlesinger al Mejor Documental en Palm Springs 2017. 
Un colega que además se la da de pitoniso auguró que Etiqueta no rigurosa ganaría el premio del público. No creo que sea así -supongo que ese premio se lo llevará Sueño en otro idioma- pero, en todo caso, la película de Herrera Bórquez no debería salir de Guadalajara con las manos vacías. Ya veremos qué dice el jurado.
A decir verdad, el filme de Herrera Bórquez no tiene nada de extraordinario en la forma, que es en el mejor de los casos, un documento testimonial. Lo central está en la historia -la lucha de una pareja gay para ser los primeros en casarse en la homofóbica ciudad de Mexicali- pero, más aún, en los propios carismáticos protagonistas -el sinaloense de Guasave Fernando, el bajacaliforniano de Ciudad Guadalupe Victoria Víctor- y, sobre todo, en el arma nada secreta de la cineasta: un odioso villano, el que todo mexicano conoce, al que mexicano aborrece, al que todo mexicano ha padecido alguna vez en la vida.
Me refiero al Estado burocrático y a sus abusivos detentadores, a saber, ese chicharronero y mocho gobernador de Baja California José Guadalupe Osuna Millán, ese inarticulado alcalde cachanilla Francisco Pérez Tejada (alias "el esteeeeee"), esa mustia jueza Rosa María Leal que ni siquiera se anima a dar su nombre, esa ojete oficial de registro civil que se escuda en cualquier reglamento para joderle la vida al ciudadano, esa casi llorosa funcionaria/doñita que se opone porque sí a casar a los dos tipos, por más que la Suprema Corte ya haya dado su veredicto ("Esos nomás son cinco y acá en Baja California somos más").
Imposible no sentir solidaridad por el echado pa' delante Fernando y el sentimental Víctor: todos nos hemos enfrentado alguna vez a lo mismo. Me refiero a ese burócrata que por joder te hace dar otra vuelta, no te atiende porque te falta la hojita amarilla, te regresa porque no está sellado del lado izquierdo, te dice que no puedes hacer el trámite porque no trajiste ocho copias del CURP y así hasta que alguien desiste (tú o él) o, de plano, das la mordida. Por supuesto, en este caso, las constantes negativas a casar a los dos hombres no descansa en el prurito documental de los burócratas cachanillas: este fue el pretexto para hacerles la vida imposible a los dos hombres después de que la Suprema Corte fallara en contra del Ayuntamiento de Mexicali y le ordenara casarlos.
La cineasta logra, siguiendo muy de cerca la odisea de sus protagonistas, interesarnos en el tema, que sintamos empatía por los dos extrovertidos estilistas, nos hacer reír a carcajadas en más de una ocasión, para luego, hacernos encabronar en serio. ¡Carajo, déjenlos que se casen, para que sepan lo que es bueno! ¿Qué tienen en la cabeza esos burócratas de Mexicali? 
La triste realidad es que, si uno lo piensa un poco, es lo mismo que tienen otros burócratas en todo México y otros mexicanos que no son burócratas. Aunque la cinta es exultante y optimista, la realidad es que falta mucho para construir un país liberal y tolerante. Aunque con tipos "comunes y corrientes" como Fernando y Víctor -además de sus abogado, claro está-, acaso falte menos. 

martes, 14 de marzo de 2017

Guadalajara 2017/IV



Como ha sido constante en los últimos años, en Guadalajara 2017 suele haber mejor cine documental mexicano que buen cine nacional de ficción. Por supuesto, de esto no tiene la culpa el comité de selección: la realidad es que desde inicios de siglo, el cine documental hecho en México tiene mejor promedio de bateo que el cine de ficción. Y a las pruebas me remito con estos tres notables documentales en competencia. 
Los ofendidos (El Salvador-México, 2016), el más reciente largometraje de Marcela Zamora Chamorro (meritorio El cuarto de los huesos/2015), explora las cicatrices que la guerra, la represión y, específicamente, la tortura, dejaron los doce años de sangrienta guerra civil en El Salvador.
La cineasta parte de una historia muy personal: su propio padre, Rubén Ignacio Zamora Rivas, miembro del Frente Democrático Revolucionario, fue torturado durante 33 días. Así pues, de la mano y la memoria de su padre, que regresó del exilio en 1987, la cineasta visita los viejos sitios clandestinos de tortura, entrevista a torturados y a torturadores (los dos grupos muy católicos, especialmente los segundos) y echa mano de imágenes de archivo para pintar un doloroso fresco histórico, uno que algunos quieren olvidar -o de plano ya olvidaron- y que otros nunca olvidarán.
Del olvido precisamente rescató Ángel Estrada Soto al líder chicano Reies López Tijerina en su documental Me llamaban King Tiger (México, 2017), exhibido en la sección Hecho en México.
Aunque la estructura del filme puede ser todo lo convencional que se quiera -cabezas parlantes, imágenes de archivo, voz en off confesional-, la realidad es que Estrada Soto ha logrado un documento invaluable, no solo por la acuciosa investigación que ha realizado, sino por la extensa entrevista que logró con el propio López Tijerina, quien aparece a lo largo del filme, desahuciado, abandonado y olvidado, sobreviviendo en alguna casucha de Ciudad Juárez, acompañado solamente por su tercera y última esposa.
Estrada construye expertamente, bien apoyado por su editor Ricardo Vergara, la increíble historia de López Tijerina, un líder radical chicano ("el Malcolm X de los latinos", le llama alguien en el filme) que, defendiendo los antiquísimos derechos de la tierra que ostentaban los descendientes de los habitantes de Nuevo México antes de la guerra México-USA de 1846-48, llegó a asaltar en 1967 un juzgado estatal pistola en mano, lo que provocó su cacería por todo Nuevo México, su posterior captura -aunque él jura y perjura que se entregó, que no lo agarraron-, su encarcelamiento en una prisión/manicomio durante dos años y su liberación bajo palabra, con la amenaza de que si volvía a las andadas, no saldría nunca jamás de la cárcel.
El López Tijera que aparece en el documental es genuinamente fascinante: un carismático mesías chicano que se creía elegido por Dios (y sus ángeles) para liderar a los aplastada "raza" mexico-americana, un irredento mujeriego que tuvo una decena de hijos con varias esposas, un luchador social más que un buen marido o un hombre de familia (como lo afirma uno de los hijos, que aún recuerda ¿con orgullo? los abusos paternos), un hablantín anciano cascarita que aparece recordando sus hazañas (o adornándolas, que es lo mismo) frente a la cámara de Estrada Soto.
También las confesiones frente a cámara son parte central de Batallas íntimas (México, 2016), segundo largometraje de Lucía Gajá (multipremianda Mi vida dentro/2007).
Las que aparecen en cámara son varias mujeres de distinto estrato social, distintas sociedades, distintos países (de México, Estados Unidos, España y de Finlandia) que han sido maltratadas (psicológica y físicamente) de manera brutal por sus parejas.
La violencia contra la mujer aparece como una perversa epidemia que lo mismo sucede a partir de un matrimonio arreglado en Nueva Delhi que en la ultracivilizada Helsinki, ya ni se diga en países tan machistas como México o España. El patrón se repite en cada uno de los testimonios: el huevo de la serpiente se incuba desde el primer día de matrimonio sino es que durante el noviazgo. Hombres que empiezan anulando a la mujer para continuar con amenazas, gritos, golpes y terminar con terroríficos intentos de homicidio.
Las mujeres hablan con entera libertad y lucidez de los horrores que (sobre)vivieron pero también de la esperanza que les depara la vida. Cada una de ella sigue en pie no sin hondas cicatrices psicológicas y/o físicas (una de ellas fue quemada por su marido inspector de fuego), pero todas ellas han decidido seguir hacia adelante. Una de ellas se ha librado del marido para estudiar, otra ha continuado su carrera como arpista, otra más ha vencido su miedo a los hombres para encontrar una nueva pareja...
En algún momento clave del filme, hacia el desenlace, las mujeres, cada una en su ciudad, caminan por la calle mientras la cámara las sigue. Han recuperado su capacidad de vivir y ahí están, caminando, viviendo. 

lunes, 13 de marzo de 2017

Guadalajara 2017: La reconquista/III



Por elección -le he dado preferencia al cine mexicano en competencia o fuera de ella- no he visto tantas películas de la competencia iberoamericana, pero de lo poco que he visto, sin duda alguna lo mejor ha sido La reconquista (España, 2016), cuarto largometraje del joven cineasta español desconocido en México Jonas Trueba (magnífica Los exiliados románticos/2015).
La reconquista tiene una premisa harto convencional: dos antiguos novios adolescentes, Olmo y Manuela (Francesco Carril e Itsaso Arana), se encuentran quince años después de su rompimiento en cierta larga noche madrileña. Él se ha convertido en escritor –mejor dicho, en traductor “que es como si fuera escritor”- y vive con una guapa psiquiatra; ella es actriz y desde hace nueve años vive en Buenos Aires.
La primera parte de la cinta está centrada en el reencuentro de los dos antiguos enamorados: ella le enseña una carta de amor que él le escribió cuando era un adolescente, él la invita a tomar un trago, ella le confiesa su promiscua vida amorosa, él desliza algún asomo de reproche (“Tú no crees en la pareja”), ella lo lleva a un concierto de su papá cantante (el cantautor Rafael Berrio, mucho gusto) que entona alguna canción (“Todos somos principiantes”) que parece haber sido escrita para ellos, los dos vuelven a compartir otra copa, luego terminan bailando swing en algún antro escondido y así hasta que el alba los encuentra.
Entre el Linklater de su soberbia trilogía romántica (Antes de amanecer/1995, Antes del atardecer/2004, Antes de la medianoche/2013) y el Hong de sus encuentros/desencuentros amorosos pasados por alcohol, Trueba nos permite ser testigos de la efervescencia sentimental que apenas pueden reprimir Olmo y Manuela. La reconquista del título no es tanto la búsqueda de un amor adolescente olvidado (aunque, ¿realmente olvidamos el primer amor?) sino la exploración de un pasado que pudo haber construido un presente distinto, acaso mejor. O acaso no.
En la segunda parte del filme, cuando Olmo ha llegado al desordenado departamento que comparte con su pareja Clara (Aura Garrido), inicia un flash-back objetivo -¿o no será más bien un sueño subjetivo del propio Olmo?- en el que vemos a los dos protagonistas adolescentes (Pablo Hoyos y Candela Recio, espléndidos) conocerse y enamorarse, es decir, intercambiar gustos –que si esta canción, que si aquella novela de Patricia Highsmith-, tener su primer beso, gozar los primeros escarceos, sufrir cuando el amor, caprichosamente, no da para más.
Cierta línea que él le escribe a ella (“No se me ocurre un futuro sin ti”) contrasta aviesamente con el epígrafe con el que inicia la cinta, salido de un poema de González Iglesias: “Pongo mi corazón en el futuro/Y espero, nada más”. 
El futuro parece tan claro en la adolescencia; luego, solo nos queda la esperanza. Pero eso debe ser suficiente para vivir.

domingo, 12 de marzo de 2017

Guadalajara 2017/II



El cine mexicano de ficción en la competencia oficial -y fuera de ella- programado en Guadalajara 2017 ha sido, en el mejor de los casos, irregular. Con la notable excepción de La libertad del diablo (González, 2017) -que es documental y está reseñado por acá- y de una bienvenida opera prima del CCC de la que escribo en esta misma entrada, lo que ha dominado en el cine mexicano de ficción que he visto hasta el momento ha sido la insuficiencia o el exceso.
Bruma (México-Alemania, 2017), segundo largometraje de Max Zunino (apreciable opera prima Los bañistas/2014), es un ejemplo claro de insuficiencias. De hecho, cuando la cinta ha terminado, aparece en la pantalla un letrero que ¿se disculpa?, afirmando que "esta película fue hecha con técnicas de improvisación". No shit, Sherlock.
El guion, escrito por el propio cineasta y su carismática musa/actriz Sofía Espinosa, es una retahíla de cabos sueltos narrativos. Martina (Espinosa, siempre bienvenida) es despedida del negocio familiar por su mala costumbre de robar. Uno al principio cree que la muchacha ha hecho un desfalco importante o algo por el estilo, pero luego queda claro que no: Martina es más bien cleptómana. Lo mismo hurta un salero que un adornito cualquiera, unos lentes o algún libro. Para completar el cuadro, la desempleada Martina descubre que está embarazada y como quiere salir huyendo de su novio Agustín (César Ramos), decide porque sí irse a Alemania a buscar a su padre que no conoce. Allá en Berlín descubrirá que su papá tuvo sus quereres con un travesti cantarín (Dieter Rita Scholl) y ahí mismo le caerá el novio para reclamarle por qué está huyendo de él.
La cinta avanza  -es un decir: más bien se estanca- al ritmo de los cambio de ánimo de Martina, varios personajes aparecen/desaparecen de la nada -que si un grupo de jóvenes tomando cerveza, que si una mesera amigable, que si el propio padre de Martina- y el filme termina dejando todo colgado, dependiente de los caprichos de la protagonista... y de la improvisación de sus hacedores.
Nocturno (2016), segundo largometraje de Luis Ayhllón, es el ejemplo más claro del otro extremo, el de los excesos. La cinta inicia promisoriamente: Oliverio (Juan Carlos Colombo) un hombre muy enfermo, agonizante, es dejado por su mujer en manos de Ana (Irela de Villers), una correosa enfermera profesional.
Muy pronto queda claro que Ana está ahí, en realidad, por otras razones. No voy a revelar la vuelta de tuerca -demasiado arbitraria para mi gusto-, pero baste decir que los pocos aciertos del filme -por ejemplo, algunos diálogos bastante agudos, cierta escena en la que uno de los hijos (Ari Brickman) visita a Oliverio- terminan ahogados en una segunda parte de pura sordidez pseudo-ripsteniana en el que aparecen -mediante animación del también cinefotógrafo Alex Argüelles- una violación infantil, un asesinato, un incesto y otras linduras de este tipo.
Por su parte, Sueño en otro idioma (México-Holanda, 2017), que acaba de triunfar en Sundance 2017 -ganó el premio del público por esos lares-, inicia con los más curiosos augurios: el joven lingüista Martín (Fernando Álvarez Rebeil) llega al pueblito veracruzano de San Isidro para tratar de rescatar el zikril, un lenguaje a punto de extinguirse. En el pueblo quedan solo tres personas que hablan esta (ficticia) lengua: una anciana que muere al día siguiente que Martín llega y dos viejos, Isauro y Evaristo (José Manuel Poncelis y Eligio Meléndez, muy bien los dos), que tienen medio siglo que no se hablan entre ellos. La razón, le dice la nieta de Evaristo (guapísima Fátima Molina) a Martín, es que los dos ancianos se enamoraron de la misma mujer, María (Nicolasa Ortiz Monasterio) y pelearon casi a muerte por ella cuando eran jóvenes. María se casó con Evaristo y desde entonces Isauro, que nunca aprendió a hablar español, vive solitario en su cabaña.
Al inicio, la mirada amable del cineasta, el experimentado Ernesto Contreras -que, como de costumbre, filma un guion de su hermano Carlos-, nos guía hacia una suerte de entretenida comedia rural de encuentros y desencuentros geriátricos, una especie de Dos viejos gruñones (Petrie, 1993) con todo y versiones indígenas de Jack Lemmon y Walter Matthau. Hasta aquí la película funciona bien: el problema, sin embargo, aparece en la segunda parte, cuando sabemos la auténtica razón de la enemistad entre Isauro y Evaristo. Más allá de que la causa tiene algo de originalidad en el contexto cultural del filme, lo cierto es que los hermanos Contreras terminan engolosinados en el tema y la película se vuelve repetitiva. Más aún: al lamentable estancamiento habría que agregar el exceso de una cursi resolución realista-magicosa. En fin, qué sé yo: al público de Sundance le encantó ese final, al parecer. 
Si el pecado de Sueño en otro idioma son los excesos de su segunda parte, el problema de Los crímenes de Mar del Norte (México, 2017), el más reciente largometraje del veterano José Buil, son las carencias.
Aunque la película está impecablemente producida y bien fotografiada en un blanco y negro muy ad hoc por Claudio Rocha, a la historia de los asesinatos cometidos en la Ciudad de México en 1942 por el célebre asesino serial Goyo Cárdenas le faltó algo fundamental: una pizca de perversidad.
Me explico: para hacer una buena película con asesino serial en ristre -y, además, estrangulador-, hay que ser capaz de imprimirle al filme un tono torcido -digamos, el de Hitchcock en Frenesí (1972)- o, por lo menos, tener una severa mirada clínica -digamos, la de Fleischer en El estrangulador de Boston (1968). Buil, por desgracia, no tiene ni lo uno ni lo otro: los tres primeros crímenes cometidos por el Goyo Cárdenas de Gabino Rodríguez son casi antisépticos. Hacia el final, cuando Goyo ultima a su noviecita santa Graciela (Sofía Espinosa again), tanto el asesino serial como el cineasta se sueltan el chongo, pero ya es demasiado tarde. Igual, la cinta no carece de interés, aunque sea porque es la primera película que trata directamente del caso Goyo Cárdenas -aunque, claro, El profeta Mimí (Estrada, 1973) ya era una aproximación al tema.
La grata sorpresa del cine mexicano de ficción -hasta el momento, insisto- ha sido Ayúdame a pasar la noche (México, 2017), opera prima del egresado del CCC José Ramón Chávez Delgado.
Rodrigo (Hernán Mendoza) y sus dos hijos, el veinteañero Luis (Diego Calva Hernández) y el niño Carlos, esperan inútilmente a la esposa/madre Paty (Elena de Haro) que se encuentra en algún casino de León, Guanajuto, gastándose el dinero de la colegiatura de Carlitos. Harto de la situación, Rodrigo llena una maleta, va y se la avienta a Paty en el casino mismo -¿cuántas veces no hemos escuchado esta leyenda urbana?- y le dice que la quiere fuera de su casa. 
El debutante Chávez Delgado cayó en blandito: por un lado, cuenta con un guion de Claudia Saint-Luce, que sabe crear situaciones incómodas y graciosas a la vez, además de tener un talento especial para dotar a sus personajes de diálogos reveladores; por el otro, el cuadro de actores está comandado por Hernán Mendoza, que es incapaz de hacer algo mal. Hay una naturalidad irresistible en el trabajo de Mendoza, a tal grado que hay ocasiones que parece que no estamos viendo el trabajo de un actor sino el comportamiento real y auténtico de un tipo cualquiera. 
Debo confesar que cierto acontecimiento que sucede hacia el final no me convenció en lo absoluto -el guion de Saint-Luce cae momentáneamente en un tremendismo fuera de lugar-, pero esto es algo menor si tomamos en cuenta la inesperada vuelta de tuerca del desenlace, que nos hace repensar todo lo que creíamos que sabíamos de Carlitos, el precoz hermanito menor. Un buen debut de Chávez Delgado, sin duda alguna. 

sábado, 11 de marzo de 2017

Guadalajara 2017: La libertad del diablo/I



Ya lo he escrito en otras ocasiones: mi regla personal para juzgar si un festival de cine ha valido la pena es que en él vi una cinta que aparecerá en mi lista final de lo mejor del año. En el caso de Guadalajara 2017 he llegado rápidamente a ese juicio positivo después de ver La libertad del diablo (México, 2017), sexto largometraje del maestro documentalista Everardo González.
La cinta, en competencia en la sección de Largometraje Iberoamericano Documental, inicia con la pantalla en negro y la voz en off de alguien que testimonia una escena desquiciante/desquiciada: en algún sitio, un hombre presencia a un grupo de ¿sicarios? ser parte de un rito pseudo-tribal de sangre y de locura. La tranquila voz en off dice que no puede compartir la humanidad de ese grupo, no se siente parte de él... y, sin embargo, "seguimos siendo de la misma especie", termina afirmando con un cierto dejo de triste aceptación.
En este primer testimonio -de la decena que conforman el documental- está la clave de la posición moral que adopta González: todos los que van a hablar frente a cámara -en estrictos planos cerrados la mayor parte del tiempo- son "de la misma especie" y, por ende, son cercanos a nosotros. Más aún: ellos son nosotros. Estamos ante un grupo de víctimas y victimarios juarences, producidos por la irresponsable "guerra contra el narco" iniciada bajo el gobierno de Felipe Calderón y continuada en el desgobierno de Enrique Peña Nieto.
Se trata de hijas sin madre, una madre sin hijos, un hombre que está buscando a su hermano, otro hombre que ha desenterrado 104 cadáveres buscando los propios, dos jóvenes sicarios que no llegan a los 30 años, un policía federal que acepta hacer "justicia por propia mano", un soldado desertor que confiesa que la da asco haber sido parte del ejército... La sangre, la violencia, el horror los une a todos, los funde y los confunde, pues la identidad de todos ellos se esconde detrás de una máscara común: una suerte de pasamontaña color carne diseñada por Roberto Ortiz y Ana Flores.
Así pues, víctimas y victimarios, sicarios y fuerzas del orden, asesinos a sueldo y criminales con uniforme militar/policial, comparten el mismo rostro y, detrás de la máscara, el mismo acento norteño (acaso con alguna variante chihuahuense/sinaloense), la misma imposibilidad de olvidar (una porque vive con el odio a flor de piel, otro porque su conciencia no lo deja en paz), la misma cadena de mando deshumanizante (uno de los sicarios y el soldado dicen básicamente lo mismo: "órdenes son órdenes") y hasta el mismo ethos, pues el mismo afán de poder es el que llevó a un sicario a matar a su primera víctima a los 14 años o al soldado a enrolarse en el ejército ("Es bien bonito que la gente huya de ti").
La acumulación de testimonios se interrumpe, ocasionalmente, cuando la infalible cámara de María Secco se detiene captando un bello escenario natural o un momento banal y cotidiano, cual providencial rescate de los planos-pausa a la Ozu. Sin embargo, poco a poco, en esas mismas tomas aparecen otros enmascarados más: familias enteras posando en el interior de sus casas, un jovencito en una esquina, un hombre conduciendo un camión, un grupo de trabajadores en un taller de costura, un par de soldados en la parte trasera de una camioneta, otro grupo presumiendo sus armas a un lado de la carretera... Todos los que aparecen comparten el mismo tipo de máscara: son otras víctimas potenciales o reales, otros victimarios, con placa o sin ella.
Por ello, hacia el final, uno termina agradeciendo a González que por lo menos una de las máscaras deje ver un rostro, deje ver la humanidad, deje ver el dolor, deje ver la esperanza. Porque quiero creer que ese rostro del desenlace funde el dolor más grande que alguien pueda tener con la inquebrantable fuerza de la esperanza. Eso quiero creer. 

viernes, 10 de marzo de 2017

La caja vacía



Presentada hace unos meses en Morelia 2016, La caja vacía (México-Francia, 2016), segundo largometraje de Claudia Saint-Luce, ha llegado a las salas comerciales de la Ciudad de México.
La directora de Los insólitos peces gato (2013) -la mejor cinta mexicana que vi en ese año- ha realizado un arriesgado movimiento en su carrera. Aunque sigue más o menos en lo mismo, lo ha hecho ahora en un tono muy diferente. Es decir, como en Los insólitos... hay algo -o mucho- de autobiográfico en La caja vacía, pero si usted espera sentido del humor, calidez y hasta alegría, olvídelo: estamos ante un filme oscuro y hasta sombrío. Y no podría haber sido de otra manera.
Jazmín (la propia Saint-Luce, muy convincente) recibe en su departamento a su papá, el anciano haitiano Toussaint (Jimmy Jean-Louis), con quien nunca tuvo una relación muy cercana. El tipo está muy enfermo -demencia vascular, nada menos- y Jazmín, una muchacha cortante, sarcástica y filosa, que es escritora de teatro y comunity manager  -o sea, es mesera en un cafetín- tiene que hacerse cargo  de ese viejo en decadencia que se orina en el camión, confunde todo y a todos, sufre de paranoia y delirio de persecución, rasura porque sí a un gato pero, también, demuestra simpatía, carisma y encanto, pues ese viejo haitiano fue, se entiende, un pícaro de siete suelas, conquistador y mujeriego, que tuvo la vida (y luego la muerte) que quiso y como quiso.
La sensible fotografía de la infalible ganadora del Ariel María Secco -por La jaula de oro (Quemada-Díez, 2013) sigue de cerca a la protagonista -que es la cineasta/guionista- de espaldas, muy de cerca, sin perderla nunca de vista a ella y a su padre quien, en la medida que avanza el filme, empieza a revivir su propia vida, su pasado infantil, sus aventuras juveniles, su encuentro con la mamá de Jazmín, aunque siempre apareciendo como anciano enfermo, cual homenaje (¿intencionado o no?) al gran Carlos Saura de La prima Angélica (1974).
Un último detalle: es curioso que tanto en Los insólitos peces gato como en La caja vacía, el alter ego de la cineasta/guionista -y esta vez actriz- Saint-Luce sea una muchacha hosca, seca, solitaria, desconfiada, que no acepta explicaciones fácilmente -su pregunta favorita es: "¿para...?"- y que no tiene demasiada paciencia. ¿Es así Claudia Saint-Luce de verdad? Por sí o por no, cuando la vean, dénle un abrazo de mi parte. 

lunes, 6 de marzo de 2017

El cliché que yo ya vi/CXLVI



"-Bueno, pero del 1 al 10, ¿qué tan mal te sientes?"


Joel Meza propone:

"-Doctor, me duele cuando toso. -Pos no tosa...": En las películas, cuando el héroe anda más pa'llá que pa'cá, nunca se especifica cuál es la enfermedad mortal que tiene. Es suficiente con mostrarlo tosiendo escandalosamente sobre un pañuelo, invariablemente blanco, que se tiñe de rojo para que sepamos que no va a alcanzar a partir el pavo la siguiente Navidad. El ejemplo más reciente, esta semana en Logan.

domingo, 5 de marzo de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXII




El botón de nácar (Chile-Francia-España-Suiza, 2015), de Patricio Guzmán. El más reciente largometraje documental de Patricio Guzmán está conectado con su anterior filme, el superior Nostalgia de la luz (2010) en su afán de explorar, encarar e inquirir el pasado de Chile, el milenario y el reciente, viendo hacia los cielos y volteando abajo, hacia la tierra. O, en este caso, hacia el mar.
Así como el desierto de Atacama, el lugar más seco del planeta, fue el espacio en el que se desarrolló Nostalgia de la luz, esta vez Guzmán se dirige a las extensas costas chilenas, que se extienden más de 4 mil kilómetros en el Pacífico del sur americano. Ahí, Guzmán mismo -él es el narrador en off- nos guía por un pasado oculto, olvidado: el exterminio de los indígenas que habitaron la Patagonia occidental, llegados ahí hace 10 mil años y que, hacia fines del siglo XIX, poco antes de su desaparición, llegaron a ser 8 mil personas que navegaban esas costas en unas 300 canoas. Ahora, en el presente, los descendientes de los kawésqar no llegan a 20 y algunos de ellos, no es de extrañar, no se consideran ni siquiera chilenos.
El exterminio indígena fue "natural" -el contacto de los colonos y misioneros hizo que contrajeran enfermedades europeas- pero también inducido: llegado el momento, se pagaba dinero contante y sonante por cada indio muerto, identificado por una parte de su cuerpo. A la desaparición física le siguió la absorción cultural, como el caso emblemático de un adolescente indio, bautizado Jemmy Button, que por un botón de nácar -de ahí el título del filme- fue comprado y llevado en 1830 a Inglaterra por un explorador. Al regresar años después a su tierra, Jemmy ya nunca fue el mismo, perdido para siempre en su desarraigo.
Hacia el final, Guzmán vuelve al tema recurrente de su obra: los otros desaparecidos, los del régimen dictatorial de Pinochet, pues las costas de la Patagonia y la Isla Dawson -en donde estuvo una de las primeras misiones católicas en esa parte de Chile- fueron escenario de otro tipo de atrocidades. Ahí, en ese vasto océano que se une en el horizonte con el cielo, fueron echados al mar entre 1,200 y 1,400 presos políticos después de haber sido encarcelados y torturados en la Isla Dawson. Así pues, la exploración antropológica del inicio se (con)funde con la exploración forense del final, cuando sabemos del cadáver de una tal Marta Ugarte, arrojada al mar en algún momento de la dictadura. Un acto criminal tan consciente y planeado como el exterminio indígena del siglo XIX.
El círculo se cierra cuando un buzo encuentra en el fondo del océano un riel, señal de que ahí fue arrojado un cuerpo humano, pues los presos políticos eran echados al mar desde un helicóptero y amarrados a un riel para asegurar su hundimiento. Abajo del objeto metálico, el buzo encuentra un botón, otro más, el último vestigio de un ser humano que murió bajo el agua, un mero objeto redondo y pequeño que nos recuerda la inmensidad de los crímenes cometidos y la necesidad de no olvidarlos. (***)

Sola contra el poder (Miss Sloane, EU-Francia, 2016), de John Madden. Un vehículo de lucimiento de la siempre bienvenida Jessica Chastain que interpreta con singular convicción a una poderosa y feroz cabildera que empuja -¿por mero afán de ganar?- una iniciativa para regular las armas de fuego en el Senado gringo. Por el tema que trata y por su estructura narrativa, la cinta nunca deja de ser interesante; por desgracia, hacia el final, la película se desbarranca por tanta vuelta de tuerca telenovelera. De cualquier forma, un buen palomazo de fin de semana. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

Mimosas (Ídem, Francia-España-Marruecos-Rumania-Qatar, 2016), de Oliver Laxe. Un envejecido sheik, guiado por dos tipos que busca aprovecharse de él, atraviesa en una caravana las inhóspitas tierras marroquíes pues quiere llegar a morir al lugar de los suyos. No lejos de ahí -pero, ¿en la misma época?- un tal Shakib (Shakib Ben Omar), una suerte de hombre santo -¿o de loco?- toma la responsabilidad de ayudar a que el sheik -o su cadáver- llegue a su destino.
Esta abtrusa cinta de aventuras dirigida por el cineasta franco-hispano avecindado en Marruecos Oliver Laxe ganó el Gran Premio de la Semana de la Crítica en Cannes 2017. A saber por qué, pues aunque nunca deja de provocar interés, especialmente en su todoabarcadora puesta en imágenes de los exteriores marroquíes, la realidad es que la historia misma -la del presente real, la del pasado ¿imaginada?, la caprichosa confluencia de los dos- termina por agotar la paciencia. La mía, en todo caso. (* 3/4)

El cliente (Forushande, Irán-Francia, 2016), de Asghar Farhadi. La inevitable ganadora del Oscar 2017 a Mejor Película en Idioma Extranjero -inevitable por la decisión del director Farhadi en no asistir a la ceremonia en protesta por la prohibición trumpista de viajar a Estados Unidos a gente de siete países musulmanes, entre ellos Irán- es un sólido melodrama con vistos de thriller -o al revés- que, sin llegar a alturas de sus anteriores filmes -El pasado (2013) y, especialmente, la también ganadora del Oscar Una separación  (2011)-, de cualquier forma termina convertido en un absorbente estudio de un matrimonio en lento deterioro.
Emad Etesami (Shahab Hosseini, mejor actor en Cannes 2016) y Rana (Taraneh Alidoosti) son un acomodado matrimonio treintón que protagoniza una adaptación iraní de La muerte de un viajante, la pieza teatral de Arthur Miller. A punto de estrenar la obra, Emad y Rana tienen que cambiarse de casa, pues el edificio de departamento en el que habitan está en peligro de derrumbarse debido a unos trabajos de construcción cercanos. Para fortuna -e infortunio posterior-, la pareja encuentra un pequeño departamento en una zona menos afluente de Teherán, un lugar habitado poco antes por una misteriosa mujer que no ha recogido aún todas sus pertenencias. Una noche, Rana es atacada en el departamento después de dejar entrar a alguien que, ella suponía, era su marido. No queda claro si Rana fue violada ni tampoco si la herida que tiene fue provocada por el ataque o por una simple caída. Lo cierto es que ella prefiere olvidar todo -o intentar hacerlo, en todos caso. Emad, por supuesto, no está dispuesto a eso. ¿No es su obligación como buen marido encontrar al culpable de esa afrenta a su mujer que es, al final de cuentas, una afrenta a él mismo?
La pieza teatral de Miller es más que un simple telón de fondo anecdótico: las dinámicas familiares/matrimoniales de la obra se repiten en el matrimonio en crisis de los Etesami; el patetismo viril del Willy Loman no está muy alejado de la absurda obsesión por la venganza de Emad. Así pues, la mirada clínica al "sueño americano" de Miller es extrapolada aquí por Farhadi hacia sus criaturas clasemedieras que, como las del autor americano, tienen, de todas formas, la pequeña posibilidad de la lucidez. Aunque, ¿les servirá para salvarse y, de pasada, salvar su matrimonio?
Farhadi demuestra nuevamente su maestría en el manejo de sus actores y la inagotable capacidad como cineasta/guionista de desafiar y cambiar nuestras expectativas. Cuando llegamos a la última parte de la cinta, desenmascarada la identidad del atacante -el cliente del título en español-, no sabemos bien a bien qué lado tomar. Más aún: tenemos la sensación que no importa el lado que tomemos: el conato de derrumbe con el que inicia la película continuará ineluctablemente fuera de cuadro, cuando los créditos finales hayan terminado de correr.  (**)

El ornitólogo (O Ornitólogo, Portugal-Francia-Brasil, 2016), de Joao Pedro Rodrigues. El quinto largometraje de Rodrigues (meritoria La última vez que vi Macao/2012, espléndido corto documental El cuerpo del rey/2013) es un popurrí de relatos -algunos más interesantes que otros- unidos por el capricho herético/religioso de Rodrigues, quien hace un cameo clave hacia el final de la cinta.
Fernando (Paul Hamy), el ornitólogo del título, se encuentra en su canoa, en algún río portugués, observando pájaros cuando, distraído por una bella cigüeña de patas y pico rojos, termina naufragando. Lastimado, es recogido por un par de peregrinas chinas (Han Wen y Chan Suan) que se han perdido en el bosque en su camino a Santiago de Compostela. Al día siguiente, Fernando despierta amarrado, colgando de la rama de un árbol, cual homoerótico San Sebastián vivito y coleando. Cuando se escapa, Fernando sigue su extraño periplo -atestigua una suerte de ritual nocturno que llevan a cabo unos tipos enmascarados, tiene un sensual affaire gay con un pastor sordomudo llamado Jesús (Xelo Cagiao), se topa con una terca paloma que acaso sea el Espíritu Santo en persona (o en plumas, pues)- hasta que la caprichosa narración de Rodrigues finaliza en un auténtico renacimiento de Fernando, convertido en... ¡San Antonio de Padua! -sí, es en serio.
De lo poco que he visto de Rodrigues esta es su cinta menos satisfactoria. Aunque no carece de encanto -el sensualista episodio del romance gay es, acaso, lo mejor-, el hecho es que la película se estanca entre relato y relato, se extiende en demasía hacia el final y su interpretación -si es que usted quiere encontrarle un significado a todo esto- obliga a echar mano de las notas de producción del filme. Una película que le pide esto al espectador no puede ser una obra del todo lograda. (-)